domingo, 20 de abril de 2008

2 La fuente de vida y la preparación


Con la erosión y las ondas, el agua fluyendo sobre la piel, Emma lava sus recuerdos y nos enriquece con el movimiento perpetuo pero imperceptible de su fuente.

Extraño a ratos las prevenciones de mi madre, las advertencias; las desesperanzas, la rutina que debía seguir cuando llegara mi padre; el desasosiego de Juando cuando yo no hacía cuanto él quería, cuanto él soñara para mí. Me recuerdo en aquel camino, acudiendo al agua para ponerme a la altura de mis últimos sentires, memoria esparcida en juegos, que me comprometían llana. Por estos barrancos por donde los micos dudaban pasar –Vos los asustás-- por donde pisaba mis aguas, camino tantas veces recorrido, rio repetido, pasando cíclico. Sendero: trocha y herraduras, a pesar del pantanero en invierno y las grietas del verano, presagio de lo que venía, de lo que estaba por suceder, que era mucho pero mínimo como yo. El recuerdo de mi padre, --vuelvo a mí-- el torrente de los brazos del rio, los lagartos, el color de los pájaros y los pájaros sin color opacados por el arroyo de mi simple vista.

Esta caminata hacia los días cercanos al agua, hacia los juegos preparativos con Antoñito y con los demás. Digo preparativos porque siempre nos la pasábamos construyendo casitas con leña y rastrojo, jornadas intensas, para finalmente terminar de protagonista, en tal casita, con los bebes, los animales y la corta trama que yo no disfrutaba. Por eso les llamo juegos preparativos. El montaje de una infantil escenografía, para un acto que no duraría mucho, apenas poco, la fuerza del anuncio y la atenuada ejecución. --Tanto tiempo ensayando la llegada de mi padre, tan bello que parecía aquel encuentro y toda mi infancia preparando una pose, un gesto, un abrazo, una sonrisa y una suerte de preguntas y reparos--. Lo único que mejor hacía era indicarle a Antonio cuales serían las mejores ramas para la correcta arquitectura de la casita. Casitas que sobrevivían incluso a la borrasca más terrible.

Buena nueva: estaba con nosotros. Llegando a la fuente pujaba su retrato, intentaba dibujarle con la poca inspiración que me daban aquel verde (que pensaba para entonces monótono, ahora insisto: aromático, embriagador) y aquella luz. Pero nada, no lo encontraba, como le ocurre a la memoria incluso con los rostros más amados. Mi curiosidad me llevaba hacia el agua y no me conducía hacia él, hacia ellos, directamente, sino con una curva, cerrada, disipadora, peligrosa como la trayectoria más larga, la que hiere, la que ilumina.

Conocía de mi padre su boca, Juando me decía: --Vos te robaste la boca de mi papa—, y luego me ponía tres o cuatro guayabas en la mano diminuta cuando yo contaba 5 años o menos. Esta boca, que yo en cambio alegaba, había heredado de mi madre, juraba que ella misma había disputado con mi padre pintármela, en este rostro por juventud andrógino. Ella silenciosa me contradecía moviendo su cabeza hacia los lados y estirando ligeramente el pico al frente y arriba para señalarme su desaprobación: que yo no sabía --vos niña no conoces a tu papá—interpretaba yo. En últimas me daría cuenta de que la boca de mi madre era idéntica a la de mi padre, moldeadas tal para cual.

Él, que había lanzado de lejos aquellos cuatro mangos pendencieros, atentando contra los rítmicos contoneos de mí espigado cuerpo. Él que había ensordecido a mi madre, experta en buenas intensiones, en acertados juicios, ella que hablaba para corregirme todas aquellas maldiciones contra la abundancia de la naturaleza, la imponencia, hacia los excesos de dios y de su inseguridad. Ahora el demonio había aparecido, ojos color chocolate, nariz roja y redonda como un arlequín, párpados caídos y oblicuos, pelo un poco cano, seño fruncido, medio cojo y con un meandro de sangre tras de sí. La boca de mi madre, la mía, dos bocas en esa boca, qué despilfarro.

