sábado, 31 de mayo de 2008

Calles, marcos (comentario)

Ahora verá pues que la familia Gutiérrez Giraldo se va a apropiar ciento por ciento de El Caldero. Guti lo tomó como plataforma para su manuscrito de mil quinientas páginas y ya Elizabeth anunció que le caminará a lo mismo. ¿"Tres entregas"? Eso se dice ahora, pero nada raro que la fiebre por la prolijidad los cobije a los dos. En fin, ya veremos, El Caldero se desbordó y frente a eso no cabe sino el entusiasmo (con tal de que la fecundidad del clan Curvanita permanezca en los linderos de la escritura...). Se me ocurre que en un mes o dos podríamos pensar en un balance y en la posibilidad de un sitio web. No veo problema en que compremos entre todos un espacio por un año. Habría también que pensar en quién diseña, quién edita, quien administra, etc., etc.

Hace tiempo, ya hablándote directamente a ti, mi estimada Elizabeth, estaba por responderte el comentario que qué días hiciste a la última entrada sobre Berlín. Te percataste de un cambio al final que obedeció más al pudor que a cualquier otra cosa. No es de buen gusto quejarse todo el tiempo: esta es ahora mi explicación.

En cuanto a la dialéctica entre vejez y juventud, y sus sutiles modulaciones en lo inacabado y lo dispuesto a la restauración, cabe decir que no sería mala idea ocuparse de la edad en los escritos de El Caldero. Creo que de hecho esto ya ha ocurrido espontáneamente: varias entradas, incluyendo "De casa en casa", se han remitido a la infancia, sin duda a causa de las ineludibles relaciones entre el espacio y el tiempo. Yo en todo caso quiero detentar el honor de ser reconocido como el primero que planteó el asunto de la vejez entre los miembros de nuestro colectivo. Calvicie, lentitud, conservatismo... asuntos sobre los que pronto pronto hemos de reflexionar (he ahí mi mensaje para el ceño fruncido del Metal y la barriga en expansión de Guti). Viene a mi memoria en este momento un comentario genial que alcanzaron a hacerme en Colombia y que sin duda pone en aprietos a cualquier teórico del eterno retorno: "parecés un viejo, pero verde" (!).

De acuerdo con Guti en que Urbanita toca algo que cabría explorar: el tránsito de la calle a la -óigase bien- unidad. Yo sí creo que mucha niñez está marcada por ese universo en declive que es la calle empinada. Quién sabe cómo haya sido con la burguesía envigadeña, pero al menos a mí me resulta hoy sorprendente la cantidad de amigos, enemigos, amores y desamores que podía haber en una cuadra. Lo de los límites y el peligro tras la esquina es también familiar. La historia de Medellín tal vez nos haya enseñado que ningún otro nombre conviene más a esa topografía que el de "pendiente". En su doble condición de sustantivo y adjetivo, la palabra revela esa ardua tensión de las montañas. En ellas nos levantamos unos, en ellas siguen levantando a otros. "Nada en ellas es blando", dice, en efecto, el poeta.

A propósito de tensiones, no puedo dejar de recordar esa reveladora escena hacia el final de Rodrigo D., en la que un montero negro (muy negro) se asoma por una de las esquinas inverosímilmente inclinadas del oriente sin norte que es la comuna ídem. No pasa nada. Sólo sabemos que andan buscando a alguien. Y eso basta para que esa negra presencia ensombrezca las calles ya de por sí ensombrecidas. No es casual que el sol nazca, precisamente, tras esa montaña.

Qué bueno traer a cuento a José Manuel Arango y a Víctor Gaviria. Dos espíritus indispensables para reconocer "nuestra" ciudad. Aún busco, sin éxito, una película reciente que iguale para Berlín lo que Sumas y restas logró para Medellín. Y de José Manuel, el poeta que mejor ha pensado y vivido esas calles, ¿ya conocen el libro Montañas? ¿O ese poema póstumo llamado "Égloga"? Serían buenas compañías para esto que plantea Urbanita.

Ya para finalizar, yo sí quisiera preguntarle al primer comentarista qué quiso decir con el último párrafo de su comentario: ¿aludes acaso, Guti, a lo que va del recorrido por la pendiente a su cálculo (léase niño vs. ingeniero)? Por otra parte, y de nuevo para Urbanita, me da tanta pena por Don Marcos que precisamente a ustedes, a las niñas, no se les hubiera ocurrido tratar de descifrar con el tendero mismo el significado de esa desnudez que tanto les inquietaba. “¿Y por qué le gustan tanto esos afiches con mujeres desnudas, Don Marcos?” —hubieran podido preguntar—. “¿A nosotros también se nos verá el pecho así?”. Estoy seguro de que él hubiera pasado a explicarles, con los detalles, los ejemplos y las demostraciones del caso, todo lo que hubiesen querido saber. Cuánto habría consolado a Don Marcos satisfacer algo de la curiosidad que le empezaba a crecer a tu hermana...

miércoles, 28 de mayo de 2008

De casa en casa

Esta primera intervención ha tenido mil comienzos gracias a sus mil finalidades, dada la tardanza para publicar fue difícil decidirme por cuál sería el tema, qué dentro de la infinidad de provocaciones que me hace la ciudad sería la desencadenadora de esta escritura.
Para decidirme partí de la ciudad, que me pareció excesivamente general y lo único decible sobre ella eran teorizaciones, conceptos y metáforas tan poco apropiadas para este espacio que se desechó a sí misma, sin embargo me pregunto si no sería interesante conocer que piensan mis amigos calderistas de lo que es ciudad, aunque creo que lo iremos vislumbrando en cada intervención. Luego pasé a Medellín, que también me pareció pretencioso y más que pretencioso equivocado, pues sencillamente no se puede hablar de Medellín, por lo menos no en un tono personal y a menos que uno sea alcalde o concejal, debido a esa circunstancia inalterable de la realidad que no se nos presenta de la misma manera a todos.
Debido a esto decidí hablar de la Medellín que he vivido, que finalmente tiene mucho que ver con lo que pienso y opino sobre la ciudad en general, de la Medellín en general. Este es un relato en primera persona que reconstruye una relación, que hoy parece mía pero que podría ser de cualquiera, con ese entorno palpable que me ha contorneado y yo imperceptiblemente lo he demarcado, delimitado, apropiado, lo he hecho.
Para no hacer muy larga la lectura, el texto está dividido en tres partes que serán puestas en este espacio en diferentes días, cada parte tiene sentido en sí misma y puede ser leída como unidad aunque hace parte de un conjunto.

