domingo, 11 de mayo de 2008

4. El párpado.

Donde se representa a pinceladas gruesas la historia de la familia de nuestra heroína Emma. Los tesoros de su madre empiezan a decapar una suerte de imágenes predispuestas para la composición del pasado.

Alguna vez, había preguntado a mi madre acerca de donde había permanecido mi padre todos esos años. Ella de corta y evasiva mueca me contesto entonces –yo interpreté-- que se había ido para no volver, que se había ido para Centroamérica, estados unidos o Europa, incluso malasia. Todos estos mundos valiéndose de un globo terráqueo envejecido con el que contábamos en nuestra casa en la ciudad y que siempre tuvimos en el campo, era la ventana hacia el mundo. Ventana que solo pude abrir mayorcita con el cobijo del conocimiento escolar.

A las pertenencias de mi padre hice dos visitas, hasta esa tarde en la que él había nacido, aparecido como exhalación del infierno. Mi madre, que buscaba unos hilos para remendar mi disfraz de hada, el año pasado, sacó una curiosa caja para guardar utensilios de costura. Esta caja, vista en reposo, vendría siendo un hexaedro regular alargado, con una manija en metal y madera que saldría del corazón de uno de sus costados rectangulares. Al apoyarla en un lugar plano y firme, la caja, desplegaba un par de patas en forma de ues que salían también del mismo agujero central en los laterales rectangulares. De no más de dos kilos de peso, en metal y madera de comino crespo, precavidamente tratado con barniz transparente para que sus visos intercambiaran su brillo al rotarle frente al bombillo. Cuatro rodachinas torneadas de madera, un poco más dura, rotaban con eje en las ues y se acomodaban a la superficie firme y plana, que por la flexibilidad del lomo de las ues del cajoncito no quedaba cojo, quedaba apoyado sobre las cuatro ruedas como una mula en sus cuatro patas. Mas tarde entendería por explicaciones pacientes de juando porqué un mueble rígido parado en tres patas, no cojeaba, no así uno de cuatro.

El cuerpo de la caja de aristas afiladas pero que no cortaban, que mi madre había seguramente cuidado con todo su empeño para que se mantuvieran a ese grado de pulimento, guardaba entre las dos caras opuestas a las caras laterales un par de maniguetas retractiles en acero forjado diminuto, como trabajo de orfebre (no como de cerrajero), con damasquinos criollos grabados sobre las superficies convexas, que descubrían al expulsarse un cuello torneado metálico que se asían a la delicadeza de los dedos de mi mama. Puestas ambas bellas manos a lado y lado de la caja no más grande que una vitoria (le comparo con una Vitoria porque para ese día sobre la mesa había una vitoria de por lo menos tres kilos que días después se haría dulce y motivo de disfrute), mi madre halando desde las maniguetitas, quebró la regularidad hexaédrica de la caja para convertirla en un escarabajo desplegando sus alas.

Seis compartimentos se abrieron, gracias a unas bielas metálicas que articulaban los dos primeros niveles de cajones que se desplazaron uno sobre otro longitudinalmente y adyacentes. Los dos compartimentos superiores rotaban sobre dos husillos, uno a cada lado, en madera lisa cuya procedencia aun no se ha podido identificar. Rotaban abrazando el par de mástiles del conjunto de la primera manija, la de transporte, la principal. Con movimientos rotativos de despliegue muy suaves de los cajoncitos superiores, de fondo tejido con un mimbre atravesado por la luz entre los agujeros de no más de tres milimetros de diámetro, mi madre abrió las tapas de, los parpados. Las tapas venían decoradas con un grabado de abejas danzantes alrededor de una bailarina central, que yo creí mucho tiempo, estaba disfrazada de chicharra, ahora viendo la caja junto a mí, sobre mi escritorio, reconsidero: es la abeja reina, presta a aparearse con una corte de zánganos (otra imagen de genio descubro allí, en medio de mi infancia).

De los compartimentos destripados, de los seis a la vez, surgió un universo de objetos que guardaba mi madre y que reflejando la luz del bombillo encandilaron mis ojos, que a esa hora, esa tarde ya se habían tornado amarillosos. Hilos de mil colores, pedacitos de tela de diferentes texturas y colores, frasquitos de inyecciones con dientes de leche dentro, tijerillas de acero toledano con damasquinos en sus orejas. Una cadena de plata con un camafeo, que al abrirse revelaba dos fotografías concienzudamente recortadas en elipse y con el tamaño de la yema del dedo pulgar de mi madre, un poco manchadas por el oxido en los bordes y los rostros de mis abuelos maternos en blanco y negro, que morirían el uno frente al otro en el baulito de recuerdos. Un mechón rubio de cabello y también otro castaño. Tres pergaminitos en miniatura de cortezas finas de madera, que gracias a los años habían perdido flexibilidad, con rodillos de bambú delgados y cortos, con sonetos e inscripciones románticas escritos por mi padre con caligrafía diminuta para mi madre. (Tan solo pude leerlos años después de que él muriera, antes de que se fragmentaran, armada con una lupa y una pinza reconstruí los sonetos con nula firma).

Después vino la sesión de fotografías arrumadas en uno de los espacios más profundos del primer nivel. Primera y en mi frente emergió una de mi padre montado en un caballo, con sombrero de mariachi, foto plena de color por unos algodones de azúcar que habían puesto detrás del caballo pinto de mi brioso y joven diablo. A esta le siguió una foto en blanco y negro, hecha sepia por el tiempo: mi madre haciendo su primera comunión con un velo hasta los hombros y un vestidito blanco corto hasta la rodilla, con florecillas en relieve regadas. Al sirio de esa primera comunión que alumbraba con una tenue luz, le siguió una foto de mi padre con un sirio apagado del todo, que portaba mientras se confirmaba, ya con pelos hasta la nuca, al lado de su hermana Séfora. Complementaba la composición un reguero de feligreses que se amontonaban en fila para que la cámara operada por un fotógrafo experto, cogiera los zapatos lustrados de todos los confirmandos valiéndose de la perspectiva y de la amplitud del templo.

