viernes, 28 de marzo de 2008

La Curva

La licencia


Cuando conocí a “la curva” --como decidí llamarle para delegar en dos o tres puntos de apoyo adicional un problema que pudiera ser de identidad pero que resultó ser de equilibrio --respondía al nombre de Zara White. No puedo decir que fuera descendiente inmediata de ingleses o americanos, eso se lo pregunté varias veces pero me explicó que pertenecía a una familia que desde hace por lo menos sesenta años vive en Medellín y de la cual ella conservaba solamente el apellido.

Mis amigos, a no ser que el huracán metal o checho se hayan percatado, no la conocieron. Yo por ese entonces andaba por una oscuridad más bien ingenua y nos distanciamos, me refiero a los lectores de este colectivo. Estamos hablando de octubre o noviembre de 2001 para que revisen sus diarios.

Ambos sosteníamos conversaciones con matices políticos, melómanos, gastronómicos, (conversaciones sin rigor ninguno, carentes de pies de pagina y citas) dentro de las cuales ella me contaba historias cortas de su familia, de la emigración de la ciudad al campo que tuvo que hacer su madre, con sus hijos para vivir en la antigua casa de sus abuelos paternos en El Magdalena Medio, de la muerte de su padre, en circunstancias oscuras víctima de un par de heridas de bala.

Tuve la oportunidad de conocer a su madre doña Dolores Plata, señora con acento santandereano, quien 5 años después, en febrero de 2007 (Era de Eli) me buscó para que recogiera una herencia que me había dejado Zara. Colgué el teléfono sin atisbar que doña Dolores había dicho herencia, yo en mi memoria material pensé que me devolvería algún disco compacto o cualquier libro barato de poesía colombiana, pero nada. Con el mal tino de que luego, me fui a preguntarle a doña Lola que para donde se había ido a estudiar Zara. Recuerdo que alguna vez ella me había boceteado planes de irse a estudiar letras inglesas a Australia –Zara no se fue a estudiar Guti, ella se murió hace un mes—

Doña dolores aun golpeada por la muerte de su hija, que ya había padecido el luto de su hijo menor y de su marido, no reparó en reclamos y me entrego un paquetico con la herencia de Zara. En la escena siguiente me tocó representar a un bronceado simio, mal informado y sordo, que había echado por la borda con facilidad la amistad de una amiga bien especial e inteligente como Zara, y que ahora, en frente de su madre, se tomaba un vaso de jugo de maracuyá bastante acido, que inventaba mil formas para decir gracias por un jugo helado y estándar, cuando lo acertado debía ser: qué pena, no sabe cuánto lo siento, no merezco nada de Zara doña Lola, su hija era una mujer muy bella.

Esto último sí se lo dije a doña Dolores, no podría ser tal mi grado de insolencia e ingratitud, se lo dije gagueando, no porque lo sintiera tenuemente, sino porque no tenia corazón para mover la lengua. Eso me pasa en los lutos y en otras circunstancias en las que la muerte aporta su primera letra.

La herencia de Zara

El paquetico contenía un cuaderno cosido de papel bond con 39 x 24,8 cm de dimensiones generales, escrito íntegramente, mitad con una materia típica de ingenierías de la Nacional: teoría de la programación (algoritmos) y el resto manuscrito a lápiz, a lapicero rojo, a lapicero negro, con un texto cuya primera hojeada no permitía pensar en una Dendrología o estadística, más bien pensé, en una prosa ociosa enriquecida con dibujos abstractos y narrativos.

Introduje la mano en el sobre de manila ajado y salieron otras cuantas hojas reutilizadas: Unas fotocopias de unos textos de Mario Bunge y de Josefina la cantora o la ciudad de los ratones, dobladas por mitades y manuscritas por el reverso consistentes con el cuaderno entre tintas y caligrafía.

Introduje nuevamente mi mano y mis dedos arañaron un papel que parecía un billete y lo agarré con el dedo índice y el anular (sin dejar de emocionarme). Comprobé que efectivamente se trataba de un billete de cincuenta pesos oro de 1972 serie 2342133498, con una frase en lapicero negro toda en mayúsculas y ni parecida a la de Zara que decía: SALVE DIOS TODOPODEROSO, enseguida un número de seis dígitos 5711 53 (un teléfono).

