miércoles, 30 de julio de 2008

Invitación a comer arepa y morcilla

Saludos a todos los ingredientes en El Caldero

Los quiero invitar a una reunión en mi apartamento el próximo sabado 16 de agosto en las horas de la tarde para que nos veamos las caratulas, conversemos sobre nuestra publicacion y nos divirtamos avistando la hora mutante desde mi balcón.

A la pimienta y el cilantro que han emigrado para engordarse tambien los invito para que concretemos una conversación a través de Internet.

Espero comentarios y confirmaciones para que esto se cocine en mi dirección de correo gmail o en mi nuevo teléfono 4227686.

Fraternalmente

Huracán Metal

miércoles, 2 de julio de 2008

5.La visita*

Zara nos empieza a relatar sus llegadas, sus venidas, sus llamadas pero las visitas las relatan otros, otra es la visitante.

Antes de vivir en esta explanada enorme, superpoblada, humedecida por un sistema de hebras de agua que convergen en un gran hilo sedimentado y con poca curva, con paredes alrededor erosionadas por el hacinamiento, el clima lluvioso, pero ardiente, vine de paseo cuatro veces, sino es que cinco. Con posibilidad de describir con suficiencia mis recorridos, mis descubrimientos los sitios visitados, dos veces: la primera fatal, fue con ocasión de la agonía de diego, la segunda para una cita con el otorrino de mi mama.

La primera vez que recuerdo haberme preparado para una visita a la ciudad, --¿dónde pisaba yo?, ¿cuánto me duele ya?-- la noche antes de partir, noche sin luna, mi madre angustiada desde la mañana por el ruido del pecho de diego que parecía una larva voraz cuyas mandíbulas roían la madera que sustentaba su juventud, me anunció la ida. Al acudir al médico en la mañana, éste le pidió, casi le imploró que trasladara al niño a un hospital (eso me contó juan do cuando preparaba este cuaderno). El anuncio fue entonces con un corre-corre por toda la casa buscando documentos y valor, ella tomó una maleta que guardaba dentro del mueble coco de la sala en donde también se guardaban unos disfraces, unas cobijas y unos bolsos elegantes y empolvados; la llenó con dos mudas de ropa para diego; unos sacos de colores vivos que nos regalo Séfora alguna vez a diego y a mí, herencia de unos primos que ya habían crecido; unos interiores; (fiesta) mi vestido de baño; no metió pantaloncillos para diego; una gorra y unas drogas. Para ella empacó: un bolso, un perfume, unos pantalones y camisas cuidadosamente dobladas para no arruinar la aplanchada, una bufanda (nunca la había visto usar una), la cartera y el afán. Además tomo de un cofre un relojillo de pulsera que revisó a contraluz para ponerlo a tono respecto al gran reloj de la sala. Pulsera metálica, plata harto brillante, incrustaciones de esmeraldas que quizás valían esta casa y esta tierra (testimonio exagerado posterior de juando).

Diego y yo nos vestíamos con las mismas tallas, no porque yo fuera muy pequeña sino porque diego tenía unos hombros amplísimos, descomunales. Para su malestar y el mío, mi madre, nos vestía intercalando las mudas, era así como yo podía vestir un día un pantalón de tiro largo o una camiseta de un equipo de futbol, y dieguito, con seguridad más perjudicado, le tocaba ponerse prendas fucsias y rosadas con moñitos de cinta de colores en el pecho, camisas con pliegues en los hombros y raros cortes en la cintura. Para vestirme a mí, mi madre echó en la maleta también un overol de cordoroy verde oliva con un bordado de arabescos al frente que se colgaba de mis hombros para dejar ver el revés de la urdimbre cuando me agachaba. Dos veces tan solo me había puesto este lindo overol que mi madre había comprado de una talla grande previendo un intenso régimen de crecimiento mío, corto hasta encima de la rodilla, ambiguo de si era falda o pantalón, sumándole al ajuar unas mallas densas que estrenaría por fin con ocasión de este viaje y que ocultaban las cicatrices de mis piernas pendencieras contra las tunas, ladillas y zancudos hambrientos.

Ansiosa por el viaje, aprovechando la benevolencia de mi madre respecto a la hora en que debía acostarme a dormir, observaba como el trajín de la empacada cambiaba las rutinarias veintiuna horas de la casa, por un afanado ir y venir durante el que se escuchaba a dieguito respirando, grave, invernal, timbaleo tenebroso que nos envolvió en tremendo desasosiego y que le permitía a él dormir en el lugar más caliente y acogedor de los alrededores, al costado de mi madre. Una suerte de papeles importantes, fueron revisados por mi madre mientras chequeaba la temperatura de la frente de Diego con su mano izquierda, atenta vigilaba inquieta, el sube y baja del pecho de su niño y empacaba mas descuidadamente los importantes papeles en la maleta ya por reventarse.