Pocos días después de que mi padre muriera mi madre me aclararía donde se la había pasado durante toda mi infancia, cuales serian los planes que el tenia para mí y para sus otros dos hijos, para Juan Domingo y Diego. Para el primero había legado las labores del campo, las bestias, las vacas, las cerdas, el abandono y el jardín. Para el segundo, legó una debilidad mortal en los pulmones y una admirable habilidad para treparse en los árboles. Habilidad que Diego aprovechaba para ordeñarlos, alrededor de la fuente, para permitirme un baño entre aromas a frutas y a monte. Para mí quería la fuente, la tierra y el sol.

Perdida e indispuesta por el vozarrón de Juando que aun me retumbaba en la cabeza, seguí por el camino cruzando otras dos veces la quebrada, hasta llegar a la fuente, que para esta fecha fluía transparente y delgada. Timidez que bastaba para que la vida se represase contra la pared de roca cuidadosamente puesta con cemento, de grosor casi regular. Rocas eternas, acomodadas meticulosamente cual ruina aborigen.

Una fina capa de lama verde cubría el revés de la presa y un vertedero labrado por la erosión de las aguas cristalinas coronaba la barrera de por lo menos dos metros de alto. Mas allá sobre el cauce del río bajaba otro torrentillo de agua que equilibraba la descarga sobre aquel estanque ya desnaturalizado. El estancamiento, amplio y profundo (al menos doce metros de ancho y dos metros de profundidad), permitía que cuerpos livianos como el de antoñito y el mío se clavaran y que al salir no arruináramos la trayectoria de las sabaletas que nadaban cerca de la arena, en las orillas poco profundas.

El estanque estaba delimitado al otro lado antes del mencionado torrente de agua por tres rocas enormes de diferente color y diferente textura, una de ellas, cuenta juando, mi padre la hizo picar y correr por los hermanos de Victoria para ampliar el gran estanque originalmente natural. Reforestó un poco los alrededores pues el trabajo de las mulas había propiciado la pérdida de uno o tres palos desnutridos que había alrededor. Hoy las enredaderas se trepaban por la barrera de roca y amenazaban con conquistarla a pesar de la constante caída de agua a través del liso vertedero.

Huelga decir que la fuente de vida, como la llamaban los amigos de mi padre y mi madre, que de vez en cuando venían de la ciudad a bañar sus culpas en esta maravilla de accidente humano, tenía garantizada el agua. Los bosques que río arriba habían sido arrasados durante la peste de la ganadería, fueron recuperados por la vereda, por una suerte de campesinos empeñados en el cultivo de árboles frutales y café.

Mi fuente, la fuente de vida, para que nadie la tomara sin permiso, para que todos bebieran de ella: es lo más mío que me dio mi padre. Un padre que ni siquiera conozco. Un padre que se parece al demonio y al que perseguirían mi lujuria y mis apegos.

Un carnaval, abundancia, acontecido cuando diego y yo jugábamos juntos en el estanque, sacudiendo los palos y represando un caldo de mangos y guayabas ya calentados por el sol del medio día y picoteados por los pericos insaciables que infringían heridas profundas en cada fruto. Heridas que permitían que aquella prolijidad de la tierra se diluyera en las aguas cristalinas. Frutas que luego tomábamos y lanzábamos a los ruítas, a los hijos menores de victoria la de la curva, a las morales, a los duendes que venían a bañarse con nosotros.

Quebrada abajo, después de la caída de agua, se formó una hondonada donde abundaban los sapos y las corales. Tres perros había perdido mi hermano en ese abismo no muy profundo al que sin duda se podía acceder, pero cuya caída complicaba la integridad de los huesos y la continuidad de la piel. Las mismas aguas que habían forjado la fuente de vida habían destapado un abismo letal.