En el fondo de la bolsa tan sólo quedaron los ganchos que sujetaban las hojas y un sutil olor a lo que, en ese momento pensé, olía Zara.

Las señas de zara

Zara era una mujer no muy alta de pelo crespo a mitad del cuello (omito descripciones corporales exhaustivas, pues si optan por leer su relato, conocerán lentamente sus facciones). Estudiaba estadística en la Universidad, nació en 1979 creo que en el mes de diciembre (no querría investigar). Firmaba como Sara D. White. Que proviene de Sara Dalia, que me he encontrado repetido a lo largo de la lectura de su manuscrito. Pero yo prefiero llamarle Zara Douglas White.

Única mujer de tres hermanos: dos hombres mayores: Gerardo y Ubeimar (o gweimar). A wéimar aun me lo topo por la calle, Gerardo si murió muy pequeño. Hija de Dolores Plata --parece que lo primero sí, lo segundo no-- y de don Domingo White Rada.

No se le conocieron ni novios, ni novias. Me consta que tuvo una vida muy bohemia, digna compañera de copas, y que pretendía a muchos chicos de nuestra edad. Además un gusto condenado por la Sonora matancera, gusto que heredara de su padre, melómano de quien aun vi rastros de su discoteca en mi visita vergonzante por su casa.

No negaba un saludo, ponía condiciones a la hora de hacer tratos, abrazaba con mucha facilidad y callaba cuando no era necesario hablar, de una sensibilidad suma (notable por cada uno de las escenas que pudo escribir), y de una belleza única a la hora de partir. Ofrecía su mejilla para que le besaran, se despedía a pesar de las decepciones con un fuerte apretón de manos, lucía chaqueta de cuero y como a todos, no le gustaba la ropa limpia y nueva.

Zara empezó a estudiar tarde en su vida, eso si menor de lo que cuenta. Hasta cuando tuvo que volver del campo. Por enseñanza de su madre aprendió a leer y escribir y a pesar de su des-escolarización contaba con una prodigiosa inteligencia que le permitía razonar acerca de muchos episodios naturales a su corta edad. Es por eso que no podríamos dudar del genio de la niña que narra por que la escribiera una niña de ya 25 años, con varios libros y amantes encima y debajo. La niña efectivamente era prodigiosa y su madre siempre la ocupo en tareas que requirieran astucia e inteligencia, además de que le conversaba todo el tiempo acerca de cómo se vivía, del orden del mundo, de las cosas, de la gente.

Acerca del seudónimo

Yo escribo Sara con Z para darle más sofisticación, pero igual ella se llama a sí misma a lo largo de su manuscrito: Emma, a veces Dalia, a veces Feliza. No he hecho un análisis (ni haré) psicológico de su escritura, que determine las razones por las cuales no se conforma siendo una. Pero también conocía a algunos múltiples, si llegara a ser su inquietud señores. Probablemente sí tomaría esta idea fundamental para rentar su mano escritora al mejor hígado, y para además desproveer del carácter personal, autobiográfico a su historia. Por que era buena para reproducir hígados.

Si es del caso se la puede acusar de plagiadora, su madre podría llorar de indignación pero, ¿cuál?, no estamos publicando nada suyo todavía y se puede adelantar un proceso legal si fuera del caso. Los múltiples, a quienes Sara imitara han muerto y este colectivo es casi una cofradía secreta.

El manuscrito y la trascripción

La presentación física del manuscrito ya la conocen. Se trata de una caligrafía bella con el lapicero, pero menos bella con lápiz. Sara era zurda como se evidencia en varios pasajes. Tiene obvios errores (ortográficos, semánticos, de léxico) e inconsistencias en su manuscrito con nombres, secuencias, situaciones, etc., orden que yo no tengo ni derecho, ni responsabilidad, ni soy capaz, ni se me pagó para enmendar ni traducir.