Línea

La primera cosa mía de Medellín fue una calle, empinada, amplia, con andenes desfigurados y una topografía nada propicia para ningún juego con balón y ningún juguete con llantas, aún así insistíamos en una infinidad de juegos que en cualquier descuido terminaban en una pelea para ir por el balón hasta abajo, la cual se podría repetir 5 o 6 veces en una partida y estaba precedida por una corrida maratónica de alguno del grupo que desistía y terminaba por apoyar sus brazos sobre las rodillas estiradas, respirando fuertemente mientras miraba con desilusión el balón irse por la “bajada”, que iba a parar al plan de la estación de policía, lugar de los partidos domingueros entre los muchachos del barrio, mayores que nosotros y hundidos en la historia de los años ochenta hasta ahogarse.
Al igual que las cientos de calles que tiene Medellín en sus laderas, ésta separaba casas pintorescas, “pajareras” construidas a ojo y una que otra casa ruinosa que recordaba la cercanía de la pobreza. Nada particular la distingue de otras calles, tal vez que es la única que queda arriba del Sena, abajo del Consumo, volteando por el Maratón a la izquierda y luego otra vez a la izquierda. No tiene mangas, ni jardines, ni árboles, es asfalto desnudo, una perfecta pizarra para golosas.
Sus límites son sencillos: empieza y termina con las casas en las que vivían mis amigos, ni una más ni una menos. Las dos esquinas hacia arriba marcan una frontera natural, hacia abajo la casa del último niño que conocía a cuatro casas de la mía y al frente de él la tienda de Don Marcos donde vendían los corozos, moritas y manzanitas. Tienda que gracias al fetiche de su dueño estaba forrada de recortes de revista de mujeres desnudas, monas, exhibiendo sus senos entre las bolsas alargadas de galleticas y por supuesto robándose la atención de todos los que íbamos, que nunca nos quejamos, que nunca hablábamos mientras esperábamos nuestros dulces, nos quedábamos atentos, intentando descifrar no se que en esa desnudez, intentando comprender tanta variedad de tetas, de mujeres, que además se desnudaban sin recato ante nosotros.
Hacia las esquinas, en una de ellas, está la casa de Lady y Gina, amigas de juegos, sin particularidad alguna, simplemente niñas, una morena la otra amonada, una mayor la otra menor, siempre pensé que eran hermanas, más grandecita descubrí que eran primas, pero hoy dudo si realmente lo eran. En la otra esquina la tienda de doña Rosalba, que hoy es un almacén, de sillas rojas, vitrinas verdes y un surtido bastante llamativo, allí en una de sus entradas se sentaba mi abuelo cuando pasaba sus días acá en Medellín, a tomarse sus guaros, de ese lugar tengo imágenes nítidas cuando él me cargaba en sus piernas y me raspaba suavemente la cara con su barba apenas saliéndole mientras yo gritaba que no, pero realmente disfrutaba de ese segundo que era para mí. Esta tienda tenía otra característica especial, provechosa para cualquier niño, podía pedir y decir “doña Rosalba, mi mamá después paga”, era una fuente inagotable de dulces y chucherías unas veces con permiso otras a escondidas.
Entre esos límites estaba mi cuadra, mi dominio, lo demás era frontera, no era propio, extraño y así mismo sus habitantes. Con una territorialidad cercana a la de las tribus, poseíamos esos cuantos metros de calle y los niños de las calles de más allá sencillamente eran denominados “los de la otra cuadra”, quienes a mis ojos se veían tan distintos, desconocidos, provenientes de un espacio cercano al peligro que incluso inspiraba miedo. Tal situación estaba dada especialmente por el odio de los niños de mi cuadra, los varones, hacia los de la otra cuadra, odio inexplicable e injustificado, que era correspondido. Además de esto para nosotros los malos, los viciosos y sicarios provenían de las otras cuadras, nunca de la nuestra, luego yo vería lo equivocado de esto al darme cuenta de las muertes de los hermanos mayores de mis amigos, de sus primos, tíos.
Hoy me doy cuenta del halo de protección que me brindaba la cuadra, jugar, correr, gritar, todo estaba precedido por la existencia de ese espacio, en el que transcurrían las vidas insignificantes de unos niños pobres, entre los cuales mi hermana y yo éramos las más acaudaladas pero nunca supimos cuanto, ni que tan pobres eran los otros, es más creo que nunca supimos que éramos pobres en realidad. Posiblemente lo que nos diferenciaba a nosotras dos de los demás era esa dignidad del campesino que nos cultivaron, la riqueza y la abundancia del campo que nos acompañó siempre gracias a mi abuelo y por supuesto mi madre.
Y sería ella quien apenas se empezaron a formar nuestras caderas, comenzamos a ser más señoritas y sobre todo mi hermana mayor empezó a sentir curiosidad por los muchachos, nos sacó de la cuadra y nos instaló en la seguridad del conjunto.

jueves, 15 de mayo de 2008

Como todos saben hace poco se nos murió nuestro tío. Estos versos se me aparecen para que la muerte, no se me pase como un trago de licor ligero, para no olvidarlo. Que murió y no lo quiero penando por falta de duelo, por falta de sangre.

(…)
Primero es un albor trémulo y vago
Raya de inquieta luz que corta el mar
Luego chispea y crece y se dilata
En ardiente explosión de claridad
GA Becquer, verso 56.

(…)
To proud to die, broken and blind he died
The darkest way, and did not turn away,
A cold, kind man brave in his burning pride
D. Thomas, elegy


(…)
Sé que la lejanía de esta noche, la tierra
Con resplandor arroja insolito misterio
Bajo siglos horribles que la ocurecen menos.
S. mallarmé
Para Luis C. Medina.

I

A tu oído abandonados lamentos,
eran plan, eran falla. Vengan penas
y tus dichos vestigios de lo insano y la miel.
Carga plena: la colina y el cebo
cargan letras de lento creer

sepa el tiempo, sangrando he venido.
¡Que tu cuerpo no quiero pisar!
Apesta el cerebro, lo ileso y sencillo
madrugado he de pagar
con el grillo, la sal y el llanto

Pesen sesos, pesen rostros que llego
lagrimas dejen timbre sonar
anoche el muerto despidió el fango
esta noche, suerte, has de pagar,
por tu vida llora: Dejame ya.

Sabe el beso que a mí me ha enredado
si lo diera, nunca lo daré.
Sueña preso que mecés del tiempo
la solapa con que he de caer
desaparecido seré bajo el pasto.

Rinde, muere, escupe. Reí.
Supe me has callado y llorás
cuenta verde limpia tierra, roba lluvia
fermenta el mar. A la tumba y la muerte.
Obligatorio préstenme el fuego

Llave opaca, bala, se oxida,
asesina. Tristeza anhelado solar
desplazá al pavimento. La cima regá,
pensá roca que medís el tiempo
pensá duelo ¿quién te pagará?.

¡Lustro techos, cocinas arrastro!
¡Lustro hijos!. Vital naufragué
viendo cestos ahumados de incienso
ciego balance osé yo evitar
a la sombra fregada del rezo.

Tomado el mazo, lento amasar
sepa el tiempo que muero dolido
¿Qué bolsillos llenar?. Ataré horas,
demora de aliento, último, rojo,
ruedo pasado. La cima regué.

culpa ilesa reparo y confieso,
medicina es violencia, eterno soñar.
Meza el tiempo, la trama, la intriga
pierdan todos, yo fugaz
persíganme, reserva, gasto vital.