Lavada por las mudadas hojas de los guayabos y los mangos, por las pompas de jabón que fluían coloreadas por la superficie después de haber removido el mugre de mi cabeza y de mi ropa, cuando la mirada que salía del agua podía marearse por el vaivén del techo de la fuente, sentía que aquella preparación no había terminado, que este refrescamiento dispondría mi cuerpo para recibir más heridas, más caricias y más palmadas. Evadida de la altanería de Juando, me enteraba de que la voz de mi padre era lo próximo que quería escuchar, ni siquiera la explicación moribunda—nunca escucharía tal cosa--. Sospechaba que quizá serían los únicos momentos que tendría a su lado y que nunca sería distinta a la niña que él se encontrara, ahora me lo explico, tiempo después, en que tengo el coraje para escribir estos juegos preparativos.

Cuaderno berlinés (01)

Las peroratas desoídas de un borracho con medio litro de cerveza negra en la mano, la conversación impenetrable de tres estudiantes japoneses que no paran de reírse (¿de los alemanes?), la música solitaria de todos los ipods, uno que otro libro..., en fin, la grabación tartamudeante que anuncia la próxima parada: he ahí un típico viaje en tranvía desde un barrio cualquiera de Berlín. Tan típico como el viaje en que la indiferencia no se percata de nada y bajo su abrigo negro se aburre ante la estridencia de los graffitis o del chillido de los rieles.

¿Qué hacer en un tranvía? ¿Qué hacer en el metro? Ante todo, no perderse. Las guías abundan, es cierto, y la posibilidad de terminar en una de esas estaciones fantasma que proliferaron una vez el muro se irguió resulta bastante lejana. Pero tomar el tren en dirección contraria o distraerse en el segundo decisivo para la salida significa, literalmente, una hora perdida. De modo particular llama la atención la línea de tren cuyo trayecto describe un círculo alrededor del centro de Berlín. Es quizás la más inofensiva, pues el viajero nunca se verá a 200 km de la ciudad o en algo así como la frontera con Polonia. Pero el "anillo" (así se le llama al tren), junto con sus incansables 24 horas de combustible nocturno, no deja de inquietar a quien se imagine a sí mismo dando repetidas vueltas, esas sí fantasmales, sin encontrar el imposible destino que lo maldijo.

El movimiento en Berlín y la inmovilidad de la lengua alemana es lo que acapara por estos días mi interés. Trato de adiestrarme en lo primero lo más rápido posible después de que la despedida en Colombia me dejó en Obra Negra. Se me fue cayendo el estuco con el aire frío del vuelo. Ya el despegue había hecho lo suyo arrancándome las baldosas. Lo digo y tal vez me siento como el letrero callejero en el muro sin lamento de un edificio nunca terminado.

Saludos a los de El Caldero, única página colombiana que visito cada noche.

domingo, 13 de abril de 2008

1

El demonio, el cubil y el hormiguero.

Para este mediodía Emma la narradora de esta saga conoce a su padre, a quien compara con el demonio. También teje retratos de su hermano Juan Domingo, de su amigo Antonio y de su madre, con el hilo más fino y selecto [1].

La primera vez que le veía irse, venía. Estaba sentada sola, casi tranquila a la vera de la carretera y la polvareda, expuesta al paso de los camiones, carros que pasaban periódicamente cargados de cerdos, vacas y comezón, hortalizas, gentes y muertos. De los buses ruidosos de suspiros altaneros descendió mi padre un hombre de escasa estatura, de cabello negro y discretamente cano, ojos de parpados caídos, frente reclamante y con goteritas de polvo ordenadas en una dispersa barba. La nariz, que se frotaba constantemente por encontrarse dentro de la polvareda y la humareda del bus, exageradamente roja; gruesos brazos que hacían desvanecer las curvas de una botella de anís bajo el brazo; rostro labrado y dorado por el último sol creciente.

