sábado, 21 de junio de 2008

La guaca.

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Un torniquete para llenar de sangre extranjera a estos intoxicados tejanos, hombres y mujeres enormes devoradores de carne. Que llegan a su querido país y donde una agente de aduana negra les reparte tapones orgánicos para introducir en sus narices y procurar la voz tan nasal que les inutiliza cualquier disfraz. Casi que funcionan a diesel. Bandadas de señores desparramados hacia los lados se me acercan y amenazan con atropellarme: Samuel, Samuel y Samuel. Una pareja de koreanos comparten mi terror: ella se toma su abdomen hinchado y fecundo, él se toma la cabeza peli puntuda. Recorro una fila en ese (entre Heces) para los visitantes con visa, legendaria fila de la que todo inmigrante a los Estados Unidos escuchó antes hablar, que ahora pienso, tantos que la han soñado, tantos que la han evadido y cada vez que doblo me topo con una rubia ucraniana con cara de actriz porno, ojos profundos y sumamente azules. Azul parecido al visto desde el siete treinta y siete que sobre volaba el Caribe. Calor húmedo. Los yupies. Un cielo increíblemente azul, injustamente limpio para quienes se inventaron la fiebre de los hidrocarburos. Los tejanos fabricantes y diseñadores de los computadores, que volaron hacia y volarán la luna, conocen el sonido de cada tecla de mi PC, así me leen parejo mientras escribo. Un mexicano me mira escribir y se ríe también aprendió a leer escuchando: será de la DEA. Chalotte Rampling viene hacia mí y se sienta a mi lado ¿reconocerá lo que digito?. Un poco de queso, un poco de te, no es Charlotte Rampling es una señora morena de ojos azules con acento latino. También lo sabe todo, como el mexicano. Tres americanos en la barra del bar de esta sala ejecutiva de la aerolínea conversan a todo pulmón sobre un tema que yo no entiendo. Dialecto que me confunde. Será que guardan sus pistolas bajo estas camisas de estampado hawaiano. El te que me tome hace 15 minutos ya quiere salir de mi y me voy al baño, una sala de espera perfecta: pasabocas, cafés internacionales, camareras que hablan un español más perfecto que el nuestro, todo gratis. Me voy al baño, pulcro, orinales bajos, enchapes tan pulidos (¿serán colombianos?) y reflejados en ellos veo mi rostro trasnochado. En ese reflejo entra en escena uno de los americanos de la barra que ha venido a orinar junto a mi. Pienso: lugar perfecto para un tiroteo. Aquí habría de morir, o bien, éste mataría a cualquiera, sicópata, y me inculparía, por mi inocultable cara de latino. Si tuviera al menos una cachucha (aquella de USA stablished on 1776) , me salvaría. Busco y encuentro afortunadamente testigos que esperan tras las cabinas donde están los sanitarios con los pantalones abajo. Respiro, No es mi día, por el contrario este Sam que mea a mi lado mira constantemente a los lados para cerciorarse de que nadie alcance a ver su vergüenza. --¿no es un país libre pues?--. Me espera una hamburguesa sumida en un gran charco de grasa, las sillas traquean, claro con lo que sufren por el tamaño de estos macancanes. Yo solía ser grande pero solo en Medellín. Servidumbre latina, solo he visto policías latinos, uniformes de azul oscuro. Anhelo salir a la calle para ver una persecución. Se supone que me tocará conducir en una de estas autopistas, alquilaremos un coche, ojalá sea un V8, un celebrity. Yo esperaba que el ambiente en los estados unidos tuviera el acabado de las imágenes de las películas de TV que veíamos de niños: profesión peligro y los magníficos, que los rines de los carros rotaran hacia atrás y que los carros arrancaran chillando, pero nada. a mi alrededor una gran población de televisores que pasan simultáneamente, partidos de beisbol, carreras de caballos, softbol, hockey, nascar y otras carreras de carros y como en nuestra pobre televisión recetas para la gente fastidiada con el exceso de volumen en sus cuerpos, y ahora entiendo, que para estos simpáticos gigantes la cosa es preocupante.
Mi escaso conocimiento de la geografía norteamericana me permiten reconocer, la costa, la llegada a Houston fue a través del golfo de México, sin embargo no sabia que esta ciudad dedicada por los últimos doscientos años a devorar gente, fuera tan costeña. Este mar de la llegada es particularmente gris, es un pantano. Un aviso en el aeropuerto: God is american. Aviso sobre el cual reflexionaría días más tarde: de eso están convencidos, carajo.