Muerdo el cebo, rompo el hacha
cansado cambio, me tuesto,
presto pena, regalo cantar,
canciones lentas, me vengo empinado
sepan, me caigo en la sal.

Ardo perdido, llórenme, lloro,
me armaba solo, me armaba perdido,
uno menos, no peso más.
Mayor por menos, celebro el juego
suelte el tiempo el cascabel, el prestigio.
Iban las flores.--¿Sabían que no van?--
Menos zapatos, menos traje
ayer amanecí, uno más.
Ármese el dedo, pasaré por sangre
Me riego, me centro, permaneceré
movido, echado, pagina acabada
acabaré, me duele
lágrima. ¿Te derramaste ayer?
Que pase la mañana por agua la noche,
por lluvia. Meza al florero el cojo, el tiempo.
La sal reguero, con sal remojo.

II

Finas marcas de tus dedos roídas por mi uña,
finas marcas, ordenadas por los escalofríos y el llanto
rostro que parecía vital, ahora es tierra para fingirlo.
Lluvia que lava el rastro de lo que seremos
arroyo y pasado, agua turbia entre carroña y pelos.

Fertilidad que sufre, odia el sacrificio.
Por un respiro más impreso que la tierra misma,
llanto. Vagamente resbalo
Sobre madera, obstáculo.

Ramas del corcho, no paran de crecer,
paro en el hoyo. Parecés continuado. Paso de largo
evado el agua fétida, para llegarme,
pero ya no sos vos, te cambiaron, me cambiaron.

Excursión al paso, al regreso, oración, imperfecta oración.
Peladero, desnudo el rostro de la tierra
Me tiene en vela, te dejo con vela eterna
En una tarde de lluvia. Ojos que no quiero ver llorando
Ojos que llorando se salvan. De arma no quiero saber.
De flores, qué parcas. Tendríamos que haberte devorado.

Brazos que antes fortalecidos parecían, ahora no tanto,
hoy perecen, temían permanecer, hacerse llamas.
Atravesada, bestiales truenos que celebran, tu llegada
parece divino lo sangrientamente injusto, lo humanamente pantanoso.
Boca que no conozco, boca que niego me habló.
Hasta merezco imitarla.

Vida, sobras, muerte segura, de tres puntas atada,
por fuerte chaparrón arrancado.

III

Muerto de frente, escrito en el barro
caigo peso, no dulce, no arás.
Atado a la rama respira mi cuello
atado a la rama, repuesto, solar.
Vivir: cenicero que compró el rapaz.
Le tejo y le parto, el grueso sudar
resuelto, de cama, queja no, me acojo
Arrepiéntanme, sable, rosario,
amable osario, maíz desgraná.

Refuerzo las vigas repelo salvado
embustera contrición, memoria, portal.
Armo las penas relleno de lejos
que sepan cuan ancho es el mar:
las paginas, la soga, la asfixia, la bala y llorar.
Muere una bala en la angustia y el pan,
muere, que quemo pensando me alivia
Di lo bajo, estallido que no fui ayer.
Pienso en retiro, piedad, mis andanzas,
mi celo, mi albergue cuando morí.
Morirán parte, perseguiré insaciable recuerdos tuyos
Perseguiré cucullos, motores que mal suenen
a la hora del golpe pito interminable
que termine ahora y la bocina, no silencia.

IV
Tinto seco. Gasolina y orgullo
camión que descansa frenado
jabón que saló la zona
cuervo que pregona incendio

varado cansado. Lluvia y juguete.
Aprendiste a pelear, lo mío es ajeno.
malgenio grumete, del paso juglar.
Remar que sereno templó el lazo

estomago corto digestión vacía,
lápida, roto, quietud corazón
calabozo vacío. ¡Corré lentitud!,

¡Mentiras! Anzuelo que no explicarás
deje tu trasnocho en el niño y los papás
con el dedo, el llavero, la moneda y el cristal.

V
Rebusco y no encuentro lo qué me has prestado
¿Lo ingenuo vulgar?, ¿la ampliada niñez?,
la luz y los fajos, alcahueta, terquedad,
piedad, que le faltan amo y oro a la beta.

Es mucho, revuelto, vibración en la sien
masticar tembloroso, voraz masticar,
se bien que en la concha que espera inundada
habrá sanacion a tu angustia mortal:

Que te perdiste y nos perdiste. Te encontramos.
Temor ávido de mezclas, morir sin morir
¡Sean otros por mí, lloren, fluyan lástimas!

Al río las llevare, para dejarte claro.
Lo que yo no he encontrado lo salvo de vos.
Buenas horas, buen consuelo y un triste nunca.

VI
Lo que quería decir era escucharte
Cuando despertaras o cuando cayeras
Cuando cayera, cuando despertara.
Cuando frenara, frenado espero,
Cuando me aflija, paso por peso.

Lo que quería era mentirte y tenerte en cuenta no.
Esperarte, recordar los íntimos caprichos y la crianza,
¿De quien?. Yo no prendo una vela pero ahora niño regreso,
por momentos, cuando mi espalda te aleja. Decís:
Te permito recordarme. Dejame, recordado, dejame.

VII
Poemas tanto, dolores alguno
Duelo uno, cucharada raza de sal.
Ninguno pelea con el verso que muere con él,
Con el seso en la boca
con el seso en la boca
con el delirio pando.

VIII
Pesar cría, muere y conquista
Qué rumiar era para hombres:
Pelear para mí, correr para mí,
Ahora, pendenciera serenidad que acompana la penca
Lamento que viaja con cuchillo
Burbuja que entierra con su peso.
Aderezo: elevo los ajíes compartidos
Hacia el ruido del evangelio, vierto.
Hacia la casa que me espera destruido
Sin mando, sin preguntas, armado de heridas,
Mortales, mortales.

Así materno pienso recordarte.
Así muerto te entierro. Lloro.
Tuna.

IX
Trago que perdido se quiebra.
Me quiebra rebajado, posesión de guerra.
Guerra que me dejas espacio en el pleito para respirarme
presióname y has del coscorrón alivio
para este nudo que se vuelve arenga,
que pereza, que llanura.

Perdidos para la fabula, la fiesta y la canción,
el chofer para la fiesta del ratón,
para lamento el reflejo, para silencio el cantor
para el remiendo el brebaje, por mi advertencia perdón.
¡Dejame ya! que no te dejo
Pensá para entregarte, a mi oído perdido.

Solazo hacia nunca, que tuna libera el porrazo.
Que la guerra que dejés gotee
de entusiasmo y de pena, de venganza y de estorbo,
a pastar en la calma, de la madre patraña. Niegas vital
Que la entraña pierde sangre, drena sangre,
Para siempre y es ahora.
Desde ahí.