De vez en cuando me gustaba acercarme a los potreros de la finca de Antonio y vigilar la carretera, con él jugaba a desempatar la carrera de dos cuerpos en desarrollo, que para mi pena, él había abandonado y permanecido rezagado en su impúber cuerpo de niño mal cantor, mientras yo contaba mis primeros vellos y mis primeros besos en labios no tan infantiles. Aquel día Antoñito no estaba conmigo y al hartarme de estar sola, de haber visto demasiados carros, demasiadas ratas viajeras y de que el sol ya hubiera comenzado su embalaje tras llegar a su más frontal posición, corrí hacia mi casa que a kilómetro y medio lindaba con la gran quebrada, descendiente de un pico escarpado. Sombra verde que descansaba mis ojos cuando decidía embriagarlos con la luz de este sol grueso.

Deshice el camino que abreviaba la llegada al mejor sitio para observar la carretera y el valle, luego tomé la trocha y me topé con quien aun no me enteraba era mi padre. Le pase de largo y a toda marcha noté que caminaba con ningún ritmo y con una pronunciada inclinación hacia su costado izquierdo. Yo en cambio contaba con un par de piernas rollizas y ágiles que me llevaron cuesta abajo, hasta llegar al “Hocico de la Victoria” [2] , la casa de Antoñito, y mis ojos que no se atrevían a buscarle se lo encontraron de sopetón fustigando entretenido una yegua sin reparar siquiera en mi apresurado caminar. Yo estaba decepcionada casi indignada, mi orgullo ya no inocente… Emma, Emma.--gritó el bellaco--- ¿estás piedra no?-. --Perdóname, yo no quería…Emma, Emma, Ja ja ja.-- Se rió por último cual caballo. Antoñito, el que sería el guardián de mi próxima intimidad, se reía como un caballo.

Cien metros más adelante, saliendo de los linderos del “Pocillo de la Victoria”, sentí que un par de mangos rozaron mi hombro izquierdo y mi oreja izquierda. Seguí caminando desprevenida de lo que pasara atrás, donde seguramente Antoñito se habría encontrado con la faz del demonio que caminaba detrás de mí, chocarían miradas y Antoñito diría: ahí te mando al mismísimo demonio para que te saque más esa piedra. –Antoñito, desgraciado.— repetía para mí.

Dos veces corrigió mi madre mi vocabulario hasta aquel momento: cuando le dije desgraciado a un mulo de la casa teniendo como nueve años. Ella me reconvino poniendo su índice en sus labios. --a ninguna criatura que no pensara podía sabérsele desgraciada-- escribo ahora para mí.

Lo cierto es que el mulo, Ernesto, se la había pasado tirándole coces a Cesar, el perro que teníamos para entonces…

--desgraciado Antonio— Repetía yo a la par con mi recuerdo.

Finalmente, el desgraciado mulo Ernesto, termino desnucando a Cesar.

La segunda vez que mi madre corrigiera alguna de mis palabrotas, fue después de aquel cuadro deprimente, en que Cesar yacía tirado en el potrero, con el cráneo y la nuca hecha añicos, tras el golpe fatídico y los pisotones de Ernesto, el mulo, a quien le sangraba el anca a borbotones y a quien yo tenia que socorrer cuanto antes para que no le invadieran los parásitos, ellos no se apiadarían del útil músculo malherido

--Ves Cesar, te lo merecías—pues Ernesto nos había dado de comer siempre.

—no mami no digás eso—me reclamó mi madre después, ahora sí con voz--Cesar no se merecía morir—

--Él hubiera muerto encantado-- escribo ahora --el merecimiento tiene que ver con otro orden distinto al de la ganancia y no es letal, es apenas furioso-- le entendí a mi madre.

--Antoñito desgraciado--.