Continuo en el baño esperando que mi drenado no tarde mucho y que pueda volver a esta croniquilla. El gringo de mi lado se sacude, vuelve a revisar que yo no le esté mirando, vuelve a pasar su revólver para adelante (it is a free contry), da la vuelta y se va. Yo me topo con una señora que asea el baño, ella me sonríe pelando los dientes a través del gran espejo frente al lavamanos. Me limpio el bozo y salgo hacia la mesa que me espera con mi confesionario o mi hamburguesa. Charlotte Rampling se acaba de parar y se va arrastrando su maletica con rodachinas, cuñada en el tope con una gran bola de bolos. --Ojalá se le caiga--.Como es vicio espío la forma en que camina la señora y me reprocho: ¿Qué estaba pensando? ¿Charlotte R.? en recesión será, me contesto. Sin embargo mi mirada es robada esta vez por Gina Rowlands hablando por un celular enorme, una señora de pestañas gruesas y ennegrecidas cuya nasal risa me hacen también olvidar del parecido que pudiera tener con la honorable diva. Ingenuo, yo de la montaña pienso que me voy a encontrar con las actrices así no más por haber pisado tierra gringa… uy mierda Darryl Hanna...
En seguida veo a un enorme mono calvo, con pantalones cortos y medias blancas altas hasta la mitad de la espinilla, camiseta con la bandera de la confederación, 140 kg de peso, una barba pulida que cubre poca área del mentón y llevando una niña pelirroja atada a una cuerda por el cuello, digo, con un aparejo de esos que usan los tejanos, granjeros, caníbales para amarrar sus crías. Me retiro hacia la pared de ese pasillo asustado para abrirle paso al mastodonte (brazos contra la pared talones al zócalo, espalda y mejilla contra la pared también y una mirada de soslayo vigilante ante la titánica aparición) luego cierro mi boca.
Aeropuerto G Bush. La imagen que si me parece conmovedora, temiendo decir que cruel o temiblemente esperada, es la del marine, al que reparo en el tren que nos traslada entre puentes aéreos. Un muchacho un poco más bajo que yo con la insignia que le reconoce su apellido: Gutiérrez, con una maleta pequeña y las manos escondidas en los bolsillos, ¿escondiendo qué?, me pilla observándole, rostro que lo hace parecer despiadado, pero es piedad mía. Uniforme que lo resalta en lugar de mimetizarlo en este desierto, el marine se baja, yo bajo, otros miles de kilos se montan al monorriel. Todo tan perfecto, todo tan electrónico todo tan controlado, todo tan vinagre. Dispensadores eléctricos de papel de baño—que visitas tan espaciales—Vuelvo y me topo al marine, ¿me vendrá a ofrecer lo de Samuel?, pero Samuel viene por allí repetido en dos, versión femenina y masculina, precedidos de una constipación de tres o cuatro años, Sam, samy, Samuel, samuela. Pobres sobrinos.
Todos van de paso en estos aeropuertos, solo permanecen los suvenires y los dólares, quizás también los empleados extranjeros, así les duela cada vez que uno de sus patrones les reprenda por hablarle en español a los clientes hermanos.
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Por los estados del sur hasta Greensboro. De las escasas lecciones de geografía otra vez, de las cuales pensé había aprendido cualquier cosa, recuerdo por donde debía pasar el amansado Misisipi, como podrían ser sus meandros y como podía ser el paisaje a su alrededor. Un poco de coníferas, aunque no se distingue si son coníferas o plantaciones de Marihuana, no se distingue si es pantano o petróleo, a treinta mil pies de altura. Aturdido por un escape de gasolina de la turbina me remito a seguir la trayectoria de aquel gigante que por su deforestada rivera y por su amplitud permite que los lugareños le exploten. ¿O el Missouri, o el Yukón, o el Hudson?. Al sur de la unión un pantanero, al inmenso sur de la unión. Bueno físicamente alrededor de la florida y Luisiana, también en tejas y Alabama, a pesar de las grandes extensiones de territorio ya ganado para que las vacas pasten, para que los hombres pasten, para que las grandes corporaciones pastoreen. Ciudades muy iluminadas, luces amarillas y verdes, ignorantemente pensaba eran luces de mercurio blancas ocultas entre el follaje del bosque sureño, no, son luces de mercurio fabricadas con un cierto escrúpulo ambiental y se ven verdes. Recuerdo también la imagen de los suburbios gringos a la salida de Houston, una noche desvanecida entre las visiones aéreas de la Unión de la comodidad y la unión de la iluminación eléctrica, proveniente seguramente de las plantas de fisión . Cuanta historia desconocida de los pantanos, el Misisipi, los templos protestantes y católicos, los suburbios, los afro-norteamericanos, los sacrificados ¿apaches, comanches, navajos? el algodón, los estados del sur, el trabajo, la geografía y la guerra.
