domingo, 23 de marzo de 2008

DOS TAZAS

Subo por la ladera centro occidental de este pequeño, quebrado y estrecho valle. En una carretera sinuosa y empinada por la que van mercancías inútiles que confortan el furor asesino en las tierras mas calidas y por la que llegan los frutos ensangrentados de la lucha contra la naturaleza. Entran y salen por allí los viajeros de la nueva tierra prometida, maltrechos y desgarrados por la promesa vacía de que la justicia existe para quienes resisten el olvido con (o sin) paciencia. La gente que calla, la gente que nada espera, la gente que no come y llora, la gente que se aferra a la tierra con la esperanza en el trabajo colectivo, la gente que se choca contra el muro de la ganancia y la codicia, que para uno es algo casi apenas moral, y para muchos es la diferencia entre la vida y la muerte.

Observo a mi derecha la montaña parcelada en propiedad privada, la montaña deshabitada de animales y plantas. Observo a mi izquierda los ranchos infamantes de los excluidos y humillados por los proyectos infrahumanos de infraestructura, posesión, control y explotación. Como es de fuerte la vida y la esperanza entre las personas que han bebido el agua del río, que han cosechado lo que han sembrado, que han respirado el aire de la montaña, lo que para uno es una opción visual, un poblado más de algunos venidos a menos, un producto natural de nuestra racional guerra, para ellos es la vida toda, con su alegría y sus miserias, su ilusión y su incertidumbre. Pienso así, que mis derechos no son más que una falsa promesa, una oferta publicitaria de una sociedad degradada, algo que en últimas compro con obediencia, trabajo y silencio.

Se enfrentan las máquinas en la carretera, las motos con su ligereza, los automóviles con su potencia, los camiones con su parsimonia. Aunque siempre todos llegan a su destino, así sea en el fondo de un abismo o apachurrados en algún barranco o en el abrazo triste de un pariente difunto; el afán acosa a los paseantes porque la velocidad es independencia, sordidez y ausencia. Será también porque tanta curva enreda y confunde.

Desvío mi ruta hacia praderas lecheras, mas frías y hermosas, también mortíferas para la independencia. Circundo el borde superior de comunas como París, Florencia, El Picacho por donde supongo que huyeron algunas de las almas en pena producto de la guerra juvenil que propuso el estado. Nueva frontera para los proyectos de vivienda donde se asentarán nuevos esperanzados en la familia y el progreso. Para ellos acá la vida es más buena porque están lejos del atascado valle y el viento suena. Poco a poco el fondo se traga las laderas.

Llego a mi propuesto destino. Un kilómetro antes de un triste sitio con el triste nombre de San Félix. Me bajo de la moto, dejo la maquina aunque pusiera poder llevarla allá. El motor caliente aporta calor y te lleva donde quieras. Mi idea es sentarme y observar todo el valle, abarcar en una mirada toda la ciudad, desde lo alto de la montaña. Paso la carretera y subo a la cima de la montaña caminando sobre escalones de arena. Hasta el borde mismo de una ladera un poco empinada pero extensa y suavemente plana donde se ve es todo, todo. Toda la construcción desafortunada que ha pavimentado el paisaje.

Vaya sorpresa. Desde esta cima de la tierra siento más que la ciudad es un monstruo construido. Al verla clara y completa, en su arbitrariedad y rigidez, su absolutismo y su rapidez, me parece un proceso exacerbado, y por lo menos demasiado entrópico. El esqueleto de sus calles, iluminado como la radiografía de un muerto decapitado, producto del nudo de sus gobiernos, que a tantos encierra y enerva.

La sangre que aquí corre por los huesos no llega a ningún corazón ni ningún centro. La cabeza restregada y esparcida entre el cemento más denso. La barriga inmensa, a juzgar por los desechos, su orina es mal oliente y de mal color. (En últimas no esta vivo, aunque encierre a vivientes, es una nueva materia inerte producto de separar los elementos y volverlos a unir para generar muerte)

La mancha urbana, amorfa y parásita, a punto de desbordarse por los linderos de la paila. La sopa de un mal cocinero que se riega por toda la cocina y que no se ve bueno. La tortilla rota y chamuscada, echando humo, que se echó con susto en la sartén. La torta amarga y quemada que no creció. La visión aunque entera y de cierta forma apacible no me acerca al sosiego ni a la esperanza.

Desciendo al fondo de la olla, luego de ver lo que se cocina aquí, muerdo el viento en el helado descenso, hacia el calor permanente de las máquinas batiendo y el ruido incesante de las máquinas durmiendo, donde se prepara el cuerpo para que sirva de cemento, (en el cementerio) y con mi agite revuelvo mas el caldero hirviendo.

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