jueves, 26 de junio de 2008

ATRAVESANDO EL RIOBAR

La tarde esta poseída por el resplandeciente sol que pinta todo con tonos amarillos y hace brillar las ventanas y los charcos dejados en la calle por una lluvia de corta duración más temprana. Hace un día muy bonito. Hermoso. Increíblemente real y realmente doloroso. Exuberante en luz y solo opacado por la masa gris y triste que habita esta tierra, pero inmenso. Un reguero indescriptible de nubes iluminadas puebla el cielo que todo lo cubre en medio de las oscuras montañas que por el contraste se hacen verdes negras. Los rayos oblicuos de las horas anteriores a cuando el sol desparece de nuestra vista atraviesan los vapores que se levantan por el calor del suelo con una inclinación paralela a la de las lomas de la base rozando las cabezas y las casas.

Yo camino entre la multitud de personas que habitan, padecen, disimulan, construyen, dominan y ocultan este barrio. Después de un día de servicio en la planta, camino a través del Riobar para ir a la casa porque no tengo el pasaje.

Lugar híbrido de casas, tiendas, bodegitas, talleres, revuelterias, lavaderos de carros, fábricas, cafeterías, restaurantes como la gran mayoría de todos los barrios de aquí. Que alberga a los seres de la especie que habita entre el ladrillo y el cemento. Obligados a trabajar incesantemente sin mayores medios que sus propias manos y frente a sus propias casas. En la calle todo el día, al sol y al agua. Reparando máquinas, recogiendo desperdicios, comprando chatarra, vendiendo minutos, dulces, mangos, lavando buses, haciendo nada aparente; partícipes de una agitación dispersa e incoherente. Todas las semanas, de la vida. La misma brega, la misma dificultad, la misma calle.

Los que no trabajan arrancándole plata al metal o a la comida, se paran en la puerta de la casa, o se asoman por la ventana, por ver que pasa, para combatir el hastío. Ellos dejan ver su pobreza engalanada con objetos que denotan más pobreza, porque en su inmediatez y al ocupar ciertos lugares esconde los vacíos y las grietas en la vida material; los cuadros de los equipos privados de fútbol, los afiches de las estrellas cantantes del momento, los equipos de sonido robóticos y estrambóticos. Pero también se ve el refinamiento de la dedicación y el amor ciego con que algunas manos, seguramente femeninas, adornan su casa; los tendidos de las camas con sus boleros, los manteles del comedor con sus carpetas, las mesas con altares a las imágenes católicas piadosas.

Este es un barrio construido con el disimulo fehaciente que requiere el comercio de la bareta. Ha padecido guerras entre bandas y la extorsión de la policía, pero con dureza, violencia y alianzas ha logrado permanecer en el negocio. Acá nada de lo que se ve es lo que aparenta y en un instante, ante la señal inadvertida cambia totalmente el escenario. Todo es complicidad u ocultamiento.

Aún así hay dos policías en la panadería a la vuelta de la cuadra. Más adelante otros dos al lado de la moto afuera de una taberna. Después otro par al final donde la calle vira un poco a la derecha. Esta caliente el barrio y yo me pregunto ¿Que hace toda esta gente cuando no está alguien matando o peleando? Pues partir con el ladrón y el asesino. Esperarlo y disimular pa´ partir. Ellos administran la seguridad y la inseguridad. Son otro cartel más, otra banda más, otra lacra más en el juego del comercio ilegal. Pienso sobre estas dos últimas palabras y me imagino la altura en que esto se vuelve normal o cotidiano a pesar de las violencias, las injusticias y las víctimas comprometidas. Siento asco al pensar que todo esto es supervisado y usufructuado por los tombos y sus redes civiles. Uno de los dulces frutos de la tierra vuelto el mejor negocio, el más degradado y cruel, el más perverso negocio por los tombos y los mafiosos.

Ya se ha hecho de noche en el transcurso de seis cuadras que he recorrido.

Después del giro a la derecha paso por una calle oscura con casas más pobres que las anteriores donde hay animales de corral a decir por el olor a gallinaza. Los caballos de los carreteros flacos y mugrientos han prestado su servicio al dueño y ahora esperan a que los coja el sueño. Viendo todo esto no puedo evitar preguntarme ¿Cual progreso? Toda la vida a esta gente le ha tocado vivir guerras de bandas y ver como mientras unos caen otros salen adelante, por encima para ser precisos. ¿Cual progreso? ¿Progreso de quien? Si a la par que despegan los helicópteros militares equipados con tecnología de visión nocturna, rastreadores de calor, para bombardear, esta gente no sabe ni donde esta parada, no saben si comerán mañana, no saben siquiera en quien confiar.

En la esquina, en un lote baldío, se encuentra un circo de barrio. Con su carpa paupérrima parece una ironía comparándola con las fachadas, puertas y techos de muchas casas que están en peor condición y que vistas así son también los circos de los artistas del hambre. La carpa tiene pintadas a su alrededor figuras de malabaristas y payasos de una tosquedad en el dibujo y una crudeza de los colores que provoca mi admiración y me hace imaginar la pobreza del artesano que los elaboró. Me imagino los personajes de este circo. Ojalá sea bueno en provocar risas y asombro entre tanta burla de la vida.

Salgo del Riobar por una calle larga. A la izquierda el lote del aeropuerto custodiado por el ejercito. A la derecha la acera flanqueada por varios guacaries bajo los cuales se encuentran dos hombres y una mujer fumando bazuco. La mayoría de los transeúntes evita pasar por ese lado pero yo quiero verlos y palpar esa oscuridad que los ahoga y que para mi es una suerte de paradoja.

Empieza a llover de nuevo. Ya estoy cerca de la nueva avenida. Los autos ignoran todo esto. Yo camino sin sentimientos.

1 comentario:

Guti dijo...

Que cronica tan acertada, tan emparentada con nuestro dia a dia, el tono de la rabia es tan justo, tan *apenas*. Yo veo que la ciudad es seriamente la preocupación de todos y veo que todos los relatos a excepción de los mios tienen un aire citadino que yo envidio y al cual quiero llegar.

Comento yo que estos malabares que estamos escribiendo tienen un caracter estupendo y sabiendo la regularida de nuestros culegues podriamos aventurarnos a algo menos electronico.

Esperemos que este tono permanezca porque aparte de que tiene ese sello del "huracan metal" está desvanecida la metalería completamente y esto como lo de Obra negra y lo de eli dotan de "personalidad" al caldero.