Sin querer dormirme aun por la ansiedad, hablé un par de veces a mi madre para que me explicara con su voz de rebelde violín, algunos rasgos ligeros de la ciudad, lo que íbamos a ver mañana, si veríamos a mis tías, si iríamos a sitios que yo hubiera memorizado tras las largas jornadas de ordenamiento de fotografías, si tantos desmanes estaban en el destino que teníamos mañana. Muchas de las fotos que había memorizado eran de otras ciudades, de tal suerte que esperaba encontrarme la fuente de Trevi, la puerta de Brandemburgo u otros accidentes, pero que tan solo eran fotos conservadas de mis tías en viajes a Europa. Inútilmente mi madre intentó explicarme algo pero yo nunca le entendía, yo debí descubrir la ciudad desde la mudez impaciente de mi madre y desde la parquedad de juando, quien recién llegó del pueblo, sosteniendo una bolsita plástica con medicinas y otros ungüentos, recetados por el médico local, en la tarde, para el visitado.

De niña mi madre vivió en la ciudad como princesa, en un barrio, en una casa con solar atrás, jardín adelante y una biblioteca en el centro. Las fotos de su padre y de su madre mojaban a cada rato la parte inferior tiznada de sus ojos, en las tardes en que ella con guantes blancos de algodón repartía fotos a diestra y siniestra para que sus hijos, palparan a la familia y las introdujeran en álbumes de cartulina negra que ella misma había encuadernado. Su padre le había impuesto un régimen de lectura para cambiar el corazón de una niña adolescente y material, en la memoria de una mujer ensordecida por la crueldad de la carne, de los huesos y de la injusticia. Herencia en regueros, la biblioteca de mi abuelo, permanecieron un tiempo prisioneros en el cuarto contiguo al mío en la casa de campo, en el último cuarto de ambiente húmedo por la cercanía a un barranco que sitiaba la parte de atrás de la casa. El cuarto de los libros, albergaba chapolas parecidas a hadas, de torax carnosos y presencia premonitoria, de aterrizajes sonoros sobre las paredes en la penumbra, asustadas ante la luz de la bombilla, que encendíamos para aterrarnos por la colección de confeccionados álbumes negros y libros viejos, emocionados para sacar otras cajas repletas de rastros.

Volviendo a esa noche, la maldita de mis recuerdos, como muchas en abril, llovió con intensidad y las cortinas transparentes de las ventanas de mi cuarto no alcanzaban a filtrar las luces de los relámpagos. Me preocupaba ingenua por los animales allá fuera, expuestos al golpe inmisericorde de las goteras, los pájaros, las chicharras y el perro; las vacas, los gatos, las hormigas. Pocos días después me di cuenta de que ellos no sufrían con las tempestades, que ellos exhortaban a la lluvia para que con sus enviones, los hombres se guarecieran y el orden pudiera restituirse, por lo menos hasta que el primer hombre pudiera atreverse a pisar el pantano frio. Lluvias que en corrillo habían acabado con las casas de algunos vecinos, barrido con algunos árboles que recubrían la quebrada y nos habían incomunicado con el pueblo por los derrumbes de la carretera y la trocha.

Luego, temprano en la madrugada pero aun de noche, después de escampar, la falta de bruma me permitió cortar mis sueños mirando a través de la misma ventana la cruz del sur. Yo desperté, habiendo dormido poco por la ansiedad típica: víspera de viaje. Empecé a reponerme tras los ruidos que hacía mi madre arropando debidamente el cuerpo de mi débil hermano, antes de meterse ella al baño y que me anunciaron la inminente salida. Bebí una taza de agua de panela que me esperaba en la mesita de noche, mi anticipada madre la había puesto, su vapor empañó el cristal del portarretratos de mis abuelos que velaban mi sueño y que me mostraron el camino hacia el baño ya desocupado, donde me prepararía para marcharme—aunque la idea de involucrarme con el agua para los menesteres de aseo me parecía un atentado contra mi orden infantil--.

Ultimados detalles, salimos para el pequeño aeropuerto del pueblo, montadas en dos caballos prestados a Victoria Sánchez, la de la “turba de victoria”, galopando al paso de la mula de juando, que cargaba entre sus piernas y la silla la inconsciente humanidad de diego, abatido por la congestión y la fiebre. Es necesario decir que este traslado en avión lo propició el complicado estado de salud de mi hermano quien no sobreviviría a este penoso viaje.

