Pues sí que todo por aquí es sol primaveral, de 5 de la mañana a 9 de la noche, y hasta las gafas oscuras se vuelven comunes cuando a uno le da por mirar a la gente. Berlín es, claro, interesante para los turistas, como lo es el ochenta por ciento de las ciudades europeas. Pero en medio de tanto excursionista, no dejo de pensar que tanta clientela para los cafés procede sobre todo de los mismos residentes. A ratos, con gran ingenuidad, me pregunto de dónde tanto tiempo, de cuándo acá la vida buena, por qué todos tan amigables... ¿acaso no hubo aquí bombardeos, disecciones, muros, fríos inviernos, guerras aún más frías, um so weiter? La hipótesis del olvido querido se cae de su propio peso. A cada alcalde le da por diseñar un proyecto de conservación de la memoria histórica. Ayer, por ejemplo, salió al comercio un software que le permite a los palmhabientes de visita en Berlín escuchar y ver un montón de cosas acerca del lugar específico sobre el que está parado. La otra hipótesis, la de la calma después de la tormenta, tampoco me suena, aunque no sabría decir por qué. Cierto aire de ligereza, lo digo con el perdón de todo el planeta, es lo que por ahora alcanzo a respirar. Estoy casi seguro de que todo obedece a mis propios lentes oscuros. Qué más va a decir un estudiante que lleva apenas un mes en la ciudad del siglo XX y que ni siquiera entiende los titulares de la prensa. Sí, que más va a decir. Sólo que a la vez no deja de llamar la atención la nostalgia de los viejos cuando hablan de la DDR y de su Ost-Berlin. Y aunque hoy en día el cine es testimonio de una percepción particularmente crítica respecto del pasado comunista, una que otra escena se encarga de retratar el arribo del espíritu occidental como el triunfo de valores no propiamente espirituales. Todo archiconocido (espero no se me oiga como retórica de universitario latinoamericano: sólo describo). Por lo demás, no se escuchan sino elogios para esta ciudad. Con el tiempo seguramente viviré las razones que aún no tengo.
A propósito del turismo, estuve en Dresde el fin de semana pasado. Mientras más cuenta me daba de la importancia histórica de la ciudad, más aburrido me ponían el sol, los compañeros y la guía. ¿Con qué tara me vine de Colombia? Ese día sentí que prefería leer un libro sobre la Frauenkirche que subir a su imponente cúpula (sin que, por demás, nada garantice que, con el libro en mis manos, hubiese decidido más bien darme una siesta inmerecida). Las tres horas en tren, sin embargo, se justificaron por dos breves momentos. Un café por allá en medio del cansancio y de la nada, y una visita relámpago a la Gemäldegalerie Alte Meister. Pensé en los pintores de El Caldero cuando, después de buscar y buscar, encontré por fin la sala donde yacen algunas pinturas de Rembrandt. ¡Cuánto podrían aprovechar ellos semejante lugar! Nunca va a haber suficiente tiempo para mirar esa rara escasez de luz. Por otra parte, no los quiero abrumar con los nombres no vistos que acompañan al del holandés.
Me despedí de las plazas pensando en la necesidad de volver. Todo tan restaurado y yo ya con pereza de viejo. Cosas se ven.
A propósito del turismo, estuve en Dresde el fin de semana pasado. Mientras más cuenta me daba de la importancia histórica de la ciudad, más aburrido me ponían el sol, los compañeros y la guía. ¿Con qué tara me vine de Colombia? Ese día sentí que prefería leer un libro sobre la Frauenkirche que subir a su imponente cúpula (sin que, por demás, nada garantice que, con el libro en mis manos, hubiese decidido más bien darme una siesta inmerecida). Las tres horas en tren, sin embargo, se justificaron por dos breves momentos. Un café por allá en medio del cansancio y de la nada, y una visita relámpago a la Gemäldegalerie Alte Meister. Pensé en los pintores de El Caldero cuando, después de buscar y buscar, encontré por fin la sala donde yacen algunas pinturas de Rembrandt. ¡Cuánto podrían aprovechar ellos semejante lugar! Nunca va a haber suficiente tiempo para mirar esa rara escasez de luz. Por otra parte, no los quiero abrumar con los nombres no vistos que acompañan al del holandés.