Seguí bajando la ladera por la trocha y pase tras la era desaliñada que cuidaba la espalda de la casa de los Rúa, a quienes el clima les había prometido mejores tierras para que pastaran sus vacas. Ahí estaba el arrume de calaveras de ganado en el potrero. Me acerqué un poco a la quebrada seca, lavé mis dedos mientras contemplaba los renacuajos varados en los estanques que quedaban al rededor del pequeño torrente. Mis dedos llenos de polvo entre las sandalias, sentían el correr del agua ya hasta dentro de poco cristalina. Luego sequé mis pies en la grama blanda, al otro lado de la quebrada. Detrás sentía los pasos de aquel hombre que trillaban el cascajo de la trocha. Mi velocidad y vigor eran suficientes para burlar sin esfuerzo el avance paquidérmico de aquella aparición.

Fue cuando vi a Juando atisbando desde arriba, en la colina de los Rúa, donde pastaban algunas reses. Juando siempre mantenía colgado un radiecito pesado como de un kilo, de onda corta, con el que decía coger emisoras de los países vecinos. Entretuve mis ojos con unos gallos que correteaban un gato, entonces volví a sentir los pasos arrítmicos de aquel demonio, que me erizaba la piel con la mirada escondida bajo el ala del sombrero, ese cojo que parecía caminar con tres patas. Un segundo después sentí la mula de Juando bajar por la ladera, rápido, acelerada por algo más que un hambre de esas voraces del mediodía, --como éste que me traía a mí ansiosa--.

Al llegar a la casa en que habíamos vivido mi madre, Juando, mi muerto y zarco hermano Diego, y yo, durante mi joven conciencia, encontré a Juando ceñido a la cintura de mi madre que decía a lo sumo doce o trece frases diarias con su voz sorda y reventada, que ahora, parecía, fuera a callar para siempre. Silenciosa y perpleja, perdida su sorpresa en la mejilla cercana de su hijo, quien le musitaba palabras tranquilizadoras al oído.

Vi a mi padre cojear tras de mi, con el sombrero torcido, ocultando con su sombra el pardo color de sus ojos y una seña de desasosiego cuando vio a su familia entre las paredes de aquella casa, la que su padre había elevado para que él (su benjamín) saboreara aquella tierra negra. Tres palabras, cuatro quizá, dejo escapar mi madre al oído sigiloso de mi padre, yo no supe que diría pero enseguida mi padre echó un vistazo hacia Juando y hacia mí. Percatada de que aquel muan que me perseguía era mi padre escondí mi cuerpo tras una de las delgadas columnas del corredor del frente de la casa y espié el recogimiento de aquella pareja. Ese amor del que hablaban las cortas y parcas historias de Juando y del que esperaba nacieran abrazos y besos en el reencuentro.

Juando se acerco al recién llegado, le miro fijo a los ojos y se agacho para tomar la botella y las dos cajas de cartón que había transportado el cojo desde los mismísimos infiernos, la una con pollitos y la otra con el misterioso tesoro de su ausencia. Juando le dio la espalda y el señor se quedó observándole atento, hasta que mi hermano pudo ponerlas en la mesa cincuentenaria recubierta con un mantel de plástico del corredor, al tiempo que callaba a Virgilio---Chssssto—que ladraba sin tregua al desconocido. Esa era su gracia.

---Un nuevo silencio se sumo a la casa--- dije para mí: el de mi padre de corazón desgastado y desconocido, el de mi madre que entregaría un trozo de su vital inteligencia para admitir la llegada de aquel ausente que había estado con ella desde siempre. Ellos, que se tomaron su cuarto luego de almorzar, dejando la puerta entre abierta seguramente para que yo les espiara.

Yo mientras tanto con mi cuerpo semidesnudo, preparado para ir a tomar un baño a la fuente, calzada con mis sandalias de hebilla hacia el lado exterior de mi empeine, púrpuras y gastadas, que por grandes me gustaba arrastraran sobre el piso de barro de la casa, que aceleraron el paso para imitar el galope del mulo de Juando, quien salía a buscar a la partera Séfora, para que asistiera otro padecimiento parecido a un parto. Recordé el día del parto de mi hermano Diego en el que mi madre no paró de maldecir a dios.

