Paris es una ciudad que despierta a la 7 y 30 a.m., la mayoría de sus transeúntes comienzan a salir a ésta hora. El ruido de los carros, del taconeo de las mujeres con la paranoia del retraso, de la respiración agitada de los jubilados que sacan sus perros a hacer sus necesidades sin ningún pudor del tamaño y el lugar en la calle en que los excrementos quedaran, de los niños en sus conversaciones matutinas tan impredecibles y de los que en lugar de hablar gritan y lloran por cualquier cosa por insignificante que sea, todos los ruidos de las actividades de rutina se escuchan a partir de esta hora del día.
En el balcón de mi casa se podía ver a una señora de unos 40 anos que salía a cualquier hora, en la mañana con los primeros transeúntes, en el mediodía cuando el silencio reinaba en las calles vacías de un barrio residencial en donde muy pocos podían estar en sus casas para disfrutar de un almuerzo casero, en las tardes cuando los niños regresaban del colegio con las manos ocupadas con un algo que en la mayoría de los casos se componía de galletas, panes de chocolate, brioches con una barra de chocolate en la mitad y un jugo de manzana al clima, en la penumbra en medio del agite del regreso a casa cuando las panaderías se llenaban de gente en busca de la baguette y hasta en altas horas de la noche cuando apenas se percibían algunos ruidos que en muchos casos podían ser alarmantes. Esta señora tenia la nariz puntiaguda, los ojos pequeños y rasgados con unas grandes ojeras que podían hasta brillar en la oscuridad mas densa, su mirada a causa de estas características físicas padecía una gran fatiga, una debilidad enfermiza, cuando se le cruzaba, apenas se podía percibir en el café pálido de sus ojos una ausencia y al mismo tiempo una desolación inquietante, su cabello lucia siempre igual, lo lacio y su negrura estaban organizados entre una capul finamente hecha y la parte trasera cuidadosamente peinada que le llegaba hasta los hombros, su piel era pálida y amarilla como la de una persona que padece de anemia severa, cada vez estaba vestida de la misma manera; en verano con una sudadera negra y una camiseta blanca , en invierno utilizaba lo mismo y le agregaba un abrigo azul oscuro. Siempre salía con un labrador negro como su cabello, éste al contrario de ella tenía un aspecto vigoroso, de buena salud, lo suficiente para arrastrar a su dueña y obligarla a caminar a un ritmo opuesto a la pasividad de su mirada. Parecía que el perro le robaba toda su energía y que luego de hacerlo le daba un poquito para que se mantuviera viva.
Eran muy raras las veces que salía al balcón, debido a mis ocupaciones, a que casi nunca podía estar en la casa o al frío que acobardaba hasta al mas empedernido de los fumadores, lo mas extraño es que cada vez que salía, sobre todo sin razón alguna, casualmente pasaba la mujer, esta coincidencia sumada a las veces que sin importar la hora me la encontraba y después de saber que a Martín le sucedía lo mismo, me hicieron imaginar cosas escabrosas en la vida de esa mujer con su perro y la razón por la cual quizás Martín y yo la veíamos todos los días ya sea en el balcón o en las calles estrechas de nuestro barrio.
Imaginé que era solo una imagen que se repetía, como un fantasma que había padecido en su vida de una penosa enfermedad y que su única compañía en sus momentos de agonía había sido el perro, que a causa de su soledad; su cuerpo y el de su mascota habían sido encontrados mucho después de sus muertes debido al graznido de los cuervos que se posaban todos los días en su ventana y a que el olor había llegado hasta la cocina de los vecinos que no lograban disfrutar del olor de la tarta de manzanas que preparaban para su nieto que vendría a verlos después del colegio.
Luego de unos meses llego la costumbre sumergida entre los momentos de estrés de llegar lo mas pronto posible a la estación de metro o de saber que temperatura y que tiempo haría en el día. Había olvidado la historia de esa mujer y cuando la veía, sentía cierta indiferencia mezclada con un repudio que pasaban fugazmente por mi mente al imaginar tener que depender de un perro, de dejarse robar toda su energía y dar la impresión de no ser nadie sin él. En el momento en que su silueta se perdía de mi vista mi repudio se iba con ella.
Al salir en la mañana al despertar de Paris, después de cruzarme con unos cuantos transmutes, al llegar al “paseo verde” solía ver a los ancianos que no tenían aliento de trotar o al contrario a jóvenes con sus mp3 que esperaban a sus mascotas ya sea estirando o mirando al infinito a que ellos produjeran sus excrementos de apariencia tan variable según la raza y alimentación. Al pasar y ver ésta desagradable situación, el odio a ese tipo de gente fue creciendo cada vez mas y con éste el que sentía por aquella mujer, imaginándome que cada vez que la veía, un excremento igual de grande que su animal quedaba atravesado en medio de una callejuela rodeada de árboles diseñada para que la gente de todas las edades mantenga su” cuerpo y por ende su espíritu en forma”. En la “ rue de sahel” que quedaba después del paseo verde y llevaba hacia el metro cuando me la encontraba, trataba de evitarla y mis pasos se aceleraban, la historia que había imaginado en un principio había vuelto.