Me despedí de las plazas pensando en la necesidad de volver. Todo tan restaurado y yo ya con pereza de viejo. Cosas se ven.
5 comentarios:
Querido forastero: nostalgia, olvido, calma, ligereza… Sí, debe ser complicado para ti entenderlo. Creo que ellos tampoco lo han entendido, nunca lo entenderán, a pesar del tono crítico de cualquiera de las películas creadas o del sirirí tecnológico que lo explique. Esa ciudad tiene mucho para contar: lamentos y no lamentos.
¡Que el sol noble de la primavera te acompañe en tus próximos paseos y que tu sentido de orientación no permita que te pierdas en el tranvía!
¿Se puede buscar en una ciudad como esa el aliento de las minorias? Digo, acudir a un restaurante Libanés, entablar conversaciones con un arabe, con un israelí, con otro extranjero, de lo que llaman extranjería. Podrás disfrutar de alguna lengua que no se entienda? ¿pedís instrucción para llegar a algún sitio y no entendés para que preguntaste, y escuchás una respuesta que tampoco? ¿Guardás un billetico de veinte mil para la buena suerte? ¿Ya te encontraste el billetico de 10 euros equivalente al billetico de veinte que buscabas en esas amplias jornadas ociosas acá en Medellín? Por más ocupado que mantengás en hacer turismo (por lo que veo esas jornadas son un completo invento para cada occidental)¿has probado suerte? ¿no importa si buena o mala? ¿te ha engañado algún manjar, algo que creyeras que fuera delicioso pero que termina siendo puro escombro, puro cebo? y la emergencia alimentaria, ¿se nota? ¿Te suda la nariz? ...
No importa, nada de esto tenes que conversarlo. Era tan solo para elogiar al forajido, perdon, al forastero.
Que buena esa fuerza centrifuga de tranvias y metros tan veloces, seguro que los calcularon para que en un menor descuido, en un bostezo, fueras a dar al museo del oro en Bogotá. o a Botswana.
Que gusto este disgusto con la "novedad" de los occidentales,(Sin geografía) Ya eras un ciudadano del mundo, muchacho, ya, no había necesidad de viajar, ahora seguirá lo bueno.
Noté que le cambiaste el final, o es impresión mia?, sólo se que hay una diferencia enorme entre estar en obra negra y estar viejo, la primera tiene el aliento del inicio y lo inacabado, lo segundo de lo que está en el ocaso, pero, cómo esa ciudad que estas aprendiendo a vivir, tiene la posibilidad de ser revivido en un acto de memoria casi enfermizo.
¿Como estas vos?, ¿inconcluso acaso? dispuesto a envejecer medio hecho, a mitad de camino, con la vaga idea de lo que pudo haber sido pero no fue.
O por el contrario ya viejo, acabado (terminado), ¿en obra blanca? ¿dipuesto para ser restaurado?.
La restauración oculta una vejez profunda, es engañoza, es maquillaje. Los colores avivados del presente intetan ocultar la penumbra.
La ciudad museo guarda mucho más de muerte que de juventud, es bueno disfurtar de ambas. Que no se pierda de vista el pasado y mucho menos la interpretación del presente.
Puede ser que, al igual que en los edificios antiguos a medida que raspas sus paredes puedes ir viendo las capas de pintura, las capas de años atrás, puedas hacer lo mismo con su gente, que quitándole las capas de ligereza mostrarán el peso que llevan.
las generaciones van desapareciendo y con ellas los recuerdos de un pasado doloroso, es facil imaginarse a uno de los clientes de los cafés contandole a sus amigos que su abuelo que no quiere ni a los negros, ni a los judios ni a los inmigrantes que les roban esa "paz" que les llego después de la guerra, le confeso al igual que a su padre cuando era joven que colaboro, fué a la guerra, era partidario del nacional socialismo.A pesar de esto su nieto y su hijo no dejan de sentir un gran afecto y admiracion por él. La comodidad de los ciudadanos de Berlin se traga la pesadez de la verguenza. En los tan conocidos bares de Berlin el aire asfixiante a causa del encierro, del cigarrillo y el sudor; a alguno se le debe ocurrir pensar que esa pesadez debia ser peor en tiempos de guerra.
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