Dejame ya que no te dejo, espanto.
Aprendé a hablar para mentirme
Aprendé a hablar para mentirme
Aprendé a hablar para mentirme
Explicado, comparto con tu recuerdo.

X
Expulsión
pálida, comprimida. Frenado confundido.
Lomas que recuerdan el aullido de tus ruedas,
la imprudencia de tu rabia, serio.
La decepción de pesca, asa de la velocidad,
de la terquedad.
Oscuro y olvido, que penan, me luzco.
boda plena, salir,
al musgo que tientan el agua y el rezo,
el riesgo,
en la sala. Y el rostro en la cama y en las malas,
búscate arpón, que te quise atravesar.
Que la paz y la fuga me piquen.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Sangre Roja

Como conmemoración del 1º de Mayo, primer día del espíritu revolucionario, y como homenaje a los sacrificados en la real guerra contra el pueblo, que en Medellín dejó varios pobres prisioneros, mas golpeados y muchos humillados, transcribo la letra de una canción “Sangre Roja” de la agrupación española “IV Reich”

No creemos en la paz
Ni podemos desearla
Si no es bajo la libertad
De la bandera proletaria

Somos la semilla roja
Y corazones ardientes
Agredidos por el hambre
Nuestro destino nos une

Guerra a muerte
Puños en alto
Lucha de clases
Brazos armados
SANGRE ROJA

Mi sangre es la del pueblo
Y por el daré mi sangre
No hay mas sangre que la roja
Rojo es el camino del pueblo

Guerra a muerte
Puños en alto
Lucha de clases
Brazos armados
SANGRE ROJA

domingo, 11 de mayo de 2008

4. El párpado.

Donde se representa a pinceladas gruesas la historia de la familia de nuestra heroína Emma. Los tesoros de su madre empiezan a decapar una suerte de imágenes predispuestas para la composición del pasado.

Alguna vez, había preguntado a mi madre acerca de donde había permanecido mi padre todos esos años. Ella de corta y evasiva mueca me contesto entonces –yo interpreté-- que se había ido para no volver, que se había ido para Centroamérica, estados unidos o Europa, incluso malasia. Todos estos mundos valiéndose de un globo terráqueo envejecido con el que contábamos en nuestra casa en la ciudad y que siempre tuvimos en el campo, era la ventana hacia el mundo. Ventana que solo pude abrir mayorcita con el cobijo del conocimiento escolar.

A las pertenencias de mi padre hice dos visitas, hasta esa tarde en la que él había nacido, aparecido como exhalación del infierno. Mi madre, que buscaba unos hilos para remendar mi disfraz de hada, el año pasado, sacó una curiosa caja para guardar utensilios de costura. Esta caja, vista en reposo, vendría siendo un hexaedro regular alargado, con una manija en metal y madera que saldría del corazón de uno de sus costados rectangulares. Al apoyarla en un lugar plano y firme, la caja, desplegaba un par de patas en forma de ues que salían también del mismo agujero central en los laterales rectangulares. De no más de dos kilos de peso, en metal y madera de comino crespo, precavidamente tratado con barniz transparente para que sus visos intercambiaran su brillo al rotarle frente al bombillo. Cuatro rodachinas torneadas de madera, un poco más dura, rotaban con eje en las ues y se acomodaban a la superficie firme y plana, que por la flexibilidad del lomo de las ues del cajoncito no quedaba cojo, quedaba apoyado sobre las cuatro ruedas como una mula en sus cuatro patas. Mas tarde entendería por explicaciones pacientes de juando porqué un mueble rígido parado en tres patas, no cojeaba, no así uno de cuatro.

El cuerpo de la caja de aristas afiladas pero que no cortaban, que mi madre había seguramente cuidado con todo su empeño para que se mantuvieran a ese grado de pulimento, guardaba entre las dos caras opuestas a las caras laterales un par de maniguetas retractiles en acero forjado diminuto, como trabajo de orfebre (no como de cerrajero), con damasquinos criollos grabados sobre las superficies convexas, que descubrían al expulsarse un cuello torneado metálico que se asían a la delicadeza de los dedos de mi mama. Puestas ambas bellas manos a lado y lado de la caja no más grande que una vitoria (le comparo con una Vitoria porque para ese día sobre la mesa había una vitoria de por lo menos tres kilos que días después se haría dulce y motivo de disfrute), mi madre halando desde las maniguetitas, quebró la regularidad hexaédrica de la caja para convertirla en un escarabajo desplegando sus alas.

Seis compartimentos se abrieron, gracias a unas bielas metálicas que articulaban los dos primeros niveles de cajones que se desplazaron uno sobre otro longitudinalmente y adyacentes. Los dos compartimentos superiores rotaban sobre dos husillos, uno a cada lado, en madera lisa cuya procedencia aun no se ha podido identificar. Rotaban abrazando el par de mástiles del conjunto de la primera manija, la de transporte, la principal. Con movimientos rotativos de despliegue muy suaves de los cajoncitos superiores, de fondo tejido con un mimbre atravesado por la luz entre los agujeros de no más de tres milimetros de diámetro, mi madre abrió las tapas de, los parpados. Las tapas venían decoradas con un grabado de abejas danzantes alrededor de una bailarina central, que yo creí mucho tiempo, estaba disfrazada de chicharra, ahora viendo la caja junto a mí, sobre mi escritorio, reconsidero: es la abeja reina, presta a aparearse con una corte de zánganos (otra imagen de genio descubro allí, en medio de mi infancia).

De los compartimentos destripados, de los seis a la vez, surgió un universo de objetos que guardaba mi madre y que reflejando la luz del bombillo encandilaron mis ojos, que a esa hora, esa tarde ya se habían tornado amarillosos. Hilos de mil colores, pedacitos de tela de diferentes texturas y colores, frasquitos de inyecciones con dientes de leche dentro, tijerillas de acero toledano con damasquinos en sus orejas. Una cadena de plata con un camafeo, que al abrirse revelaba dos fotografías concienzudamente recortadas en elipse y con el tamaño de la yema del dedo pulgar de mi madre, un poco manchadas por el oxido en los bordes y los rostros de mis abuelos maternos en blanco y negro, que morirían el uno frente al otro en el baulito de recuerdos. Un mechón rubio de cabello y también otro castaño. Tres pergaminitos en miniatura de cortezas finas de madera, que gracias a los años habían perdido flexibilidad, con rodillos de bambú delgados y cortos, con sonetos e inscripciones románticas escritos por mi padre con caligrafía diminuta para mi madre. (Tan solo pude leerlos años después de que él muriera, antes de que se fragmentaran, armada con una lupa y una pinza reconstruí los sonetos con nula firma).

