Esta primera intervención ha tenido mil comienzos gracias a sus mil finalidades, dada la tardanza para publicar fue difícil decidirme por cuál sería el tema, qué dentro de la infinidad de provocaciones que me hace la ciudad sería la desencadenadora de esta escritura.
Para decidirme partí de la ciudad, que me pareció excesivamente general y lo único decible sobre ella eran teorizaciones, conceptos y metáforas tan poco apropiadas para este espacio que se desechó a sí misma, sin embargo me pregunto si no sería interesante conocer que piensan mis amigos calderistas de lo que es ciudad, aunque creo que lo iremos vislumbrando en cada intervención. Luego pasé a Medellín, que también me pareció pretencioso y más que pretencioso equivocado, pues sencillamente no se puede hablar de Medellín, por lo menos no en un tono personal y a menos que uno sea alcalde o concejal, debido a esa circunstancia inalterable de la realidad que no se nos presenta de la misma manera a todos.
Debido a esto decidí hablar de la Medellín que he vivido, que finalmente tiene mucho que ver con lo que pienso y opino sobre la ciudad en general, de la Medellín en general. Este es un relato en primera persona que reconstruye una relación, que hoy parece mía pero que podría ser de cualquiera, con ese entorno palpable que me ha contorneado y yo imperceptiblemente lo he demarcado, delimitado, apropiado, lo he hecho.
Para no hacer muy larga la lectura, el texto está dividido en tres partes que serán puestas en este espacio en diferentes días, cada parte tiene sentido en sí misma y puede ser leída como unidad aunque hace parte de un conjunto.
Para decidirme partí de la ciudad, que me pareció excesivamente general y lo único decible sobre ella eran teorizaciones, conceptos y metáforas tan poco apropiadas para este espacio que se desechó a sí misma, sin embargo me pregunto si no sería interesante conocer que piensan mis amigos calderistas de lo que es ciudad, aunque creo que lo iremos vislumbrando en cada intervención. Luego pasé a Medellín, que también me pareció pretencioso y más que pretencioso equivocado, pues sencillamente no se puede hablar de Medellín, por lo menos no en un tono personal y a menos que uno sea alcalde o concejal, debido a esa circunstancia inalterable de la realidad que no se nos presenta de la misma manera a todos.
Debido a esto decidí hablar de la Medellín que he vivido, que finalmente tiene mucho que ver con lo que pienso y opino sobre la ciudad en general, de la Medellín en general. Este es un relato en primera persona que reconstruye una relación, que hoy parece mía pero que podría ser de cualquiera, con ese entorno palpable que me ha contorneado y yo imperceptiblemente lo he demarcado, delimitado, apropiado, lo he hecho.
Para no hacer muy larga la lectura, el texto está dividido en tres partes que serán puestas en este espacio en diferentes días, cada parte tiene sentido en sí misma y puede ser leída como unidad aunque hace parte de un conjunto.
Línea
La primera cosa mía de Medellín fue una calle, empinada, amplia, con andenes desfigurados y una topografía nada propicia para ningún juego con balón y ningún juguete con llantas, aún así insistíamos en una infinidad de juegos que en cualquier descuido terminaban en una pelea para ir por el balón hasta abajo, la cual se podría repetir 5 o 6 veces en una partida y estaba precedida por una corrida maratónica de alguno del grupo que desistía y terminaba por apoyar sus brazos sobre las rodillas estiradas, respirando fuertemente mientras miraba con desilusión el balón irse por la “bajada”, que iba a parar al plan de la estación de policía, lugar de los partidos domingueros entre los muchachos del barrio, mayores que nosotros y hundidos en la historia de los años ochenta hasta ahogarse.
Al igual que las cientos de calles que tiene Medellín en sus laderas, ésta separaba casas pintorescas, “pajareras” construidas a ojo y una que otra casa ruinosa que recordaba la cercanía de la pobreza. Nada particular la distingue de otras calles, tal vez que es la única que queda arriba del Sena, abajo del Consumo, volteando por el Maratón a la izquierda y luego otra vez a la izquierda. No tiene mangas, ni jardines, ni árboles, es asfalto desnudo, una perfecta pizarra para golosas.
Sus límites son sencillos: empieza y termina con las casas en las que vivían mis amigos, ni una más ni una menos. Las dos esquinas hacia arriba marcan una frontera natural, hacia abajo la casa del último niño que conocía a cuatro casas de la mía y al frente de él la tienda de Don Marcos donde vendían los corozos, moritas y manzanitas. Tienda que gracias al fetiche de su dueño estaba forrada de recortes de revista de mujeres desnudas, monas, exhibiendo sus senos entre las bolsas alargadas de galleticas y por supuesto robándose la atención de todos los que íbamos, que nunca nos quejamos, que nunca hablábamos mientras esperábamos nuestros dulces, nos quedábamos atentos, intentando descifrar no se que en esa desnudez, intentando comprender tanta variedad de tetas, de mujeres, que además se desnudaban sin recato ante nosotros.