Un día poco antes de irme de Paris caminando hacia la panadería a eso de las 6 de la tarde me la encontré , al contrario de lo que hacia de costumbre desaceleré mis pasos y la seguí hasta el paseo verde, hice como si fuera hacia el metro, junto a una escultura que nunca pude descifrar su forma ni la razón de su presencia en ese punto del paseo, pude verla en la misma situación que los otros dueños de perros, empecé a sentir una agresividad que me estaba dando el coraje para hacerle pagar a ella todo el repudio que me causaba el excremento circundante en todos los rincones de Paris. En el momento en que cogi fuerzas para hablarle, pude percibir por primera vez un movimiento de la señora diferente al de caminar hacia adelante casi arrastrada; metió la mano a su bolsillo y saco unos guantes de plástico mientras que tenia a su perro con la otra mano, éste en una quietud desconocida para mi, la seguía con la mirada haciendo ruidos semejantes a los que hacen estos animales cuando ven a su dueño de lejos, o cuando piden una caricia, en cuclillas la señora cogio el excremento y lo voto a la basura. En ese momento la rabia que tenia se convirtió en frustración y al mismo tiempo en una especie de lastima y de enternecimiento. Poco después la señora acaricio a su perro y siguió en dirección al metro, yo me fui en dirección contraria camino a casa, esa señora me había hecho pensar que la extrañeza de su vida era equivalente a su gesto en las costumbres de los parisinos.
Camino a casa traté de encontrar el motivo por el cual el excremento de perro me producía tanto repudio, en principio me dije que era un sentimiento normal pero al percibir la gran indiferencia con la que los parisinos convivían con esto a diario en los parques, las callejuelas, los jardines, los monumentos mas prestigiosos, los niños con sus zapatos apestando y metiéndolos al armario con la misma indiferencia que si se les hubiera pegado un chicle, me hicieron suponer que no era tan corriente. Uno de los factores que pudo haber influido es que en Medellín esto no es tan frecuente. Otro lo encontré en los recuerdos de niñez, mi mama me decía cada vez que iba a jugar en la grama: - ojo pisas un popo de perro, otras veces cuando preparaba comiditas con maticas de limón: - ojo te comés eso cochina, porque en esas maticas se orinan los perros- con estas advertencias mis deseos mas profundos de tener un perrito de moda en la casa se fueron desvaneciendo en la idea del excremento pegado eternamente en mis zapatos, la rinitis de mi hermano, las maticas de limón vinagres a causa del orín y los malos olores.
El primer día que pasé en Paris, la primera lección de mi prima fue poner mucho ojo a no pisar popo de perro, me señalaba uno de un tamaño escandaloso y un color para mi desconocido.
Ahora aquí en Medellín siento la ausencia de este espectáculo matutino, debido a que donde vivo es un lugar retirado y finamente cuidado y a que cuando salgo en las mañanas estoy en un bus y no alcanzo a percibir detalles que seguro deben de tener algo en común a Paris, sobretodo en estos barrios aledaños al estadio en donde los jubilados y los trabajadores con horarios anormales van a hacer deporte. El domingo es otro día en donde se deben ver situaciones aun más similares a las de Paris en un día de semana. Lo que si puedo asegurar es que la concentración de excrementos a lo largo del paseo verde, en las callejuelas aledañas al “paseo verde” y todos los rincones parisinos no me vienen a los recuerdos cuando me paseo por las zonas verdes de Medellín, en medio de la oscuridad en la cual los medellinenses comienzan su día.