Ya por fuera, a través de la ventana de cortina corrida, cómplice, alcanzaba a ver los brazos de mi madre que acariciaban tímidos la espalda encorvada de aquel hombre, de nariz redonda y roja, que posaba semidesnudo sobre la cama. Ella, de rodillas, sollozaba sobre la cama, tras él.

Yo suspendida, miraba una venda ensangrentada, que le cubría el muslo izquierdo, que nacía de un abdomen rociado por granos de sudor y por la luz artificial de la bombilla en el cuarto. Un pasado transcurrido, el seño fruncido, pecho con vellos entre canos y corazón endurecido; una barbita con los rastros rubios de mi familia paterna, uno y medio ojos claros que confesaban un dolor posesivo y, nuevamente, la sangre deficientemente estancada por la venda curtida.

Alcancé a escuchar el galope del mulo de Juando que regresaba apresurado y que al entrar a la casa, casi por encima de mí que estaba parada frente a la ventana del cuarto, me alejo con un manotazo rudo y abrió la puerta del cuarto y la cerró esta vez para que yo no alcanzara a espiar. Mi vista se distrajo para que mis oídos pudieran escuchar aquella avalancha de palabras gruesas, graves, suaves. Luego descubrí las sandalias de mi madre que prefería mil veces a las mías por su ligero tacón alto, me las cambié y una vez puestas, tomé las mías y las puse junto el cafeto de la sala. Convencida de que no sería capaz de entender nada de la discusión que se adelantaba a seria voz en el cuarto de mi madre, corrí por el corredor, abrí el portillo de la chambrana, pisé la delatora piedra menuda que rodeaba mi casa y patee un tiesto de olla que había camino a la quebrada.

--Emma, Emma, venite que mi papa te quiere hablar—grito Juando saliendo de prisa por el portillo. Yo aceleré mi paso al escuchar sus pisadas temperamentales

—Vení Emma que mi papa te quiere conocer—volvió a gritar.

Yo ensordecida por el susto y por los aplausos de las ramas de los arboles sacudidas por la brisa, continué mi marcha, en vestido de baño y con una pequeña toalla amarilla no muy limpia en mi mano izquierda, tres camisetas en la mano derecha y una barra de jabón en la mano del centro. Luego me pondría esta barra de jabón sobre mi cabeza plana para cruzar el primer bucle de la quebrada que se cruzaba camino a La fuente. Juando se canso de insistirme, para que regresara, sabía que iba hacia el único lugar mío, hecho para mi, el sitio que aliviaba mi crónico lagrimeo --por que vos sos una sola lágrima--, decía Juando para precipitar mi mal genio (Casi todos los días lloraba). Él sabia donde encontrarme, todos sabían a donde iría, hasta mi inoportuno papá, todos sabían dónde y qué lavaría de mí.

Dos mangos, otra vez, uno rozó mi hombro izquierdo y otro exageradamente grande, cual meteorito, rozó mi oreja izquierda –como un mal augurio--. Los había arrojado Juando, acumuladas en su brazo la fuerza de mi padre, la de san antoñito, la de mi hermano muerto y la del demonio.

Los mangotes duros rodaron y se clavaron entre el matorral que continuo moviéndose como cuando los recorre un reptil desprevenido, de donde para mi sorpresa salió Virgilio (el perro), chillando y escupiendo hormigas. Días antes lo había visto en las mismas, había entrado a saquear un cubil con un gatito muerto medio devorado por las hormigas cachonas, hoy volvía a salir escupiendo hormigas. En ese entonces había querido exhibir el cadáver de un enemigo natural muerto, pero el enemigo más fiero, el que realmente se beneficiaba de aquella muerte, le propinó una lección ante su impertinencia.