Hacia las esquinas, en una de ellas, está la casa de Lady y Gina, amigas de juegos, sin particularidad alguna, simplemente niñas, una morena la otra amonada, una mayor la otra menor, siempre pensé que eran hermanas, más grandecita descubrí que eran primas, pero hoy dudo si realmente lo eran. En la otra esquina la tienda de doña Rosalba, que hoy es un almacén, de sillas rojas, vitrinas verdes y un surtido bastante llamativo, allí en una de sus entradas se sentaba mi abuelo cuando pasaba sus días acá en Medellín, a tomarse sus guaros, de ese lugar tengo imágenes nítidas cuando él me cargaba en sus piernas y me raspaba suavemente la cara con su barba apenas saliéndole mientras yo gritaba que no, pero realmente disfrutaba de ese segundo que era para mí. Esta tienda tenía otra característica especial, provechosa para cualquier niño, podía pedir y decir “doña Rosalba, mi mamá después paga”, era una fuente inagotable de dulces y chucherías unas veces con permiso otras a escondidas.
Entre esos límites estaba mi cuadra, mi dominio, lo demás era frontera, no era propio, extraño y así mismo sus habitantes. Con una territorialidad cercana a la de las tribus, poseíamos esos cuantos metros de calle y los niños de las calles de más allá sencillamente eran denominados “los de la otra cuadra”, quienes a mis ojos se veían tan distintos, desconocidos, provenientes de un espacio cercano al peligro que incluso inspiraba miedo. Tal situación estaba dada especialmente por el odio de los niños de mi cuadra, los varones, hacia los de la otra cuadra, odio inexplicable e injustificado, que era correspondido. Además de esto para nosotros los malos, los viciosos y sicarios provenían de las otras cuadras, nunca de la nuestra, luego yo vería lo equivocado de esto al darme cuenta de las muertes de los hermanos mayores de mis amigos, de sus primos, tíos.
Hoy me doy cuenta del halo de protección que me brindaba la cuadra, jugar, correr, gritar, todo estaba precedido por la existencia de ese espacio, en el que transcurrían las vidas insignificantes de unos niños pobres, entre los cuales mi hermana y yo éramos las más acaudaladas pero nunca supimos cuanto, ni que tan pobres eran los otros, es más creo que nunca supimos que éramos pobres en realidad. Posiblemente lo que nos diferenciaba a nosotras dos de los demás era esa dignidad del campesino que nos cultivaron, la riqueza y la abundancia del campo que nos acompañó siempre gracias a mi abuelo y por supuesto mi madre.
Y sería ella quien apenas se empezaron a formar nuestras caderas, comenzamos a ser más señoritas y sobre todo mi hermana mayor empezó a sentir curiosidad por los muchachos, nos sacó de la cuadra y nos instaló en la seguridad del conjunto.
2 comentarios:
Este resumen de la ciudad que nos ronda y que rondamos queda "completado" acudiendo a la linea inclinada, a la ladera, donde todo rueda, donde escribir sobre la calle llamadas a la paz o al año nuevo podría pertenecer a la misma corriente del que escribe panfletos en las paredes. Pienso que ahí hay una semilla importante, el recuerdo de cuadra-territorio, que también yo viví, luego ir a guarecerse al conjunto.
Es una perla, preguntarse por la ciudad y pasar por: pueblo, barrio, territorio, creo que esto es abundante en nuestra ingenua nocion de ciudad.
Me parece que uno dedica mucho tiempo a pensar en la energía potencial que almacena un grave caminando, jugando y tambien viviendo en esa ladera, dedica otra porcion de tiempo atento a que resbale, ruede, se despeñe, caiga, se derrame, perezca, lo maten y el resto de tiempo, escaso, se buscan clavos, piolas, pegas y uñas para que el grave permanezca en la ladera, para que esa ladera tenga esa apariencia de permanente, que sea ciudad, ¿que sea mÁrgen?.
Pregunto si la energía nuestra por estar en el caldero sea por estar tan cerca al caldo, por estarnos cocinando, porque algo se colgó de nosotros repentinamente y nos tumbó de ese barrio, nos hundió en eso pando que nos impide ver lo que acontece sobre la montaña.
Empecé con el comentario pero me fui extendiendo. Necesité además recursos de formato no ofrecidos bajo esta función. Así que lo publiqué como entrada. Perdonen si les incomoda, pero todo fue por la legibilidad.
Saludos
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