En el balcón de mi casa se podía ver a una señora de unos 40 anos que salía a cualquier hora, en la mañana con los primeros transeúntes, en el mediodía cuando el silencio reinaba en las calles vacías de un barrio residencial en donde muy pocos podían estar en sus casas para disfrutar de un almuerzo casero, en las tardes cuando los niños regresaban del colegio con las manos ocupadas con un algo que en la mayoría de los casos se componía de galletas, panes de chocolate, brioches con una barra de chocolate en la mitad y un jugo de manzana al clima, en la penumbra en medio del agite del regreso a casa cuando las panaderías se llenaban de gente en busca de la baguette y hasta en altas horas de la noche cuando apenas se percibían algunos ruidos que en muchos casos podían ser alarmantes. Esta señora tenia la nariz puntiaguda, los ojos pequeños y rasgados con unas grandes ojeras que podían hasta brillar en la oscuridad mas densa, su mirada a causa de estas características físicas padecía una gran fatiga, una debilidad enfermiza, cuando se le cruzaba, apenas se podía percibir en el café pálido de sus ojos una ausencia y al mismo tiempo una desolación inquietante, su cabello lucia siempre igual, lo lacio y su negrura estaban organizados entre una capul finamente hecha y la parte trasera cuidadosamente peinada que le llegaba hasta los hombros, su piel era pálida y amarilla como la de una persona que padece de anemia severa, cada vez estaba vestida de la misma manera; en verano con una sudadera negra y una camiseta blanca , en invierno utilizaba lo mismo y le agregaba un abrigo azul oscuro. Siempre salía con un labrador negro como su cabello, éste al contrario de ella tenía un aspecto vigoroso, de buena salud, lo suficiente para arrastrar a su dueña y obligarla a caminar a un ritmo opuesto a la pasividad de su mirada. Parecía que el perro le robaba toda su energía y que luego de hacerlo le daba un poquito para que se mantuviera viva.
Eran muy raras las veces que salía al balcón, debido a mis ocupaciones, a que casi nunca podía estar en la casa o al frío que acobardaba hasta al mas empedernido de los fumadores, lo mas extraño es que cada vez que salía, sobre todo sin razón alguna, casualmente pasaba la mujer, esta coincidencia sumada a las veces que sin importar la hora me la encontraba y después de saber que a Martín le sucedía lo mismo, me hicieron imaginar cosas escabrosas en la vida de esa mujer con su perro y la razón por la cual quizás Martín y yo la veíamos todos los días ya sea en el balcón o en las calles estrechas de nuestro barrio.
Imaginé que era solo una imagen que se repetía, como un fantasma que había padecido en su vida de una penosa enfermedad y que su única compañía en sus momentos de agonía había sido el perro, que a causa de su soledad; su cuerpo y el de su mascota habían sido encontrados mucho después de sus muertes debido al graznido de los cuervos que se posaban todos los días en su ventana y a que el olor había llegado hasta la cocina de los vecinos que no lograban disfrutar del olor de la tarta de manzanas que preparaban para su nieto que vendría a verlos después del colegio.
Luego de unos meses llego la costumbre sumergida entre los momentos de estrés de llegar lo mas pronto posible a la estación de metro o de saber que temperatura y que tiempo haría en el día. Había olvidado la historia de esa mujer y cuando la veía, sentía cierta indiferencia mezclada con un repudio que pasaban fugazmente por mi mente al imaginar tener que depender de un perro, de dejarse robar toda su energía y dar la impresión de no ser nadie sin él. En el momento en que su silueta se perdía de mi vista mi repudio se iba con ella.
Al salir en la mañana al despertar de Paris, después de cruzarme con unos cuantos transmutes, al llegar al “paseo verde” solía ver a los ancianos que no tenían aliento de trotar o al contrario a jóvenes con sus mp3 que esperaban a sus mascotas ya sea estirando o mirando al infinito a que ellos produjeran sus excrementos de apariencia tan variable según la raza y alimentación. Al pasar y ver ésta desagradable situación, el odio a ese tipo de gente fue creciendo cada vez mas y con éste el que sentía por aquella mujer, imaginándome que cada vez que la veía, un excremento igual de grande que su animal quedaba atravesado en medio de una callejuela rodeada de árboles diseñada para que la gente de todas las edades mantenga su” cuerpo y por ende su espíritu en forma”. En la “ rue de sahel” que quedaba después del paseo verde y llevaba hacia el metro cuando me la encontraba, trataba de evitarla y mis pasos se aceleraban, la historia que había imaginado en un principio había vuelto.
Un día poco antes de irme de Paris caminando hacia la panadería a eso de las 6 de la tarde me la encontré , al contrario de lo que hacia de costumbre desaceleré mis pasos y la seguí hasta el paseo verde, hice como si fuera hacia el metro, junto a una escultura que nunca pude descifrar su forma ni la razón de su presencia en ese punto del paseo, pude verla en la misma situación que los otros dueños de perros, empecé a sentir una agresividad que me estaba dando el coraje para hacerle pagar a ella todo el repudio que me causaba el excremento circundante en todos los rincones de Paris. En el momento en que cogi fuerzas para hablarle, pude percibir por primera vez un movimiento de la señora diferente al de caminar hacia adelante casi arrastrada; metió la mano a su bolsillo y saco unos guantes de plástico mientras que tenia a su perro con la otra mano, éste en una quietud desconocida para mi, la seguía con la mirada haciendo ruidos semejantes a los que hacen estos animales cuando ven a su dueño de lejos, o cuando piden una caricia, en cuclillas la señora cogio el excremento y lo voto a la basura. En ese momento la rabia que tenia se convirtió en frustración y al mismo tiempo en una especie de lastima y de enternecimiento. Poco después la señora acaricio a su perro y siguió en dirección al metro, yo me fui en dirección contraria camino a casa, esa señora me había hecho pensar que la extrañeza de su vida era equivalente a su gesto en las costumbres de los parisinos.
