Ahora verá pues que la familia Gutiérrez Giraldo se va a apropiar ciento por ciento de El Caldero. Guti lo tomó como plataforma para su manuscrito de mil quinientas páginas y ya Elizabeth anunció que le caminará a lo mismo. ¿"Tres entregas"? Eso se dice ahora, pero nada raro que la fiebre por la prolijidad los cobije a los dos. En fin, ya veremos, El Caldero se desbordó y frente a eso no cabe sino el entusiasmo (con tal de que la fecundidad del clan Curvanita permanezca en los linderos de la escritura...). Se me ocurre que en un mes o dos podríamos pensar en un balance y en la posibilidad de un sitio web. No veo problema en que compremos entre todos un espacio por un año. Habría también que pensar en quién diseña, quién edita, quien administra, etc., etc.
Hace tiempo, ya hablándote directamente a ti, mi estimada Elizabeth, estaba por responderte el comentario que qué días hiciste a la última entrada sobre Berlín. Te percataste de un cambio al final que obedeció más al pudor que a cualquier otra cosa. No es de buen gusto quejarse todo el tiempo: esta es ahora mi explicación.
En cuanto a la dialéctica entre vejez y juventud, y sus sutiles modulaciones en lo inacabado y lo dispuesto a la restauración, cabe decir que no sería mala idea ocuparse de la edad en los escritos de El Caldero. Creo que de hecho esto ya ha ocurrido espontáneamente: varias entradas, incluyendo "De casa en casa", se han remitido a la infancia, sin duda a causa de las ineludibles relaciones entre el espacio y el tiempo. Yo en todo caso quiero detentar el honor de ser reconocido como el primero que planteó el asunto de la vejez entre los miembros de nuestro colectivo. Calvicie, lentitud, conservatismo... asuntos sobre los que pronto pronto hemos de reflexionar (he ahí mi mensaje para el ceño fruncido del Metal y la barriga en expansión de Guti). Viene a mi memoria en este momento un comentario genial que alcanzaron a hacerme en Colombia y que sin duda pone en aprietos a cualquier teórico del eterno retorno: "parecés un viejo, pero verde" (!).
De acuerdo con Guti en que Urbanita toca algo que cabría explorar: el tránsito de la calle a la -óigase bien- unidad. Yo sí creo que mucha niñez está marcada por ese universo en declive que es la calle empinada. Quién sabe cómo haya sido con la burguesía envigadeña, pero al menos a mí me resulta hoy sorprendente la cantidad de amigos, enemigos, amores y desamores que podía haber en una cuadra. Lo de los límites y el peligro tras la esquina es también familiar. La historia de Medellín tal vez nos haya enseñado que ningún otro nombre conviene más a esa topografía que el de "pendiente". En su doble condición de sustantivo y adjetivo, la palabra revela esa ardua tensión de las montañas. En ellas nos levantamos unos, en ellas siguen levantando a otros. "Nada en ellas es blando", dice, en efecto, el poeta.
A propósito de tensiones, no puedo dejar de recordar esa reveladora escena hacia el final de Rodrigo D., en la que un montero negro (muy negro) se asoma por una de las esquinas inverosímilmente inclinadas del oriente sin norte que es la comuna ídem. No pasa nada. Sólo sabemos que andan buscando a alguien. Y eso basta para que esa negra presencia ensombrezca las calles ya de por sí ensombrecidas. No es casual que el sol nazca, precisamente, tras esa montaña.
Qué bueno traer a cuento a José Manuel Arango y a Víctor Gaviria. Dos espíritus indispensables para reconocer "nuestra" ciudad. Aún busco, sin éxito, una película reciente que iguale para Berlín lo que Sumas y restas logró para Medellín. Y de José Manuel, el poeta que mejor ha pensado y vivido esas calles, ¿ya conocen el libro Montañas? ¿O ese poema póstumo llamado "Égloga"? Serían buenas compañías para esto que plantea Urbanita.
Ya para finalizar, yo sí quisiera preguntarle al primer comentarista qué quiso decir con el último párrafo de su comentario: ¿aludes acaso, Guti, a lo que va del recorrido por la pendiente a su cálculo (léase niño vs. ingeniero)? Por otra parte, y de nuevo para Urbanita, me da tanta pena por Don Marcos que precisamente a ustedes, a las niñas, no se les hubiera ocurrido tratar de descifrar con el tendero mismo el significado de esa desnudez que tanto les inquietaba. “¿Y por qué le gustan tanto esos afiches con mujeres desnudas, Don Marcos?” —hubieran podido preguntar—. “¿A nosotros también se nos verá el pecho así?”. Estoy seguro de que él hubiera pasado a explicarles, con los detalles, los ejemplos y las demostraciones del caso, todo lo que hubiesen querido saber. Cuánto habría consolado a Don Marcos satisfacer algo de la curiosidad que le empezaba a crecer a tu hermana...
1 comentario:
Hola Pablo, aprovecho para saludarte y a todos los que pertenecen al blog, me gusta lo del tema de la ciudad y la verdad me encantaban los afiches de las muchachas! me entretenía verlas mientras nos despachaban en la tienda.
Publicar un comentario