Después vino la sesión de fotografías arrumadas en uno de los espacios más profundos del primer nivel. Primera y en mi frente emergió una de mi padre montado en un caballo, con sombrero de mariachi, foto plena de color por unos algodones de azúcar que habían puesto detrás del caballo pinto de mi brioso y joven diablo. A esta le siguió una foto en blanco y negro, hecha sepia por el tiempo: mi madre haciendo su primera comunión con un velo hasta los hombros y un vestidito blanco corto hasta la rodilla, con florecillas en relieve regadas. Al sirio de esa primera comunión que alumbraba con una tenue luz, le siguió una foto de mi padre con un sirio apagado del todo, que portaba mientras se confirmaba, ya con pelos hasta la nuca, al lado de su hermana Séfora. Complementaba la composición un reguero de feligreses que se amontonaban en fila para que la cámara operada por un fotógrafo experto, cogiera los zapatos lustrados de todos los confirmandos valiéndose de la perspectiva y de la amplitud del templo.

Una foto de los dos, mi madre con juando en brazos y los ojos perdidos en el mundo paralelo del que extraen las fotos, la pose sostenida por un tiempo no mayor de 5 segundos que se eterniza y dura nada. Mi padre, sí miraba al frente, con el cuello erguido y con el hombro de mi madre clavado en su pecho mientras sostenía por detrás un listón de color violeta que se elevaba por la acción del viento, al parecer parte de una cola de cometa. Otra foto de ambos en que mi madre sostenía la cabeza de un niño enfrentado a un chorro de agua, mi abuela materna hacia parte de la composición dichosa y unos cuantos extraños de ojos amarillos brillantes.

La mitad de una foto desmembrada por la muñeca de mi madre, que sostenía seguramente la mano de mi padre, en un plano general con un jardincillo de hortensias y un muro pintado con cal al fondo. Mi madre sonriendo: Qué imagen. Entre otras fotos estaba también la de juando con uniforme de colegio y mi padre sosteniéndole el brazo izquierdo que juando no templaba por obvio desacuerdo con la foto o con la condición de colegial. Una foto más con juando, mis tías Séfora y Martha, mi madre, todos en traje de baño, también mi padre en pantaloneta mojada y una camisa de manga corta cubriéndole los hombros y con el costillar expuesto al lente. Un insípido vientre y una sonrisa pegajosa con la fuente en su estado original al fondo. Mi madre en vestido de baño sostenía un bebe desnudo, esa supongo era yo.

Unas cartas dobladas en ocho y unas postales con la estatua de la libertad al fondo, un caset, otro caset y otro caset. Un as de oro de naipe español que supongo era un agüero (a no ser que fuera la última carta que quedara de las restantes 51 extraviadas). Un par de anillos entre un bolsillito rojo de terciopelo que no eran de oro, un pañuelito de seda y flores de varios colores, una esquelita que juando había preparado para el día de la madre (fechada mayo de 1990).

La segunda vez que vi las cosas de mi padre fue justo ese día en que él había regresado, poco antes de su muerte por gangrena, cuando me dio por hurgar en la caja de cartón y en el maletín, que yo había visto, le habían acompañado por el camino de la ladera. La caja y el maletín de cuero brillante olivo con sierre metálico y cuatro tachuelas de apoyo en el fondo, se encontraban reposando sobre la mesa del comedor. Con los dedos arrugados aun por el prolongado baño que había tomado en la fuente, trate de desamarrar el nudo que ataba fuertemente la cajita con parte de las escasas pertenencias de mi padre. La casa estaba muy silenciosa y unos bramidos, rugidos, ronquidos salían del cuarto de mi madre, de donde entraban y salían moscas, por la puerta no cerraba del todo.

Retire mis manos del nudo y me acerque a la puerta, por la abertura angosta, pose mi ojo pardo y observé a mis padres en lo que parecía su intimidad, artificial pero definitivamente conmovedora. El sol de las dos de la tarde que penetraba por la ventana occidental del cuarto después de traspasar vidrios opacos, mal laminados y cortinas, pegaba justo en la frente de mi padre recostado plenamente. El sol sobre las manos tendidas de mi madre que sentada sobre la cabecera de la cama y de cabeza agachada leía unos papeles importantes puestos sobre su regazo. Lectura que luego se convirtiera en siesta, al notar yo qu ella clavaba más el mentón contra su pecho. Sol que por procesos similares a la …fotosíntesis se me había transformado en compasión. Una de las manos de mi mama se traslado de su regazo a la corona peluda de mi padre y la siesta intima se hizo más seria, más oficial. Un amor, una criatura con más dientes que mi boca juvenil pero definitivamente vegetariana. Aquellas bocas tan parecidas a la mía propia, rojas, distantes, secas, silenciosas, negras, calladas por el sueño y por la vida. Retrocediendo volví al equipaje de mi padre y ya con menos sigilo trate de desatar el nudo que me separaba de la memoria. Mi padre que nunca me había dicho nada, a quien nunca había escuchado, de quien había sabido más que todo tras las esporádicas amenazas de mi madre para corregir mis malversadas palabras.

Abierta la caja como un gran parpado, salieron dos mudas de ropa casi limpias, más bien curtidas por lavadas no cautelosas; una escuadra, una piola y un nivel, tres pañuelos, dos pantaloncillos y dos pantalones de lino casi nuevos. Más al fondo unos discos en 45 rpm, que luego, en la tarde, mi padre escuchara sedado por una tranquilidad ganada, solitario, días antes de morir.

Una falda nueva para mi madre de seda de varios colores, con los colgandejos que certifican que es nueva, pude sacar del maletín verde que me apresuré a abrir. Una cachucha para juando con la bandera del Canadá, azul con letras brillantes bordadas. Regresé a la caja para sentir la textura de la falda de mi madre, memoricé la suavidad de aquella tela, delgada, tela que aun arrugada lucía, colorida con grandes rombos, adelante y atrás; estos rombos a su vez estampados con estrellas de cinco puntas bordadas de color pastel. Unas gafas que se oscurecían a la luz; unos libros con caracteres chinos en una página y en español en la otra con una foto que desbordaba sus páginas. En la foto: mi padre con las gafas puestas, sonriendo entre dos señoras de mirada perdida y con las manos arriba como cuando se entona una ranchera.

Una cajita de bombones de chocolate comidos a la mitad y una hermosa camisa blanca con rayas delgadas, perfumada, dulce, el mismo aroma al que olía mi padre cuando le abrace y le bese en esa misma semana. Una cartera con muchos papeles y un cuaderno lleno de dibujos y manuscritos de caligrafía impecable. Cuando mis manos se adentraron profundamente se encontraron con una hermosa falda corta naranjada y con manchones rosados, que aunque suene impotable combinaban alegremente. Tome la falda por la cintura y empecé a probarla sobre mi delgadez, revisando de soslayo mi cuerpo en un espejo de tamaño y marco de ataúd conservabamos de la abuela, en la sala. Las piernas llenas de cicatrices, puntitos, rastros de zancudos y de otros bichos. La falda que combinaba a cabalidad con mi cabello desordenado. Regrese la falda a su lugar y volví a husmear en la cabeza de mi padre. Una muñequita salió con un par de motas de polvo, una muñequita vestida por mi madre que había dejado de ver en algún instante durante mi infancia. Muñeca que yo guarde junto a mí en muchas noches de invierno cuando el viento y la oscuridad no lograban esconder las ráfagas segadoras de vida, de juventudes dedicadas a la guerra.

