sábado, 22 de marzo de 2008

Italia

“El día es frío para tener que levantarse tan temprano. Cinco minutos más no garantizan un mejor clima, pero sí contribuyen a mi organismo”.

Inmediatamente después de un corto baño cojo el uniforme, listo desde ayer por recomendación (o cantaleta) de mi mamá. “Sociales, Matemáticas, Física ¡bloque con ese costeño mirón!, Religión, la tarea, la carpeta”.

“En cinco minutos estaré en el colegio. Ojalá hoy no me dejen afuera y si pasa que sea con Duna, ella siempre llega tarde aunque viva a tres pasos”.

Me encuentro en el camino con el señor de la tienda de Rulfo, él no se llama así, pero su negocio sí. Veo la hora en un reloj que hay en la sala de un apartamento de ventanas abiertas. “Faltan tres minutos”.

Piso un adoquín, esquivo otro. Da la impresión de velocidad. Encuentro a más personas del colegio, las veo todos los días, sé en qué año están, hasta cuál es su nombre, pero ni el mínimo saludo. Me alivia verlas. “No estoy tarde”.

Termino de recorrer el tramo que conozco de memoria: derecha, subo, derecha otra vez, paso la avenida, atravieso la unidad, cruzo la calle.

—Saquen los mapas, dice la profesora de Sociales, quien hace gala siempre que puede de su recorrido por Europa, hasta fotos de familia llevó la otra vez. Las niñas atendemos a su llamado, todas expectantes ante las obras de arte de las otras. Digo “obras de arte” porque más que un ejercicio de geografía la tarea debe ser un despliegue de creatividad. “Recuerden que califico estética”. “Era sólo eso lo que calificaba”.

Todas con su mapa de Antioquia, algunas con cara de decepción, otras orgullosas de la creación. Él mío era un 8,2 en relación con las otras. La textura orográfica la imité con papel higiénico remojado en vinilo verde y colbón; moldeé las formas y con ayuda de un palillo de dientes fijé el nombre de las montañas más importantes. “Valió la pena tanto trabajo ayer y haberlo cargado hasta aquí, pesa el hijuemadre”.

—Y eso qué es, la bota itálica o qué. La verdad, no encontré gracia en su comentario ni tuve la visión de ningún tacón.

—Un 6,9. Hubo un murmullo de risas.

El día estuvo acompañado de esporádicos ecos que decían “Un 6,9”. Cada uno me iba extrayendo poco a poco el aliento. “Quiero llegar a mi casa”.

Comienzo a recorrer el tramo que conozco de memoria: cruzo la calle, atravieso la unidad, paso la avenida, izquierda, bajo, izquierda otra vez.

—Hola, ma.

—¿Cómo te fue?

—Ahh, bien.

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