En total conté 204 páginas escritas en 19 fragmentos o menos. No tienen orden numérico pero mientras están en el cuaderno el orden es evidente. Hay notas también alusivas al orden sobre los encabezados de cada fotocopia reutilizada. Para algún capítulo, en especial el que pongo como cero (a petición explicita de zara QEPD), escrito sobre las fotocopias, no encontré un orden. Entonces tuve que recurrir a lo escrito por detrás,--el relato de Kafka--, para encontrarle lugar a este grandioso fragmento, que parece el abre bocas de lo que nos contará Sara –que puede también no ser el prologo sino una prosa crítica aislada de alguna situación, o una alusión a algún pasaje de la literatura—

Por lo que he trascrito y conocí de ella, Zara no era una mujer a la que le interesara el suspenso, el misterio. No le gustaban las sorpresas y prefería la cadencia moribunda del final conocido, al clímax final truculento que desmadeja las películas que han sido decentemente enredadas.


Acerca de la muerte de Sara

Sara murió siendo una heroína para mí, aunque de eso me haya enterado 6 años después de dejarla de frecuentar y casi un año después de su muerte –un año me ha tomado emprender esta tarea y es ahora cuando por fin me atrevo, con el desafío del colectivo el Caldero y con su licencia, obviamente—Como es un trabajo de trascripción me tomo el atrevimiento de escribirla a ella y espero no haya reclamos que puedan entorpecer mi vida, que me permitan seguir viviendo.

Sara no murió de una sobredosis de anfetaminas victima de una vida bohemia. Tampoco de cirrosis. Sara no se suicidó ni murió asesinada (según lo que he podido leer, ella hubiera buscado al criminal capaz de propinarle una muerte ceremoniosa). Sara no creía que el amor estuviera cerca, ella misma era amor o lo secretaba, por eso estalló.

Sara falleció el 14 de diciembre de 2007 victima de un ataque mortífero de influenza en las camas de urgencias del hospital Pablo Tobón Uribe. Al parecer una mojada sobre una bronquitis mal cuidada devino en neumonía y hoy deja en mis manos la responsabilidad de transcribir su vida, su intensión, su sensibilidad, su amor, en esta afección mía tardía por la escritura.

A El Caldero

Al caldero les ruego admitan a Zara entre sus filas ella es más silenciosa que una muerta y no ocupa muchas megas. Publicaré la trascripción como documento adjunto para que no estorbe como un cadáver. Espero que no tengan inquietudes que no sean de lectura, de mera trama. Espero no tener que dar detalles acerca de esta relación oscura con Zara que ya que tuve que admitirla mediatamente con Eli, serían una carga adicional para esta tarea tan agotadora.

Este escrito aparecerá dentro de la autoría de la curva, pero yo Guti respondería por él, lo considero más honesto que publicarlo bajo mi usuario. Si alguno de los miembros lo considerara impertinente para un espacio tal. Por favor me avisa yo procedo a quemarlo o a hacérselo llegar impreso (para no perder el trabajo de la semana santa).

domingo, 23 de marzo de 2008

DOS TAZAS

Subo por la ladera centro occidental de este pequeño, quebrado y estrecho valle. En una carretera sinuosa y empinada por la que van mercancías inútiles que confortan el furor asesino en las tierras mas calidas y por la que llegan los frutos ensangrentados de la lucha contra la naturaleza. Entran y salen por allí los viajeros de la nueva tierra prometida, maltrechos y desgarrados por la promesa vacía de que la justicia existe para quienes resisten el olvido con (o sin) paciencia. La gente que calla, la gente que nada espera, la gente que no come y llora, la gente que se aferra a la tierra con la esperanza en el trabajo colectivo, la gente que se choca contra el muro de la ganancia y la codicia, que para uno es algo casi apenas moral, y para muchos es la diferencia entre la vida y la muerte.