La pista, orientada en dirección occidente-oriente nos recibió ya para el amanecer, Juan Domingo precavido llamó desde un teléfono a mis tías para avisar de nuestro repentino viaje al “calderón”, así ellas podrían pasar a recogernos. La niebla sobre el campo empezó a levantarse, el avión hizo un fuerte ruido que excitó el aleteo de la hélice, yo no despegue el rostro de la ventanilla y vi como la pequeña maquina se elevaba intentando clavarse en el amarillo resplandeciente del crepúsculo y como luego viro completamente al occidente para que le diéramos la espalda a la mañana trágica y la frente al humor de la montaña.

Media hora de camino sacudidos por las tormentas y la potencia de la serranía, entramos en el valle, dormida involuntariamente por la escases de oxigeno de la nave, mi madre me despertó y pude ver los largos brazos de la urbe, cobijada por los manchones de nube viajeros y blancos, las construcciones anaranjadas, las fabricas y el rio. Los grandes edificios y los carros sobre las autopistas diminutos como arrieras en su hormiguero, no vi gente pensé que estaba vacía. El aterrizaje brusco y ruidoso y el campanazo en mis oídos a raíz de un bostezo involuntario me dieron la bienvenida a esta mezcla de sensaciones de prisa y decepción.

El grisáceo semblante de esta media mañana y la crudeza de este bochorno, no me impidieron grabar sigilosamente la traición de la curva, hoy y los días siguientes, ensañada contra mí, contra mi familia, contra mí paz. Dieguito caminaba con mucha dificultad de la mano de mi madre. Bajaron de la avioneta, y yo quedaba olvidada por completo --por mi desbordada salud-- sedada con el seco sabor que le sacaba a una chuspa de minisicuí, que había dejado olvidada en un bolsillo y que ahora me acompañaba en este tránsito por el día traidor. Seguí el contoneo y los pliegues de la falda floreada de mama que se dirigía hacia el fondo por un gran pasadizo en donde nos esperaban las maletas. Mis tías aguardaban allí conmocionadas no con mi presencia sino por el rostro de frustración de mi madre que ya había tomado en sus brazos el cuerpo asfixiado de dieguito. A lado y lado del pasaje de al menos cien metros, pencas, palmeras y guardaparques, crecían a la expectativa de quiénes serían los forasteros que se aventuraban a este caldero.

Séfora y marta…Marta me tomo del antebrazo y me dirigió hacia su mejilla para que la besara, ella no me besó, ella no me sonrió y ninguno sonreímos. Luego Séfora se agacho y me sujeto con suavidad los cachetes. Apuradas de paso las cuatro y dieguito remolcado por los brazos gruesos de Séfora. Caminamos por entre las grandes vitrinas de la sala de espera del aeropuerto, pillamos un taxi que pensé nos estaba esperando. Ellas tres se subieron atrás y a mí me amarraron a la silla de adelante y yo acomplejada por la sorpresa de la calle, no tardé en templar mi cadera para alcanzar a mirar a través de la ventanilla los charcos de un indiscreto invierno. La ciudad, barrios extendidos, interminables, los puentes, los cables que apenas dejan levantar vuelo a las palomas.—niña siéntese bien que me parten—reversaba mi mirada hacia el conductor que estiraba su trompa como intentando besar la cabrilla y mirando de soslayo mi montañera altanería. Regresé a mi vigilancia: barrios y un paso por una extensión de varias cuadras en donde todas las casas parecían destruidas por una catástrofe -- una demolición mamita—reconvino marta que desde atrás acarició mi cabeza y cabello piojoso. En la rapidez del viaje alcancé a ver habitantes que entre las ruinas buscaban algún despojo, vi grupitos de niños que confabulaban contra la tranquilidad de la mañana, vi carretilleros con cargas enormes cuya velocidad de su carretilla excedía el correr de sus cortas piernas. Vi familias, vi fruteros, vi señores que gritaban, vi borracheras que prescindían de los mismos borrachos para manifestarse. –Esto va cambiar y se va a poner bien lindo mi niña para que usted venga a comprar con sus tías, vestidos y sandalias. –y un vestido de baño tía ¿no cierto?.— Preguntaba apoyando mi antebrazo sobre el espaldar de la silla y volteando el rostro--Si mi amor, venimos, no te preocupés.—contestó ella casi sin prestarme atención. Entonces vi que mi hermanito había logrado conciliar el sueño: sus ojos, como era obligación ante sus inhalaciones deficientes, blanqueados. Regresé a la calle, vi el cementerio cruces y edificios de bóvedas, vi corrillos de gente esperando el bus en las esquinas.