Un vestido de baño era lo que seguía, mis ojos encontraban en la cabeza de mi padre huellas que se parecieran a mí. Mis labios dibujaron una sonrisa reflejada en el viejo espejo. Ahora mismo tenía un regalo de mi padre, al lado de una muñeca ya casi olvidada, la que busqué por todo el solar, por la era, por los potreros de la tuerta de victoria, en el solar de los Ruas y que había acompañado a mi padre en tantas noches. Estaba feliz con aquel nuevo vestido de baño. Mi padre tantas veces negado por las lágrimas de mi madre, había robado algo de mí para tenerme cerca y me lo había devuelto en un silencio que oportunamente explicaría todo.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El PASEO VERDE

Paris es una ciudad que despierta a la 7 y 30 a.m., la mayoría de sus transeúntes comienzan a salir a ésta hora. El ruido de los carros, del taconeo de las mujeres con la paranoia del retraso, de la respiración agitada de los jubilados que sacan sus perros a hacer sus necesidades sin ningún pudor del tamaño y el lugar en la calle en que los excrementos quedaran, de los niños en sus conversaciones matutinas tan impredecibles y de los que en lugar de hablar gritan y lloran por cualquier cosa por insignificante que sea, todos los ruidos de las actividades de rutina se escuchan a partir de esta hora del día.

En el balcón de mi casa se podía ver a una señora de unos 40 anos que salía a cualquier hora, en la mañana con los primeros transeúntes, en el mediodía cuando el silencio reinaba en las calles vacías de un barrio residencial en donde muy pocos podían estar en sus casas para disfrutar de un almuerzo casero, en las tardes cuando los niños regresaban del colegio con las manos ocupadas con un algo que en la mayoría de los casos se componía de galletas, panes de chocolate, brioches con una barra de chocolate en la mitad y un jugo de manzana al clima, en la penumbra en medio del agite del regreso a casa cuando las panaderías se llenaban de gente en busca de la baguette y hasta en altas horas de la noche cuando apenas se percibían algunos ruidos que en muchos casos podían ser alarmantes. Esta señora tenia la nariz puntiaguda, los ojos pequeños y rasgados con unas grandes ojeras que podían hasta brillar en la oscuridad mas densa, su mirada a causa de estas características físicas padecía una gran fatiga, una debilidad enfermiza, cuando se le cruzaba, apenas se podía percibir en el café pálido de sus ojos una ausencia y al mismo tiempo una desolación inquietante, su cabello lucia siempre igual, lo lacio y su negrura estaban organizados entre una capul finamente hecha y la parte trasera cuidadosamente peinada que le llegaba hasta los hombros, su piel era pálida y amarilla como la de una persona que padece de anemia severa, cada vez estaba vestida de la misma manera; en verano con una sudadera negra y una camiseta blanca , en invierno utilizaba lo mismo y le agregaba un abrigo azul oscuro. Siempre salía con un labrador negro como su cabello, éste al contrario de ella tenía un aspecto vigoroso, de buena salud, lo suficiente para arrastrar a su dueña y obligarla a caminar a un ritmo opuesto a la pasividad de su mirada. Parecía que el perro le robaba toda su energía y que luego de hacerlo le daba un poquito para que se mantuviera viva.

Eran muy raras las veces que salía al balcón, debido a mis ocupaciones, a que casi nunca podía estar en la casa o al frío que acobardaba hasta al mas empedernido de los fumadores, lo mas extraño es que cada vez que salía, sobre todo sin razón alguna, casualmente pasaba la mujer, esta coincidencia sumada a las veces que sin importar la hora me la encontraba y después de saber que a Martín le sucedía lo mismo, me hicieron imaginar cosas escabrosas en la vida de esa mujer con su perro y la razón por la cual quizás Martín y yo la veíamos todos los días ya sea en el balcón o en las calles estrechas de nuestro barrio.

Imaginé que era solo una imagen que se repetía, como un fantasma que había padecido en su vida de una penosa enfermedad y que su única compañía en sus momentos de agonía había sido el perro, que a causa de su soledad; su cuerpo y el de su mascota habían sido encontrados mucho después de sus muertes debido al graznido de los cuervos que se posaban todos los días en su ventana y a que el olor había llegado hasta la cocina de los vecinos que no lograban disfrutar del olor de la tarta de manzanas que preparaban para su nieto que vendría a verlos después del colegio.

Luego de unos meses llego la costumbre sumergida entre los momentos de estrés de llegar lo mas pronto posible a la estación de metro o de saber que temperatura y que tiempo haría en el día. Había olvidado la historia de esa mujer y cuando la veía, sentía cierta indiferencia mezclada con un repudio que pasaban fugazmente por mi mente al imaginar tener que depender de un perro, de dejarse robar toda su energía y dar la impresión de no ser nadie sin él. En el momento en que su silueta se perdía de mi vista mi repudio se iba con ella.

Al salir en la mañana al despertar de Paris, después de cruzarme con unos cuantos transmutes, al llegar al “paseo verde” solía ver a los ancianos que no tenían aliento de trotar o al contrario a jóvenes con sus mp3 que esperaban a sus mascotas ya sea estirando o mirando al infinito a que ellos produjeran sus excrementos de apariencia tan variable según la raza y alimentación. Al pasar y ver ésta desagradable situación, el odio a ese tipo de gente fue creciendo cada vez mas y con éste el que sentía por aquella mujer, imaginándome que cada vez que la veía, un excremento igual de grande que su animal quedaba atravesado en medio de una callejuela rodeada de árboles diseñada para que la gente de todas las edades mantenga su” cuerpo y por ende su espíritu en forma”. En la “ rue de sahel” que quedaba después del paseo verde y llevaba hacia el metro cuando me la encontraba, trataba de evitarla y mis pasos se aceleraban, la historia que había imaginado en un principio había vuelto.

Un día poco antes de irme de Paris caminando hacia la panadería a eso de las 6 de la tarde me la encontré , al contrario de lo que hacia de costumbre desaceleré mis pasos y la seguí hasta el paseo verde, hice como si fuera hacia el metro, junto a una escultura que nunca pude descifrar su forma ni la razón de su presencia en ese punto del paseo, pude verla en la misma situación que los otros dueños de perros, empecé a sentir una agresividad que me estaba dando el coraje para hacerle pagar a ella todo el repudio que me causaba el excremento circundante en todos los rincones de Paris. En el momento en que cogi fuerzas para hablarle, pude percibir por primera vez un movimiento de la señora diferente al de caminar hacia adelante casi arrastrada; metió la mano a su bolsillo y saco unos guantes de plástico mientras que tenia a su perro con la otra mano, éste en una quietud desconocida para mi, la seguía con la mirada haciendo ruidos semejantes a los que hacen estos animales cuando ven a su dueño de lejos, o cuando piden una caricia, en cuclillas la señora cogio el excremento y lo voto a la basura. En ese momento la rabia que tenia se convirtió en frustración y al mismo tiempo en una especie de lastima y de enternecimiento. Poco después la señora acaricio a su perro y siguió en dirección al metro, yo me fui en dirección contraria camino a casa, esa señora me había hecho pensar que la extrañeza de su vida era equivalente a su gesto en las costumbres de los parisinos.