Observo a mi derecha la montaña parcelada en propiedad privada, la montaña deshabitada de animales y plantas. Observo a mi izquierda los ranchos infamantes de los excluidos y humillados por los proyectos infrahumanos de infraestructura, posesión, control y explotación. Como es de fuerte la vida y la esperanza entre las personas que han bebido el agua del río, que han cosechado lo que han sembrado, que han respirado el aire de la montaña, lo que para uno es una opción visual, un poblado más de algunos venidos a menos, un producto natural de nuestra racional guerra, para ellos es la vida toda, con su alegría y sus miserias, su ilusión y su incertidumbre. Pienso así, que mis derechos no son más que una falsa promesa, una oferta publicitaria de una sociedad degradada, algo que en últimas compro con obediencia, trabajo y silencio.

Se enfrentan las máquinas en la carretera, las motos con su ligereza, los automóviles con su potencia, los camiones con su parsimonia. Aunque siempre todos llegan a su destino, así sea en el fondo de un abismo o apachurrados en algún barranco o en el abrazo triste de un pariente difunto; el afán acosa a los paseantes porque la velocidad es independencia, sordidez y ausencia. Será también porque tanta curva enreda y confunde.

Desvío mi ruta hacia praderas lecheras, mas frías y hermosas, también mortíferas para la independencia. Circundo el borde superior de comunas como París, Florencia, El Picacho por donde supongo que huyeron algunas de las almas en pena producto de la guerra juvenil que propuso el estado. Nueva frontera para los proyectos de vivienda donde se asentarán nuevos esperanzados en la familia y el progreso. Para ellos acá la vida es más buena porque están lejos del atascado valle y el viento suena. Poco a poco el fondo se traga las laderas.

Llego a mi propuesto destino. Un kilómetro antes de un triste sitio con el triste nombre de San Félix. Me bajo de la moto, dejo la maquina aunque pusiera poder llevarla allá. El motor caliente aporta calor y te lleva donde quieras. Mi idea es sentarme y observar todo el valle, abarcar en una mirada toda la ciudad, desde lo alto de la montaña. Paso la carretera y subo a la cima de la montaña caminando sobre escalones de arena. Hasta el borde mismo de una ladera un poco empinada pero extensa y suavemente plana donde se ve es todo, todo. Toda la construcción desafortunada que ha pavimentado el paisaje.

Vaya sorpresa. Desde esta cima de la tierra siento más que la ciudad es un monstruo construido. Al verla clara y completa, en su arbitrariedad y rigidez, su absolutismo y su rapidez, me parece un proceso exacerbado, y por lo menos demasiado entrópico. El esqueleto de sus calles, iluminado como la radiografía de un muerto decapitado, producto del nudo de sus gobiernos, que a tantos encierra y enerva.

La sangre que aquí corre por los huesos no llega a ningún corazón ni ningún centro. La cabeza restregada y esparcida entre el cemento más denso. La barriga inmensa, a juzgar por los desechos, su orina es mal oliente y de mal color. (En últimas no esta vivo, aunque encierre a vivientes, es una nueva materia inerte producto de separar los elementos y volverlos a unir para generar muerte)

La mancha urbana, amorfa y parásita, a punto de desbordarse por los linderos de la paila. La sopa de un mal cocinero que se riega por toda la cocina y que no se ve bueno. La tortilla rota y chamuscada, echando humo, que se echó con susto en la sartén. La torta amarga y quemada que no creció. La visión aunque entera y de cierta forma apacible no me acerca al sosiego ni a la esperanza.

Desciendo al fondo de la olla, luego de ver lo que se cocina aquí, muerdo el viento en el helado descenso, hacia el calor permanente de las máquinas batiendo y el ruido incesante de las máquinas durmiendo, donde se prepara el cuerpo para que sirva de cemento, (en el cementerio) y con mi agite revuelvo mas el caldero hirviendo.