Que suerte que alguien no se haya parado en una de las cafeterías del aeropuerto con un rifle a dispararle a diestra y siniestra a alguno de sus semejantes de especie, especiales, o a todos nosotros
Con pocas extensiones sin poblar con toda la llanura comunicada por increíbles autopistas, líneas de teléfonos, redes, radios, hombres y su habitaciones móviles. dotadas de ruedas, un miedo terrible a la intemperie, ya había llegado a Greensboro. Cada ciudadano puede acceder a un carro, comprar gasolina, perderse en drogas y comer hasta la saciedad de cuatro estómagos. Ningún peatón y las noches negras, los avisos, sí luminosos, intentan ocultar las sospechas, con un poco de tranquilidad comercial. Bombas de gasolina por cada restaurante. Autos que consumen tanta comida como sus dueños, dueños que terminarán cediéndole su comida a sus auto motores. Ancianos, gente muy anciana paseándose por el supermercado, por los sitios cerrados, por los sitios carreteables.
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Driving west-sleepy diving. Siete y cuarenta de la tarde, 37°C, cansado después de una larga jornada de trabajo conduzco en mi super-camioneta (a quien llamé lucy)de dos kilómetros por galon, aire acondicionado, automática, apta casi para dormir mientras se conduce, poca música, no hay música, solo emisoras locales y mucho Frank sinatra, tom jones y Rod Stwart. Agradecería un poco de Elvis, el rey de este pie de monte, directo hacia la caída del sol, directo hacia el oeste. Go west. Go west? El sol apunto de fundirse en la tarde gruesa que cae de repente pero que dura una eternidad, encegueciendo mis claros ojos, me permiten parpadear prolongadamente para generar este cambio de color del riel gris de asfalto estrictamente demarcado y recto, accidentado con crestas y valles, llanura preciada, casi preciosa, y por tramos incrementar una velocidad que ya es exagerada. Rozo los despertadores (grabados sobre el pavimento a lado y lado de las paralelas blancas). Regreso a ponerme al tanto de lo que se desplaza a mi alrededor. Agua poca, publicidad mucha, desde un whisky hasta un adelgazante inmediato, la suspensión del carro se resiente ante el mas leve movimiento de la dirección perezosamente hidráulica. La silla muy reclinada, un compañero de viaje que apenas habla, pues espera que yo tome el disquito de la selecta (que puede escucharse en el reproductor) para poder dotar de nostalgia a la aislada tarde. Un aviso de hustler vuelve a suspender las pestañeadas más prolongadas de lo normal, por el cansancio, por las ganas de soñar un poco. El aviso de hustler no tiene ninguna obscenidad para mostrar, Carolina del norte no tiene ninguna obscenidad para mostrar (la escena la compongo ahora mientras conduzco y no tengo una grabadora cerca), la música no es definitivamente para niggers, dios es americano, las piernas de las niñas no están suficientemente descubiertas, el sol por sectores es eclipsado por altos avisos de restaurante o por estrambóticas fuentes de soda. Un cartel me llama la atención, inicialmente aparece superpuesto sobre el oeste amarillo y mi astigmatismo lo revela como una mancha morada sobre una mancha blanca más deformada y luego una mancha elíptica color ébano. Media milla más adelante, descubro que es un pastor de la iglesia presbiteriana, metodista o bautista, que con los ojos esquivando el lente de unas gafas de marco rosa y pelo cano, me vigila, me advierte, me pide oración. Con un gorro purpura, de obispo, un regaño estático en la carretera en el que no dejé de fijarme en los 15 o dieciséis trayectos que hice por ésta vía. Podía decir where’s my temple? O God is american? O God bless america? o Your prayer is my home?. Reconvenido por aquella mirada que le faltaba poco para emanar música góspel, regreso a la vía, aun no sobrevolada por ángeles. El sol aun no cayó y son poco más de las ocho, ya el verde se ha fundido en el naranja de despedida, una ardilla aparece (en la escena) titubea en la carretera, está dispuesta ha sacrificarse en la gran Motor way: mártir, por una protesta ante los altos precios