Camino a casa traté de encontrar el motivo por el cual el excremento de perro me producía tanto repudio, en principio me dije que era un sentimiento normal pero al percibir la gran indiferencia con la que los parisinos convivían con esto a diario en los parques, las callejuelas, los jardines, los monumentos mas prestigiosos, los niños con sus zapatos apestando y metiéndolos al armario con la misma indiferencia que si se les hubiera pegado un chicle, me hicieron suponer que no era tan corriente. Uno de los factores que pudo haber influido es que en Medellín esto no es tan frecuente. Otro lo encontré en los recuerdos de niñez, mi mama me decía cada vez que iba a jugar en la grama: - ojo pisas un popo de perro, otras veces cuando preparaba comiditas con maticas de limón: - ojo te comés eso cochina, porque en esas maticas se orinan los perros- con estas advertencias mis deseos mas profundos de tener un perrito de moda en la casa se fueron desvaneciendo en la idea del excremento pegado eternamente en mis zapatos, la rinitis de mi hermano, las maticas de limón vinagres a causa del orín y los malos olores.

El primer día que pasé en Paris, la primera lección de mi prima fue poner mucho ojo a no pisar popo de perro, me señalaba uno de un tamaño escandaloso y un color para mi desconocido.

Ahora aquí en Medellín siento la ausencia de este espectáculo matutino, debido a que donde vivo es un lugar retirado y finamente cuidado y a que cuando salgo en las mañanas estoy en un bus y no alcanzo a percibir detalles que seguro deben de tener algo en común a Paris, sobretodo en estos barrios aledaños al estadio en donde los jubilados y los trabajadores con horarios anormales van a hacer deporte. El domingo es otro día en donde se deben ver situaciones aun más similares a las de Paris en un día de semana. Lo que si puedo asegurar es que la concentración de excrementos a lo largo del paseo verde, en las callejuelas aledañas al “paseo verde” y todos los rincones parisinos no me vienen a los recuerdos cuando me paseo por las zonas verdes de Medellín, en medio de la oscuridad en la cual los medellinenses comienzan su día.

viernes, 2 de mayo de 2008

Muro sin lamentos

Pues sí que todo por aquí es sol primaveral, de 5 de la mañana a 9 de la noche, y hasta las gafas oscuras se vuelven comunes cuando a uno le da por mirar a la gente. Berlín es, claro, interesante para los turistas, como lo es el ochenta por ciento de las ciudades europeas. Pero en medio de tanto excursionista, no dejo de pensar que tanta clientela para los cafés procede sobre todo de los mismos residentes. A ratos, con gran ingenuidad, me pregunto de dónde tanto tiempo, de cuándo acá la vida buena, por qué todos tan amigables... ¿acaso no hubo aquí bombardeos, disecciones, muros, fríos inviernos, guerras aún más frías, um so weiter? La hipótesis del olvido querido se cae de su propio peso. A cada alcalde le da por diseñar un proyecto de conservación de la memoria histórica. Ayer, por ejemplo, salió al comercio un software que le permite a los palmhabientes de visita en Berlín escuchar y ver un montón de cosas acerca del lugar específico sobre el que está parado. La otra hipótesis, la de la calma después de la tormenta, tampoco me suena, aunque no sabría decir por qué. Cierto aire de ligereza, lo digo con el perdón de todo el planeta, es lo que por ahora alcanzo a respirar. Estoy casi seguro de que todo obedece a mis propios lentes oscuros. Qué más va a decir un estudiante que lleva apenas un mes en la ciudad del siglo XX y que ni siquiera entiende los titulares de la prensa. Sí, que más va a decir. Sólo que a la vez no deja de llamar la atención la nostalgia de los viejos cuando hablan de la DDR y de su Ost-Berlin. Y aunque hoy en día el cine es testimonio de una percepción particularmente crítica respecto del pasado comunista, una que otra escena se encarga de retratar el arribo del espíritu occidental como el triunfo de valores no propiamente espirituales. Todo archiconocido (espero no se me oiga como retórica de universitario latinoamericano: sólo describo). Por lo demás, no se escuchan sino elogios para esta ciudad. Con el tiempo seguramente viviré las razones que aún no tengo.

A propósito del turismo, estuve en Dresde el fin de semana pasado. Mientras más cuenta me daba de la importancia histórica de la ciudad, más aburrido me ponían el sol, los compañeros y la guía. ¿Con qué tara me vine de Colombia? Ese día sentí que prefería leer un libro sobre la Frauenkirche que subir a su imponente cúpula (sin que, por demás, nada garantice que, con el libro en mis manos, hubiese decidido más bien darme una siesta inmerecida). Las tres horas en tren, sin embargo, se justificaron por dos breves momentos. Un café por allá en medio del cansancio y de la nada, y una visita relámpago a la Gemäldegalerie Alte Meister. Pensé en los pintores de El Caldero cuando, después de buscar y buscar, encontré por fin la sala donde yacen algunas pinturas de Rembrandt. ¡Cuánto podrían aprovechar ellos semejante lugar! Nunca va a haber suficiente tiempo para mirar esa rara escasez de luz. Por otra parte, no los quiero abrumar con los nombres no vistos que acompañan al del holandés.


Me despedí de las plazas pensando en la necesidad de volver. Todo tan restaurado y yo ya con pereza de viejo. Cosas se ven.

jueves, 1 de mayo de 2008

3. El final de la pena

En este pasaje la familia protagonista de este relato tiene un encuentro en la mesa donde una serie de gestos y de malabares silentes enteran a Emma de la sed de su padre y del amor de su madre.

Sentados a la mesa mi madre solía ponernos antes que nada una fruta fresca, antes de la sopa, la locomotora del tren de delicias de mediodía, que hacían soberanos cada uno de nuestros bostezos (¿de vacaciones de la escuela?). Un nuevo comensal hacía el almuerzo irregular, no a la cabecera, -- nuestra mesa era democráticamente cuadrada, equilátera—sino en el puesto que siempre quedaba desocupado, con la silla en uno de los rincones del comedor. El puesto que ocupara dieguito, ese día sostendría la humanidad del ausente, del moribundo.