A guisa de manifiesto (personal)

A propósito del ánima, me entusiasma desde hace mucho tener un espacio para describir algunas obscenidades que me inunden la caída o la vida. Digo hace mucho porque a opinión de varios siempre parecieron confesiones pervertidas, para no resolver las dudas y por el contrario contagiárselas a las personas que más me han escuchado. Porque siempre me inquietaron las letras arrumadas y las imágenes, porque cuando escriba espero desaparecer la actividad muscular para el deslizamiento de un lapicero y convertirme en un proyector de recuerdos de unos cuantos admirados. Por que alguna vez nos sentimos poseídos por las señas de algún buen genio, por temor de haber dedicado un trozo de mi vida (casi toda) guindado al olvido y que ésta me motivara a ponerlo en tierra, por escrito, compartir ese olvido con los amigos del alma.

Que sea un desafío y no perdamos el sur, para que prostituyamos el soneto, el ensayo, la ciudad, para que entendamos que la academia no nos parió para respetarla (que nos excomulgue) sino para buscar la sombra, ahora juntos, ahora solos. Para que apostemos acerca de lo que vendrá, que por fortuna nos matará lentamente. Para que bebamos un poco de sangre viva, para que bebamos otra sangre muerta. Para que ablandemos nuestros cráneos con la deshonestidad, la ficción y la tos lenta, de poca fuerza: el drama. Ojalá, que éste proyecto no redima a nadie y que hostiguemos nuestras vergüenzas hasta el delirio.

Porque interpretar unas cuantas imágenes no me apetece, la religión de la mecánica casi me esterilizó para ello, me moldeó como un oportunista ahorrador de cartas, me siento hábil para deconstruir estas imágenes para fundirlas juntas en una pieza monolítica deforme y con serias fallas. ¿de qué color se torna la sangre cuando se ha leído un poema de Silva? ¿De que color cuando se lee para unos oídos que viven el poema antes de conocerlo? ¿Cuántas risas pueden poseernos? ¿Cómo se representará el huevo en los futuros acercamientos a la arquitectura del mundo?

Creo que el desafío está varado a esa profundidad, para criar, para criarnos, en vista de esta conciente infertilidad --la mía, la mía--, para darle rasgos orgánicos a esta memoria medio embriagada nuestra, que pocas veces se ha valido de anécdotas para parir una conversación, que, ahora pienso, ha sido más creativa que sintética o hipotética. Agudicemos pues nuestro olfato para preparar un delicioso brebaje, las especias para éste creo que son familiares para nosotros (literalmente).

sábado, 22 de marzo de 2008

Italia

“El día es frío para tener que levantarse tan temprano. Cinco minutos más no garantizan un mejor clima, pero sí contribuyen a mi organismo”.

Inmediatamente después de un corto baño cojo el uniforme, listo desde ayer por recomendación (o cantaleta) de mi mamá. “Sociales, Matemáticas, Física ¡bloque con ese costeño mirón!, Religión, la tarea, la carpeta”.

“En cinco minutos estaré en el colegio. Ojalá hoy no me dejen afuera y si pasa que sea con Duna, ella siempre llega tarde aunque viva a tres pasos”.

Me encuentro en el camino con el señor de la tienda de Rulfo, él no se llama así, pero su negocio sí. Veo la hora en un reloj que hay en la sala de un apartamento de ventanas abiertas. “Faltan tres minutos”.

Piso un adoquín, esquivo otro. Da la impresión de velocidad. Encuentro a más personas del colegio, las veo todos los días, sé en qué año están, hasta cuál es su nombre, pero ni el mínimo saludo. Me alivia verlas. “No estoy tarde”.

Termino de recorrer el tramo que conozco de memoria: derecha, subo, derecha otra vez, paso la avenida, atravieso la unidad, cruzo la calle.

—Saquen los mapas, dice la profesora de Sociales, quien hace gala siempre que puede de su recorrido por Europa, hasta fotos de familia llevó la otra vez. Las niñas atendemos a su llamado, todas expectantes ante las obras de arte de las otras. Digo “obras de arte” porque más que un ejercicio de geografía la tarea debe ser un despliegue de creatividad. “Recuerden que califico estética”. “Era sólo eso lo que calificaba”.