Camino a casa traté de encontrar el motivo por el cual el excremento de perro me producía tanto repudio, en principio me dije que era un sentimiento normal pero al percibir la gran indiferencia con la que los parisinos convivían con esto a diario en los parques, las callejuelas, los jardines, los monumentos mas prestigiosos, los niños con sus zapatos apestando y metiéndolos al armario con la misma indiferencia que si se les hubiera pegado un chicle, me hicieron suponer que no era tan corriente. Uno de los factores que pudo haber influido es que en Medellín esto no es tan frecuente. Otro lo encontré en los recuerdos de niñez, mi mama me decía cada vez que iba a jugar en la grama: - ojo pisas un popo de perro, otras veces cuando preparaba comiditas con maticas de limón: - ojo te comés eso cochina, porque en esas maticas se orinan los perros- con estas advertencias mis deseos mas profundos de tener un perrito de moda en la casa se fueron desvaneciendo en la idea del excremento pegado eternamente en mis zapatos, la rinitis de mi hermano, las maticas de limón vinagres a causa del orín y los malos olores.
El primer día que pasé en Paris, la primera lección de mi prima fue poner mucho ojo a no pisar popo de perro, me señalaba uno de un tamaño escandaloso y un color para mi desconocido.
Ahora aquí en Medellín siento la ausencia de este espectáculo matutino, debido a que donde vivo es un lugar retirado y finamente cuidado y a que cuando salgo en las mañanas estoy en un bus y no alcanzo a percibir detalles que seguro deben de tener algo en común a Paris, sobretodo en estos barrios aledaños al estadio en donde los jubilados y los trabajadores con horarios anormales van a hacer deporte. El domingo es otro día en donde se deben ver situaciones aun más similares a las de Paris en un día de semana. Lo que si puedo asegurar es que la concentración de excrementos a lo largo del paseo verde, en las callejuelas aledañas al “paseo verde” y todos los rincones parisinos no me vienen a los recuerdos cuando me paseo por las zonas verdes de Medellín, en medio de la oscuridad en la cual los medellinenses comienzan su día.
3 comentarios:
Todo este fragmento tiene una gran cantidad de contenido común y es para mi inevitable reir. Pobre tipa, pobres parisinos, pobres medellinenses.
Ese paseo, da una mirada muy desoladora de paris, con toda su historia y toda su técnica. En vano la fuerza de mil ejercitos, de miles de soldados del lado de la modernidad.
La historia de esta posesa precedida de su perro, parece la historia de una nación...que bonita versión.
¿Estuviste acaso cerca de cometer un crimen, mi estimada Juliana? Esa persecución inimaginable, como salida de la nada...
En cuanto a la zooescatología parisina, una breve anécdota: en medio de una conversación con un arrogante alemán, escuché los consabidos elogios a la riqueza natural de Colombia. En el predecible paralelo subsiguiente, el tipo me dijo:
-Alemania en cambio no tiene muchas cosas. Tenemos, sí, la cabeza, pero no los recursos naturales.
-Sí. Ustedes tienen la cabeza (Kopf, en alemán). Es una falla que en Colombia estemos tan atrasados.
-¿Cómo así? -preguntó.
-Me refiero a que aquí todo está muy organizado, incluso en las calles -aclaré-. En Medellín, en cambio, como no hay baños públicos, la gente tiene a veces que hacer las necesidades en la calle.
-¿Verdad? Pero yo estuve en Bogotá y...
-Bogotá es diferente -interpuse-. Yo por ejemplo vivía en un barrio de mediano nivel donde era normal que la gente, no sólo los mendigos, hiciera sus necesidades en algún rincón de un jardín.
-Tal vez los mendigos, pero la gente normal... no lo creo -replicó entre escéptico e indiferente.
-Yo por ejemplo -continué-, lo hice un par de veces sin mucho problema. La gente sabe en qué anda uno y lo deja tranquilo, sin mirar mucho.
Es vano sentir odio por la máquina humana. Pero es mas interesante estudiar o alimentar la curiosidad que nos producen tantos transeuntes. Seguirlos o imaginarlos?
Publicar un comentario