Allí mismo solían sentarse mis tías: Martha y Séfora que venían dos o tres veces por año. No una encima de la otra, una venía para mi cumpleaños, otra para el de Juan Domingo y coincidían en diciembre. Dos señoras con voces de locutoras de radio, con acento especial y que pronunciaban la s con un silbido vida que escapaba a través del intersticio que dejaban sus dientes ya postizos. Voces parecidas a aquellas del radiecito de juando que contaban las espeluznantes historias de la ciudad, voces de dicción impecable. Recuerdo que cuando venían, al conversar de un tema censurable ante mí, mientras distribuían sus palabras hacia la mirada de mi madre y hacia el oído de juando, me ojeaban de sesgo para que ellos dos entendieran que yo no debía escuchar. Actitudes preparadas de ambas tías que besaban mi mejilla con ternura al llegar y que dejaban labiales a propósito tras su partida, para que yo los usara en mis juegos preparativos.

Ellas que llegaban cargadas con regalos para mí; que me habían vestido insistentemente a pesar de mi maltrato a los atuendos citadinos; que tomaban el café con un sorbido congénito; que atrapaban mis manos entre las suyas y con las uñas raspaban las yemas de mis dedos arrugadas por mis largos baños en la fuente, traían siempre noticias de mi padre (aunque yo sólo lo supiera tiempo después), conocían su pena y se convertirían en artífices de mi vida nueva, no renovada. Séfora y Martha serán parte de este relato que para este momento se traslada alrededor del hambre.

Ese retardado mediodía una naranja abrió el apetito, la que mi madre para sus hijos peló meticulosamente y trajo desnuda en su cáscara interior blancuzca y aterciopelada. Para mi padre, en cambio, la naranja permanecía intacta tal cual se había descolgado del naranjo, incluso con un pedazo de rama y una hojita ya seca sobre el polo del amarillo y relleno manjar.

El papá, de seño fruncido, pésimo para ocultar el dolor, delatado por sus cadenciosas exhalaciones, --profundas aunque exhalaciones era como si el vacío inhalara vehementemente-- nos miró a cada uno: a Juan Domingo, a mi madre y a mí en el momento justo en que recorto su ritmo respiratorio para sentarse, enseguida levanto su labio superior a guisa de sonrisa y me permitió ver un diente a la mitad, que por el color, el tamaño y la posición con respecto a los demás incisivos, no podía ser una muela sino parte resistente de una demolición. Horror que superaba el acento de su nariz exageradamente roja y de su desordenada barba. Volviendo a enternecer su seño, se distrajo en aquella naranja, puesta sobre un platico, que tomaría entre su mano izquierda, de muñeca cubierta con accesorios de hilo y una banda de cuero cuyos bordes parecían cortados por dientes de fiera.

Se irguió sobre la silla mi padre y pude reconocer al hombre bello que recordaba de fotos y comentarios de mis propias tías sólo que con señales de gasto, soledad y muerte, esta última empecinada en hundirle el dedo impío entre la dolorosa herida de su muslo. Su cuerpo no tenía pipa ninguna, tampoco era demasiado bajo y las canas no parecían señal de vejez sino más bien complementaban la madurez placentera con la que le había imaginado durmiendo en mi corto pasado: Radamel Iriarte. Don señor fácilmente podría ser hermano de juando pues hoy recuerdo su fuerza juvenil. Sin embargo, hijo de mi madre, con dificultad, las palabras no dichas parecían estorbarle aunque no le hubiera escuchado ninguna.

Para ese almuerzo, retrasado por mi escape, se dispusieron los más elegantes cubiertos que guardara mi madre, solo se exhibían en los días en que Séfora y Martha nos visitaban. Cucharas, tenedores, trinchetes que mi padre fisgón reconoció, pertenecían a mis abuelos, a sus padres. Suerte de cubiertos que alguna vez limpiándolos, me había percatado, eran de diferentes tamaños, con diferentes grabados, sin patrón. Unos diminutos otros enormes y alargados, unos de plata manchada otros brillantemente plateados, con asas especiales de colores y curvas cerradas.

Malabar severo, nunca antes visto: mi padre empuñando una cuchara puso su dedo pulgar sobre la parte cóncava y enfrento uno de sus filos curvo contra la cáscara de naranja que empezó a retirar dejando una estela en espiral logarítmica perfecta. Aquellos dedos gruesos, magníficos, que podrían invertir la forja del elemental instrumento, empezaban al tiempo a embadurnarse del jugo poco viscoso que salía de la fecundidad amarilla. A contraluz, desde mi silla, pude observar la nube con el vaho característico de cuando pelan las naranjas alcanzando las vecindades de la nariz de mi madre, que inmediatamente guiñó como quien estornudaría. Estornudo que contuvo con su ánima, aparentemente para la visita, solidificada, mas todos presentíamos la sacudida inminente.

Mi padre terminó de pelar la naranja, mi hermano juando sonrió, yo sonreí entonces, mi madre estornudó con un notorio sacudón, de su caja torácica y de sus discretas cuerdas bucales. Luego con sus ojos chocolateados y con sus manos alcanzó uno de los cuchillos resplandecientes—con un repujado no convencional puntudo y con dientecitos a ambos lados de la hoja, una bella cacha de ámbar u otro material parecido, violeta y betas de amarillo, que ella misma había dispuesto frente al puesto de mi padre junto a un convite de cubiertos extraños para cualquiera de nuestros almuerzos regulares— lo envolvió tras su muñeca agarrándolo con sus dedos de la hoja, y luego desenvolviéndolo de su mano suavemente puso la cacha en frente de los ojos de mi padre, ella ya sonriendo, el sonriendo, tomo el cuchillo por el asa y con vitales movimientos propino golpes secos a la naranja para partirla en dos, luego en cuatro, rápidamente, sin ayudarse de su mano izquierda. Luego con la punta del cuchillo tomo uno de los cascos y lo llevo a su boca enorme, tapando el excedente de casco que se salía, con aquellos labios, los labios de mi madre, los míos y su, muy suyo, bigote mal cortado.

No salieron pepas, la naranja fue devorada íntegramente por aquel hombre de manazas increíbles. Tan solo tres goteritas de jugo pudieron escaparse de aquellos voraces dos minutos y medio: una quedo colgando como una perla de uno de los mechones más largos de su barba, otra la limpió con el lomo de la mano de su nariz de gnomo. Una tercera se confundió con el sudor de la camisa blanca, con rayas grises y pinticas circulares verdes, amarillas y rojas. Yo sin tapujos de susto y mejor lavada, al ver aquella simpatía en el rostro de mi madre y de Juando, no tuve otra que reírme, reírme fuertemente, a carcajadas. Juando sonrió, mi madre sonrió y él sonrió, debió sentir un poco de alivio en sus padecimientos. Estas risas se aplacarían un poco por un quejido de mi padre tras enviarse a la boca una caliente cucharada de caldo de menudencias de textura deliciosa, que flotaban en una laguna amarillosa con papitas alrededor y unas pinceladas de cilantro. Luego nuevamente se reanudo una cadena de sonrisas suscitada por la emotiva carcajada de mi madre.