Todas con su mapa de Antioquia, algunas con cara de decepción, otras orgullosas de la creación. Él mío era un 8,2 en relación con las otras. La textura orográfica la imité con papel higiénico remojado en vinilo verde y colbón; moldeé las formas y con ayuda de un palillo de dientes fijé el nombre de las montañas más importantes. “Valió la pena tanto trabajo ayer y haberlo cargado hasta aquí, pesa el hijuemadre”.

—Y eso qué es, la bota itálica o qué. La verdad, no encontré gracia en su comentario ni tuve la visión de ningún tacón.

—Un 6,9. Hubo un murmullo de risas.

El día estuvo acompañado de esporádicos ecos que decían “Un 6,9”. Cada uno me iba extrayendo poco a poco el aliento. “Quiero llegar a mi casa”.

Comienzo a recorrer el tramo que conozco de memoria: cruzo la calle, atravieso la unidad, paso la avenida, izquierda, bajo, izquierda otra vez.

—Hola, ma.

—¿Cómo te fue?

—Ahh, bien.

viernes, 21 de marzo de 2008

¿QUE PUEDE LLEGAR A SER EL CALDERO?

Una espacialidad cóncava, nutrida y diversa que le da lugar a la creación y expresión del encuentro franco de sus contribuyentes con la ciudad que habitan. Un centro que congrega a un grupo alrededor de algo, de algo que se está cocinando, que está en ebullición, son sus ideas, vivencias, percepciones, encuentros estéticos y desencuentros emocionales. Pasajes existenciales y búsquedas intelectuales en una ciudad que no es un marco, tampoco un contexto, mucho menos un medio, es una experiencia vital. Con los amores, odios, desaires, desconciertos, alegrías, iras y toda clase de reacciones que esta relación intima con la ciudad puede llegar a despertar, exceptuando, eso sí, la indiferencia.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Descripción del blog

Obra Negra, Checho (Urbanita y Huracán):
Aquí va mi propuesta de descripción. En condensados 304 caracteres resumo lo que he visto y oído sobre el espíritu de nuestra publicación, incluida la entrada que ON publicó ayer. En un par de días, si no hay reparos, hacemos el ensayo de verla en su lugar.

Una iniciativa condenada al fracaso que busca excitar la energía creativa de quienes la fraguaron: he aquí a El Caldero. El blog se nutre del aburrimiento lúcido con que los autores viven en Medellín. Las entradas sirven para dar salida al libre afán de experimentar con la propia condición de habitantes

martes, 18 de marzo de 2008

¿Qué es El Caldero?

El Caldero no es una olla a presión que explota en cualquier momento, gracias a su mecanismo de escape ni una olla arrocera que facilita la vida. Tampoco es un wok en el que se saltean de forma saludable ingredientes lejanos ni mucho menos una cacerola de teflón que evita que el recipiente se unte. Tiene en común con los anteriores artefactos que permite cocinar algo: ideas, apuntes, reflexiones, impresiones…Vale aclarar que no es tan visceral, ya que (eso esperamos sus integrantes) aspira a alimentar el espíritu y saciar la intención creativa que se despliega en las inquietudes culturales y artísticas de los adeptos.
El norte en este caso es La Ciudad, que ha visto hasta lo indecible. Escribiremos, pues, sobre ella no sin desconocer la dificultad que implica la escritura y, además, el compartirla con críticos implacables, pero con la esperanza de que se pueda cocer a fuego lento un proyecto que congrega voluntades.

