Con la erosión y las ondas, el agua fluyendo sobre la piel, Emma lava sus recuerdos y nos enriquece con el movimiento perpetuo pero imperceptible de su fuente.
Extraño a ratos las prevenciones de mi madre, las advertencias; las desesperanzas, la rutina que debía seguir cuando llegara mi padre; el desasosiego de Juando cuando yo no hacía cuanto él quería, cuanto él soñara para mí. Me recuerdo en aquel camino, acudiendo al agua para ponerme a la altura de mis últimos sentires, memoria esparcida en juegos, que me comprometían llana. Por estos barrancos por donde los micos dudaban pasar –Vos los asustás-- por donde pisaba mis aguas, camino tantas veces recorrido, rio repetido, pasando cíclico. Sendero: trocha y herraduras, a pesar del pantanero en invierno y las grietas del verano, presagio de lo que venía, de lo que estaba por suceder, que era mucho pero mínimo como yo. El recuerdo de mi padre, --vuelvo a mí-- el torrente de los brazos del rio, los lagartos, el color de los pájaros y los pájaros sin color opacados por el arroyo de mi simple vista.
Esta caminata hacia los días cercanos al agua, hacia los juegos preparativos con Antoñito y con los demás. Digo preparativos porque siempre nos la pasábamos construyendo casitas con leña y rastrojo, jornadas intensas, para finalmente terminar de protagonista, en tal casita, con los bebes, los animales y la corta trama que yo no disfrutaba. Por eso les llamo juegos preparativos. El montaje de una infantil escenografía, para un acto que no duraría mucho, apenas poco, la fuerza del anuncio y la atenuada ejecución. --Tanto tiempo ensayando la llegada de mi padre, tan bello que parecía aquel encuentro y toda mi infancia preparando una pose, un gesto, un abrazo, una sonrisa y una suerte de preguntas y reparos--. Lo único que mejor hacía era indicarle a Antonio cuales serían las mejores ramas para la correcta arquitectura de la casita. Casitas que sobrevivían incluso a la borrasca más terrible.
Buena nueva: estaba con nosotros. Llegando a la fuente pujaba su retrato, intentaba dibujarle con la poca inspiración que me daban aquel verde (que pensaba para entonces monótono, ahora insisto: aromático, embriagador) y aquella luz. Pero nada, no lo encontraba, como le ocurre a la memoria incluso con los rostros más amados. Mi curiosidad me llevaba hacia el agua y no me conducía hacia él, hacia ellos, directamente, sino con una curva, cerrada, disipadora, peligrosa como la trayectoria más larga, la que hiere, la que ilumina.
Conocía de mi padre su boca, Juando me decía: --Vos te robaste la boca de mi papa—, y luego me ponía tres o cuatro guayabas en la mano diminuta cuando yo contaba 5 años o menos. Esta boca, que yo en cambio alegaba, había heredado de mi madre, juraba que ella misma había disputado con mi padre pintármela, en este rostro por juventud andrógino. Ella silenciosa me contradecía moviendo su cabeza hacia los lados y estirando ligeramente el pico al frente y arriba para señalarme su desaprobación: que yo no sabía --vos niña no conoces a tu papá—interpretaba yo. En últimas me daría cuenta de que la boca de mi madre era idéntica a la de mi padre, moldeadas tal para cual.
Él, que había lanzado de lejos aquellos cuatro mangos pendencieros, atentando contra los rítmicos contoneos de mí espigado cuerpo. Él que había ensordecido a mi madre, experta en buenas intensiones, en acertados juicios, ella que hablaba para corregirme todas aquellas maldiciones contra la abundancia de la naturaleza, la imponencia, hacia los excesos de dios y de su inseguridad. Ahora el demonio había aparecido, ojos color chocolate, nariz roja y redonda como un arlequín, párpados caídos y oblicuos, pelo un poco cano, seño fruncido, medio cojo y con un meandro de sangre tras de sí. La boca de mi madre, la mía, dos bocas en esa boca, qué despilfarro.