El pesado carruaje se apresuró a subir una tendida loma y yo un poco mareada por el zigzag imprudente y veloz, apoyaba mi rostro sobre el lomo de las puerta del carro amarillo y negro. El expreso que nos había recogido en la planicie, ahora nos encaramaba en la colina por donde rodaban los sueños y los cuerpos (casi todo terminaba en el fondo). El carro se introdujo entre una calleja angosta, el sol iluminaba con furia las casas que estaban a mi derecha, la sombra guarecía con pena las casas de la izquierda, ya el sol estaba de nuevo con nosotros y eso era un buen indicio, o por lo menos eso creíamos.—siquiera despejo el día—Escuché el clamor de una de mis compañeras de travesía de la banca de atrás, ojalá hubiera sido mi mamá. Por el callejón alcanzamos a interrumpir un partido de futbol de chicos sin camisa y luego llegamos a una casa de fachada verde, la casa de Séfora y marta que ya yo antes había visto en fotos y que no era verde, pero que conservaba un altar a la virgen en el jardincito.

Una señora abrió la puerta escandalosa y de aluminio, una señora que yo no reconocí de fotos y que saludó con una vos gruesa a mi tía Martha, ¿Cómo le va doña Martha?—buenas Edu—contestó mi tía. –vea ella es Emma, mi sobrina, pa que me le echés un ojo, que nosotras vamos de largo pal hospital.—explicó mi tía a la señora y a mí por ahí derecho. Luego se asomó también un chico de al menos doce años –yo…parálisis-- junto a esta señora de delantal blanco y brazos cortos bastante separados de la cadera. Era Robin. Enseguida apareció una chiquilla mocosa envuelta en una toalla y desnuda hasta el fastidio. Era Blanca. Me acicalé un poco frente al espejo retrovisor, me bajé con mi bucito al hombro y mi raída bolsita de minisicuí fue a dar al suelo. Un poco avergonzada ante el galán quedaba yo, él me haría disipar un poco mi apego al musgo, al agua fría y a las sabaleticas de la fuente. Sobrinos políticos de mi tía Martha, sobrinos del esposo de mi tía, que ya no vivía más cerca, hijos de Eduviges, cuñada de Martha, eran la fuente novedosa de juegos preparativos y de nuevos brebajes, eran la distracción por esos días en que yo, por mucho tiempo me reproché, disfruté inocente, ignorante.


El taxista no dejaba de estirar sus labios así como señalando el vacío, el aire, cualquier cosa, él que resultó vecino y que me explicaría mi tía, tenía un tic nervioso--¿y de que está nervioso tía?—preguntaba yo. Él bajó el maletín, del baúl de atrás,

Yo me volví hacia la casa de mis tías: una puerta al centro con el cuadro de la señora que se secaba las manos en un delantal, a la izquierda un altar de la virgen, a la derecha una ventana con un letrero: venta de cremas y mas a la derecha una reja metálica que llevaba a una terraza, arriba, limitada con los vecinos de norte y sur con picos de botella reventados sembrados a mansalva entre el cemento, aguantando equilibrio sobre el lomo de los ladrillos.

El intento de príncipe y la niña que perdía sus manos entre una negra cabellera que le picaba sin tregua (como a mí), seguían allí al lado de la Edu, el taxista dejo las maletas al lado de las puertas doña Edu las entró a la sala, y me tomo a mí de la mano y me llevo al interior de aquel magnifico palacio que aunque no era nuevo para mí estaba dotado con cosas que eran novedad, un televisor a color en medio de los dos grandes cafetos, un estandarte con porcelanas de payasos y botellitas de gaseosa de colección, una foto mía de dieguito y de juando dignificando la erección dificultosa de una coja mesa, una estatua de un atleta griego con sus pudores censurados militarmente mediante una lámpara polarizada, cilíndrica, rotatoria que iluminaba un letrero transparente con la palabra “BAR” (a los pies del mozo y del aparato un altar de licores internacionales).

Volviendo al taxi vi como mi madre, aun preocupada, no se enteró de que yo me quedaba allí, tomó la cabeza de dieguito entre sus manos, Piedad. Marta y Séfora volvieron a subirse.

Fue la última vez que vi a dieguito estrecho contra el pecho de la madre partida, desde hoy empezaría una semana y más de incertidumbre, sabiendo poco de ellos. Yo, a cargo de mis tías, me perdí en el juego y en el dulce, mientras la muerte en su visita perentoria nos atraía hacia esta anemia emparedada entre montañas.

*Nota del esclavo de la curva:
Disculpemos la vigilia que nos ha hecho pasar la curva, al suscrito y a lo mejor a los lectores, al no poder colgar ningún breve en los últimos cuatro años. Pido disculpas al lector para que no me reproche sino para que le reproche a la comba perdida, a este crespo, que está vivo y burlándose.