Esta imagen se grabaría en mí para siempre, aprendí más de ella que de mis clases de ética y biología en el colegio de las monjas, cuando me llegara la hora de estudiar.

Luego de este matorral se volvía a entrometer el río. Esta vez con un bucle caudaloso y turbulento, tanto, que los abuelos erigieron un puente hecho con tablas de algarrobo, debajo de uno de sus anclajes de acero y concreto, se hundían el cubil y el hormiguero.
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[1] Estos epítomes no están redactados en primera persona, lo cual no tiene consistencia con el relato. ZDW pretendía alejarse un poco de episodios autobiográficos, no creo que fuera vergüenza, más bien evitando situaciones estrechas, confinadas, claustrofóbicas y permitió que estas pistas orientaran al transcriptor.

[2] Nota del transcriptor: El lector se podría sentir confundido por la dinámica aleatoria de la curva trazada por los nombres sin recato, con irreverencia. El rancho de victoria es la casa de Antonio Sánchez hijo de doña Victoria. La fosa, el hocico, el pocillo, la curva, etc. Son sobrenombres empleados que ojalá no obedezcan a algún mensaje cifrado acerca de un sitio de poca relevancia dentro del relato.

domingo, 6 de abril de 2008

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Obertura

Donde Emma encuentra una nota en el bolsillo del pantalón de quien fuera su cómplice, su amigo y su amante, difunto. Tras la lectura de esa nota, Emma, consumida por el delirio malsano, fúnebre, decide contarnos su historia y la historia de los otros confundidos en su vida.
[1]

“...luego vi consumirse el mundo y me di cuenta de que todos habíamos contribuido para la expansión del gran incendio. Ráfagas de fuego caían sobre la huella recién impresa, mientras ella y yo, cogidos de la mano eludíamos los obstáculos diurnos para poder contemplar la saciedad de la tarde. Las gentes corrían, se desplazaban negligentes hacia una visión de menos amparo y dejaban las promesas de morir intactos, inmaculados, consumirse con el fuego rimbombante, conmovedor. El fuego removió la tierra con furia y los primeros expulsados fueron los que se preferían humanos. Nosotros animales, comíamos fuego y dejamos escritos en los bolsillos, evidencias fuertes de continuidad, de curva, de dolor.

El relieve de mi vida había aparecido gracias a una eterna erosión: el sol, el viento, el agua, unas erupciones, en ultimas el sol, forjaron una y tantas veces lo que yo podía disfrutar de la tarde. El recuerdo de mí se reinventaba cada que el sol salía, así lo que podía decir de lo enteramente mío, lo de mi historia, venia con el día y se iba con el día. La noche era la profunda ausencia de ahora: era ayer. La cámara de mis sueños había retratado un gran incendio y yo joven convencido entendí que no tenia opción para ocuparme de extinguirle con mis entrañas.

Esa es la historia de estas laderas que hoy contemplo con embeleco, los caminos, las pisadas y las tierras erosionadas y repobladas por visitantes sin memoria. Los caminos polvorientos y las pencas de fique prestas a atravesarme la piel, que rodean cada potrero, cada voluntad en los campos despoblados. La soledad se había comido este valle. Se había comido familias enteras, se había devorado a la familia que conocía, a la que contemplaba regada al sol, en otros tiempos, en otro campo, en otro país, contra otra historia.”
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[1] Los capítulos están encabezados con una pequeña sinopsis parecidas a las de obras como el quijote, el Decamerón, Las mil noches y una noche, etc.—no recuerdo más-- y hay uno que otro epígrafe, que al lector corresponde conectarlo. Esto facilita mucho tanto la transcripción como la lectura. La mayoría de las sinopsis no corresponden con lo relatado en el capitulo. Esto puede interpretarse como que Zara White escribió estos aperitivos antes de lanzarse a la escritura del capitulo, que se va moviendo como sierpe cobarde. Puede calificarse como un recurso literario o como un espantador de tranquilidades de la desgastada narradora.