Pocos días después de que mi padre muriera mi madre me aclararía donde se la había pasado durante toda mi infancia, cuales serian los planes que el tenia para mí y para sus otros dos hijos, para Juan Domingo y Diego. Para el primero había legado las labores del campo, las bestias, las vacas, las cerdas, el abandono y el jardín. Para el segundo, legó una debilidad mortal en los pulmones y una admirable habilidad para treparse en los árboles. Habilidad que Diego aprovechaba para ordeñarlos, alrededor de la fuente, para permitirme un baño entre aromas a frutas y a monte. Para mí quería la fuente, la tierra y el sol.
Perdida e indispuesta por el vozarrón de Juando que aun me retumbaba en la cabeza, seguí por el camino cruzando otras dos veces la quebrada, hasta llegar a la fuente, que para esta fecha fluía transparente y delgada. Timidez que bastaba para que la vida se represase contra la pared de roca cuidadosamente puesta con cemento, de grosor casi regular. Rocas eternas, acomodadas meticulosamente cual ruina aborigen.
Una fina capa de lama verde cubría el revés de la presa y un vertedero labrado por la erosión de las aguas cristalinas coronaba la barrera de por lo menos dos metros de alto. Mas allá sobre el cauce del río bajaba otro torrentillo de agua que equilibraba la descarga sobre aquel estanque ya desnaturalizado. El estancamiento, amplio y profundo (al menos doce metros de ancho y dos metros de profundidad), permitía que cuerpos livianos como el de antoñito y el mío se clavaran y que al salir no arruináramos la trayectoria de las sabaletas que nadaban cerca de la arena, en las orillas poco profundas.
El estanque estaba delimitado al otro lado antes del mencionado torrente de agua por tres rocas enormes de diferente color y diferente textura, una de ellas, cuenta juando, mi padre la hizo picar y correr por los hermanos de Victoria para ampliar el gran estanque originalmente natural. Reforestó un poco los alrededores pues el trabajo de las mulas había propiciado la pérdida de uno o tres palos desnutridos que había alrededor. Hoy las enredaderas se trepaban por la barrera de roca y amenazaban con conquistarla a pesar de la constante caída de agua a través del liso vertedero.
Huelga decir que la fuente de vida, como la llamaban los amigos de mi padre y mi madre, que de vez en cuando venían de la ciudad a bañar sus culpas en esta maravilla de accidente humano, tenía garantizada el agua. Los bosques que río arriba habían sido arrasados durante la peste de la ganadería, fueron recuperados por la vereda, por una suerte de campesinos empeñados en el cultivo de árboles frutales y café.
Mi fuente, la fuente de vida, para que nadie la tomara sin permiso, para que todos bebieran de ella: es lo más mío que me dio mi padre. Un padre que ni siquiera conozco. Un padre que se parece al demonio y al que perseguirían mi lujuria y mis apegos.
Un carnaval, abundancia, acontecido cuando diego y yo jugábamos juntos en el estanque, sacudiendo los palos y represando un caldo de mangos y guayabas ya calentados por el sol del medio día y picoteados por los pericos insaciables que infringían heridas profundas en cada fruto. Heridas que permitían que aquella prolijidad de la tierra se diluyera en las aguas cristalinas. Frutas que luego tomábamos y lanzábamos a los ruítas, a los hijos menores de victoria la de la curva, a las morales, a los duendes que venían a bañarse con nosotros.
Quebrada abajo, después de la caída de agua, se formó una hondonada donde abundaban los sapos y las corales. Tres perros había perdido mi hermano en ese abismo no muy profundo al que sin duda se podía acceder, pero cuya caída complicaba la integridad de los huesos y la continuidad de la piel. Las mismas aguas que habían forjado la fuente de vida habían destapado un abismo letal.
Lavada por las mudadas hojas de los guayabos y los mangos, por las pompas de jabón que fluían coloreadas por la superficie después de haber removido el mugre de mi cabeza y de mi ropa, cuando la mirada que salía del agua podía marearse por el vaivén del techo de la fuente, sentía que aquella preparación no había terminado, que este refrescamiento dispondría mi cuerpo para recibir más heridas, más caricias y más palmadas. Evadida de la altanería de Juando, me enteraba de que la voz de mi padre era lo próximo que quería escuchar, ni siquiera la explicación moribunda—nunca escucharía tal cosa--. Sospechaba que quizá serían los únicos momentos que tendría a su lado y que nunca sería distinta a la niña que él se encontrara, ahora me lo explico, tiempo después, en que tengo el coraje para escribir estos juegos preparativos.