domingo, 16 de marzo de 2008

+ de la serie Medellin



















Acrílico sobre tela. 140x105cm. 2003


















Acrílico sobre hardboard. 55x37. 2008





















Acrílico sobre hardboard. 55x37. 2008

domingo, 9 de marzo de 2008

Propuesta de primer editorial

El punto común de quienes nos reunimos en torno a El Caldero es Medellín. La ciudad que nos ha tocado padecer, la ciudad que, como dijo un poeta, “vive de rumba mientras se derrumba”. Algunos la odiamos, otros la queremos y, unos más, la vivimos con una indiferencia amarga. Por estos días circula una eficaz propaganda que la entroniza como la urbe de un renacimiento político-cultural sin precedentes. Hasta se la está promoviendo como destino turístico de gringos y europeos, amigos ellos, siempre, de los riesgos exóticos. Aunque no soy devoto de los milagros de la publicidad, no asumiré el fácil papel de aguafiestas ante los visibles y en ocasiones reconfortantes efectos de un maquillaje bien administrado. Ha habido épocas negras, muy negras, pero dudo de que todo sea vieja historia patria. La proverbial capacidad de olvido del colombiano promedio adquiere en el paisa dimensiones francamente indiscretas, es decir, pasa de capacidad a tara, a causa de su enfermiza inclinación a considerar estas montañas encerradoras como el mejor vividero posible. Con todo, para qué quejarse. El Caldero no cocinará quejas. Cada uno de sus colaboradores dejará el lamento, el dulce lamento, para otros espacios. La trillada ocurrencia de publicar una revista obedece más bien al deseo real de hacer algo. Pertenecemos, digo yo, a la generación del aburrimiento. Lejos ya de los ímpetus colonizadores de nuestros abuelos, lejos también del compromiso político de nuestros padres, nos correspondió el reflujo atediado de los descreídos. Lo anterior, sin embargo, no debe confundirse con el nihilismo de trajes oscuros ni con el decadentismo de rostros pálidos. Pese a que no vemos en la ciudad una oportunidad de industrializar, ni en la política una ocasión de idealizar, nos sentimos a nosotros mismos con una energía que clama por una forma, un hecho, un efecto. En esta energía hay de todo (o casi de todo: no soportamos consignas del Opus Dei ni camisetas del Partido Conservador). La constituyen, por ejemplo, cierta indignación activista, una que otra inquietud intelectual, mucho de asombro artístico, algo de afán polémico… en fin, una serie de matices que espero vayan tomando consistencia y autonomía a medida que se vayan cociendo en El Caldero. Estamos aburridos y queremos darle cauce a los singulares arranques de ese estado. Que no se crea, ahora bien, que nuestro propósito es salir del aburrimiento. Valoramos mucho la lucidez como para querer desperdiciarla.

Nuestro punto en común, decía, es la ciudad. Procuraremos hablar de ella, en contra de ella, con ocasión de ella y, sobre todo, pese a ella. Como ninguno de los que hasta ahora se consideran miembros del equipo rebasa los 30 años de edad, puede pensarse en El Caldero en términos de una publicación juvenil. Por fortuna, esta condición es provisional. La esperanza es que poco a poco conquistaremos la madurez que no nos han dado todavía ni los títulos universitarios, ni el ejercicio profesional, ni la vida en pareja, ni, claro, el Conflicto Armado. Jóvenes que escriben sobre una adolescente cuya pobreza viene, antes que por falta de trajes, por abundancia de ultrajes: más o menos así hay que describir a El Caldero como hecho. Como propósito el cuento es otro. Mi opinión es que para eso no hay afán, pues no estamos ante un proyecto de investigación ni mucho menos ante un programa burocrático. A lo mejor el objetivo vaya por los lados del conocimiento de la propia relación con la adolescente aquélla, en particular si tenemos en cuenta el espíritu antiperiodístico (léase antifrívolo, honesto, parcial, etc.) que nos anima. Pero por ahora no hay nada definido, “ni lo indefinido”, como dijo otro poeta.

Desde relatos sobre la demolición del edificio Coltejer hasta opiniones inéditas de inmigrantes franceses; desde dramas espirituales de un corresponsal en Berlín hasta crónicas de viaje a través de la Avenida Regional; desde las comedias del bachillerato local hasta comentarios sobre la impúdica fuerza pública; desde partituras metropolitanas hasta recetas ecotrópicas; desde el urbanismo hasta la pintura; desde lo uno hasta lo otro… habrá de qué hacer un caldo, no lo dudo. Quiero además que, también en este caso, la sustancia venga de los huesos.

jueves, 6 de marzo de 2008

Serie Medellin







































Estos son algunos de los dibujos que componen la Serie Medellín.
La técnica es tinta china y acrílico sobre papel.