El punto común de quienes nos reunimos en torno a El Caldero es Medellín. La ciudad que nos ha tocado padecer, la ciudad que, como dijo un poeta, “vive de rumba mientras se derrumba”. Algunos la odiamos, otros la queremos y, unos más, la vivimos con una indiferencia amarga. Por estos días circula una eficaz propaganda que la entroniza como la urbe de un renacimiento político-cultural sin precedentes. Hasta se la está promoviendo como destino turístico de gringos y europeos, amigos ellos, siempre, de los riesgos exóticos. Aunque no soy devoto de los milagros de la publicidad, no asumiré el fácil papel de aguafiestas ante los visibles y en ocasiones reconfortantes efectos de un maquillaje bien administrado. Ha habido épocas negras, muy negras, pero dudo de que todo sea vieja historia patria. La proverbial capacidad de olvido del colombiano promedio adquiere en el paisa dimensiones francamente indiscretas, es decir, pasa de capacidad a tara, a causa de su enfermiza inclinación a considerar estas montañas encerradoras como el mejor vividero posible. Con todo, para qué quejarse. El Caldero no cocinará quejas. Cada uno de sus colaboradores dejará el lamento, el dulce lamento, para otros espacios. La trillada ocurrencia de publicar una revista obedece más bien al deseo real de hacer algo. Pertenecemos, digo yo, a la generación del aburrimiento. Lejos ya de los ímpetus colonizadores de nuestros abuelos, lejos también del compromiso político de nuestros padres, nos correspondió el reflujo atediado de los descreídos. Lo anterior, sin embargo, no debe confundirse con el nihilismo de trajes oscuros ni con el decadentismo de rostros pálidos. Pese a que no vemos en la ciudad una oportunidad de industrializar, ni en la política una ocasión de idealizar, nos sentimos a nosotros mismos con una energía que clama por una forma, un hecho, un efecto. En esta energía hay de todo (o casi de todo: no soportamos consignas del Opus Dei ni camisetas del Partido Conservador). La constituyen, por ejemplo, cierta indignación activista, una que otra inquietud intelectual, mucho de asombro artístico, algo de afán polémico… en fin, una serie de matices que espero vayan tomando consistencia y autonomía a medida que se vayan cociendo en El Caldero. Estamos aburridos y queremos darle cauce a los singulares arranques de ese estado. Que no se crea, ahora bien, que nuestro propósito es salir del aburrimiento. Valoramos mucho la lucidez como para querer desperdiciarla.
Nuestro punto en común, decía, es la ciudad. Procuraremos hablar de ella, en contra de ella, con ocasión de ella y, sobre todo, pese a ella. Como ninguno de los que hasta ahora se consideran miembros del equipo rebasa los 30 años de edad, puede pensarse en El Caldero en términos de una publicación juvenil. Por fortuna, esta condición es provisional. La esperanza es que poco a poco conquistaremos la madurez que no nos han dado todavía ni los títulos universitarios, ni el ejercicio profesional, ni la vida en pareja, ni, claro, el Conflicto Armado. Jóvenes que escriben sobre una adolescente cuya pobreza viene, antes que por falta de trajes, por abundancia de ultrajes: más o menos así hay que describir a El Caldero como hecho. Como propósito el cuento es otro. Mi opinión es que para eso no hay afán, pues no estamos ante un proyecto de investigación ni mucho menos ante un programa burocrático. A lo mejor el objetivo vaya por los lados del conocimiento de la propia relación con la adolescente aquélla, en particular si tenemos en cuenta el espíritu antiperiodístico (léase antifrívolo, honesto, parcial, etc.) que nos anima. Pero por ahora no hay nada definido, “ni lo indefinido”, como dijo otro poeta.
Desde relatos sobre la demolición del edificio Coltejer hasta opiniones inéditas de inmigrantes franceses; desde dramas espirituales de un corresponsal en Berlín hasta crónicas de viaje a través de la Avenida Regional; desde las comedias del bachillerato local hasta comentarios sobre la impúdica fuerza pública; desde partituras metropolitanas hasta recetas ecotrópicas; desde el urbanismo hasta la pintura; desde lo uno hasta lo otro… habrá de qué hacer un caldo, no lo dudo. Quiero además que, también en este caso, la sustancia venga de los huesos.
domingo, 9 de marzo de 2008
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2 comentarios:
Considero adecuada la primera editorial excepto por el segundo parrafo donde se refiere nuestra presunta juventud y el caracter adolescente de Medellín. No estoy seguro de que en algún momento superemos el desencanto vital y no se si una mula (primera arriera, luego narcotraficante)como Medellín tiene adolescencia
Me parece importante lo de evitar tener algo como una oficina de quejas. Debemos enfocar nuestra amilanada creatividad en abrir nuevas trochas.
Solicito a los colaboradores, incluyendome, que se acerquen con menos prevención a un espacio abierto por nosotros mismos y que tambien busca arroparnos en un abrazo de conciencias.
Mi estimado Huracán: permíteme, ante todo, elogiarte el seudónimo. Esperemos que la energía que nombra no sea sólo firma. En cuanto a tus consideraciones, dos cosas: 1) el editorial no asocia juventud a desencanto vital. De hecho, este último es más bien proscrito en favor de la energía que, decía, nos hace sentir que queremos hacer algo. Eso es, en un sentido, juventud. Pero como de las efervescencias juveniles hay que desconfiar, el editorial también se refiere con sorna a la misma edad de los autores. En resumen: juventud no es desencanto vital, aunque sí la vida del desencanto, y a ella acudo con deliberada ambigüedad.
2) Sobre la adolescente: la imagen se puede reconsiderar. No estoy, en verdad, muy convencido de ella. Pero pensé en que Medellín no es tan vieja como otras ciudades y en que, además, tiene algo de esa perversidad que asoma en las formas de las niñas treceañeras. Finalmente, y creo que éste es el argumento de fondo, la adolescencia se nombra como el triste terreno del ultraje.
Sobre la metamorfosis de la mula, no pienso sino en cuán irónica resultó ser nuestra breve historia con los nombres.
Celebro lo del arropamiento. Quedó muy bien dicho.
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