de la gasolina, por la recesión económica, por la ocupación de irak o por que encontrara un nogal en donde se les antojó cobrar impuestos. Yo alcanzo a reconocer su duda, aturdida. Perturbada su trayectoria, va vuelve, directa, a la ardilla no le queda más remedio que interponerse entre mi ancho neumático de 10” y el pavimento, neumático que entre otras cosa es apoyo de al menos 1000 libras y el peso de un par de colombianos no bien nutridos. Yo tomo mis dos manos y me restregó los ojos para lamentarme, que pena con la ardilla ¿qué pena con la ardilla?. Todos estos días he estado pensando que quizás la comunidad de ardillas no diferencie entre estar vivo o muerto (resucitará a los tres días me advertía el furor del evangelio en esta tierra y yo no tendría otra más que atropellarla ), no tiene quien la llore. Sabia que tenia que contarle a mi hermana y a eli para que soltaran su conocida interjección lastimera y para que yo tuviera de que lamentarme. Regreso a mi camino somnoliento y aborrezco estar conduciendo, el hambre me olvido pero yo no olvido el hambre. Pobre ardilla, pobre ardilla. Go, go, johny go go John go go, johny be good. De regreso a casa, hostigado por el bello atardecer en una auto pista perfecta me emociono con la clemencia del clima y por la velocidad.
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Lucy es la razón por la cual mi estadía en los estados unidos fue muy poco fotográfica, digamos que no hay justificación, pero en el momento en que quería tomar una foto y no vale la pena tomarle fotos a casi nada, Lucy me instigaba a tomarte fotos solo a ella o bien con ella en medio, yo al volante o como su copiloto, fotos a la autopista, a las fachadas. Cuando de repente parábamos a tomarle alguna foto a alguna casa de familia, casas bastante bonitas, lucy en su opulencia me hacía sentir un agente del FBI, con sus vidrios polarizados y todo, un espía, un intruso. Así me hice ducho, como J Wayne y como J Stewart en dispararle, al que fuera riding my horse, fotografías mientras montaba a Lucy. Lucy celosa: luces corridas, asfalto y rayas blancas en plena oscuridad, un par de mapas, un sistema GPS de orientación y un olor a ambientador de interior de auto: el olor de EU. Tampoco Lucy me había permitido tomar una placentera cerveza, una esporádica sí, pero no dos placenteras. Este es un grillo demasiado pesado, el auto es una forma de control terrible en los EU la gente no tiene deberes como transeúnte sino responsabilidad civil un auto puede ser una vida o un arma. ¿Cómo llamarán estas familias a su auto a sus bestias? Luther, ali, Malcolm, Mr Smith, Geston, roosvelt, monroy, Adolf. O simplemente Lucy, Lucifer .
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Los transeúntes… no vi transeúntes en Greensboro, quizás uno o dos indigentes y no me explico como se desplazaban. Los edificios de los bancos y las cedes de las grandes corporaciones, las plantas de producción, son patrimonio nacional, son los monumentos, todas con las banderas de la unión y sus agudos tejados a dos aguas para el invierno nevado. Grandes extensiones de zonas verdes y parques inasequibles porque todo parece negado para alguien que desembarca del automóvil. De la liquidez de las empresas depende gran parte de la economía de las personas, a ellas esta asignada la responsabilidad por el consumo. Espero la comida en un restaurante y veo que un señor que ha dejado de bañarse por lo menos en dos semanas (lo digo no por escrúpulo sino por crear una escena). Se acerca, yo estoy en la barra, y veo que anuncian que un hombre es buscado y yo ingenuo volteo a para chequear que tal tipo que apareciera en la televisión arriba de la barra no fuera quien a mi lado pide un whisky Jack Daniels y quien roba una sonrisa a la camarera que le sirve el trago sin reparo: se burlan de mi. Luego con un dialecto enrarecido por la desconfianza del vecino se arrojan unos piropos el uno al otro. El señor se desplaza con un atado de ropa y otras cosas que creo le son inútiles. El ultimo caminante del Piedmont thriad: Greensboro, High point y Winston Salem.
En general soy malo para ubicarme mientras conduzco. En EU es difícil porque se está pendiente del camino y toca estar leyendo los letreros que indican la ruta (la interstate 40 la más transitada por mí, la más memorizada), pendiente de la golosina, del acelerador y de la voz de Lucy. Caminar parece una costumbre decimonónica, sumergirse en un mar transitado por troncos flotantes llenos de lama. El intenso y húmedo calor hace que el interior de los vehículos sea acogedor. Nada vale una foto. Nada vale por fuera de los autos de cabinas espaciosas, siento que estorbo, me hago a un lado, dicen que la gente anda con un kit antinuclear en las cajuelas de los carros o llevan muertos en el trasero de los enormes sedanes. La transparencia de los parabrisas y las ventanillas son ese párpado amplificado, imposible refracción, luz de los flashes que antes que penetrar es penetrada. Foto de noche que se malogra por el flash impertinente.
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A la entrada de la planta junto a mi en una hilera de sillas esperaban tres gringos entrar a alguna zona de la producción de desodorante o de crema dental. Con las cabezas agachadas contraponían sus tres lisas y parejas calvas a la bombilla, de papaya me que daban para pegarles una sobada así haciendo círculos, como cuando se pasa por las calles y se choca uno con una carretilla de papayas que el papayero procura brillantes y provocativas. Acá no se puede meter el dedo, ¿o qué tan blanda será la testa de los yankees?. De tal caso que con mi parada a ellos también les llaman, Samuel Samuel and Samuel, mister Samuel los está esperando. Y se levantan simultáneamente y empiezan a elevarse, elelevarse y elevarse tanto como para yo quedarme resagado en la alfombra, mirando pal suelo como casi todos los latinos de esta región. Se están comiendo la reserva alimenticia del mundo carajo, con qué animo dice uno que Cobe Bryant o Swartznegger no son símbolo de esto países, el increíble HULK, que cantaletica.
El caso es que todos estos tipo podían saludarme poniendo sus enormes manos sobre mi cabeza y sobármela, como inevitablemente se hace con los sardinos que se acercan a uno y que lo miran a uno con la distancia que otorga el envejecimiento. Debí haberme tomado alguna foto con estos inflados macancanes para que me creyeran, no sabía que las personas pudieran ser tan altas.
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Si venía a buscar los EU que nos habían descrito Spike Lee, Hendrix, los EU de easy rider[i], de Wenders, Fassbinder y Herzog, de Jarmuch. Viajando a casa me explicaba, no encontré tal aparato. Días más tarde, como en las películas baratas de misterio, empiezo a devolverme para hilvanar el acontecimiento, encontrar el barato misterio y recuerdo las calles desoladas, las familias que comen alrededor de una gran pieza de carne y que tienen un idiolecto perezoso, las mejillas rojas, el desperdicio, el verano, los cafés, el expreso Negro, el tabaco masticado, el beisbol y encuentro mucha historia por contar, una nación muy heterogénea, nada en EU es un engaño hasta la seguridad a ultranza es una cosa completamente transparente, el apoyo sin apoyar la guerra, la soledad de las calles, la banalidad del robo y la tragedia de jóvenes que no pueden caminar sin banda sonora. Todos parecen piezas bien ajustadas de un mismo organismo, de acero pulido. Es un universo muy cinematográfico, conocimientos pesados y estructuras enormes y extevagantes, el brillo de la técnica, no hay nostalgia, lo que diga el otro vale para apartarlo, vidas apartadas, grandes distancias y el terror de la distancia. Reconozco la advertencia cruda del rebelde sin causa de Nicolás Ray, el joven que se reconoce como pieza de este organismo y que ante la sobriedad de sus pasiones decide enfrentarse y perece y esa es Una verdad americana: is the american way, una forma para odiar pero que envicia y que cubre de basura la tierra, que le otorgó al mundo la felicidad evidente, la peor, la que seda.
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El sofoco de volver a la desordenada Medellín con la experiencia de no haber conocido casi nada y de tener para contar tan solo estas frívolas anécdotas, esta justificación a no haber tomado muchas fotos.

[i] Amigos del caldo: vean ese encuentro magnifico de embriaguez y confesión de Nicolson, D. Hopper y P. Fonda. Esa película es clave es de un dejo por las naciones, por el futuro, es una queja constante por lo que mereciéramos, por la muerte que nos olvidará.

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