Una foto de los dos, mi madre con juando en brazos y los ojos perdidos en el mundo paralelo del que extraen las fotos, la pose sostenida por un tiempo no mayor de 5 segundos que se eterniza y dura nada. Mi padre, sí miraba al frente, con el cuello erguido y con el hombro de mi madre clavado en su pecho mientras sostenía por detrás un listón de color violeta que se elevaba por la acción del viento, al parecer parte de una cola de cometa. Otra foto de ambos en que mi madre sostenía la cabeza de un niño enfrentado a un chorro de agua, mi abuela materna hacia parte de la composición dichosa y unos cuantos extraños de ojos amarillos brillantes.

La mitad de una foto desmembrada por la muñeca de mi madre, que sostenía seguramente la mano de mi padre, en un plano general con un jardincillo de hortensias y un muro pintado con cal al fondo. Mi madre sonriendo: Qué imagen. Entre otras fotos estaba también la de juando con uniforme de colegio y mi padre sosteniéndole el brazo izquierdo que juando no templaba por obvio desacuerdo con la foto o con la condición de colegial. Una foto más con juando, mis tías Séfora y Martha, mi madre, todos en traje de baño, también mi padre en pantaloneta mojada y una camisa de manga corta cubriéndole los hombros y con el costillar expuesto al lente. Un insípido vientre y una sonrisa pegajosa con la fuente en su estado original al fondo. Mi madre en vestido de baño sostenía un bebe desnudo, esa supongo era yo.

Unas cartas dobladas en ocho y unas postales con la estatua de la libertad al fondo, un caset, otro caset y otro caset. Un as de oro de naipe español que supongo era un agüero (a no ser que fuera la última carta que quedara de las restantes 51 extraviadas). Un par de anillos entre un bolsillito rojo de terciopelo que no eran de oro, un pañuelito de seda y flores de varios colores, una esquelita que juando había preparado para el día de la madre (fechada mayo de 1990).

La segunda vez que vi las cosas de mi padre fue justo ese día en que él había regresado, poco antes de su muerte por gangrena, cuando me dio por hurgar en la caja de cartón y en el maletín, que yo había visto, le habían acompañado por el camino de la ladera. La caja y el maletín de cuero brillante olivo con sierre metálico y cuatro tachuelas de apoyo en el fondo, se encontraban reposando sobre la mesa del comedor. Con los dedos arrugados aun por el prolongado baño que había tomado en la fuente, trate de desamarrar el nudo que ataba fuertemente la cajita con parte de las escasas pertenencias de mi padre. La casa estaba muy silenciosa y unos bramidos, rugidos, ronquidos salían del cuarto de mi madre, de donde entraban y salían moscas, por la puerta no cerraba del todo.

Retire mis manos del nudo y me acerque a la puerta, por la abertura angosta, pose mi ojo pardo y observé a mis padres en lo que parecía su intimidad, artificial pero definitivamente conmovedora. El sol de las dos de la tarde que penetraba por la ventana occidental del cuarto después de traspasar vidrios opacos, mal laminados y cortinas, pegaba justo en la frente de mi padre recostado plenamente. El sol sobre las manos tendidas de mi madre que sentada sobre la cabecera de la cama y de cabeza agachada leía unos papeles importantes puestos sobre su regazo. Lectura que luego se convirtiera en siesta, al notar yo qu ella clavaba más el mentón contra su pecho. Sol que por procesos similares a la …fotosíntesis se me había transformado en compasión. Una de las manos de mi mama se traslado de su regazo a la corona peluda de mi padre y la siesta intima se hizo más seria, más oficial. Un amor, una criatura con más dientes que mi boca juvenil pero definitivamente vegetariana. Aquellas bocas tan parecidas a la mía propia, rojas, distantes, secas, silenciosas, negras, calladas por el sueño y por la vida. Retrocediendo volví al equipaje de mi padre y ya con menos sigilo trate de desatar el nudo que me separaba de la memoria. Mi padre que nunca me había dicho nada, a quien nunca había escuchado, de quien había sabido más que todo tras las esporádicas amenazas de mi madre para corregir mis malversadas palabras.

Abierta la caja como un gran parpado, salieron dos mudas de ropa casi limpias, más bien curtidas por lavadas no cautelosas; una escuadra, una piola y un nivel, tres pañuelos, dos pantaloncillos y dos pantalones de lino casi nuevos. Más al fondo unos discos en 45 rpm, que luego, en la tarde, mi padre escuchara sedado por una tranquilidad ganada, solitario, días antes de morir.

Una falda nueva para mi madre de seda de varios colores, con los colgandejos que certifican que es nueva, pude sacar del maletín verde que me apresuré a abrir. Una cachucha para juando con la bandera del Canadá, azul con letras brillantes bordadas. Regresé a la caja para sentir la textura de la falda de mi madre, memoricé la suavidad de aquella tela, delgada, tela que aun arrugada lucía, colorida con grandes rombos, adelante y atrás; estos rombos a su vez estampados con estrellas de cinco puntas bordadas de color pastel. Unas gafas que se oscurecían a la luz; unos libros con caracteres chinos en una página y en español en la otra con una foto que desbordaba sus páginas. En la foto: mi padre con las gafas puestas, sonriendo entre dos señoras de mirada perdida y con las manos arriba como cuando se entona una ranchera.

Una cajita de bombones de chocolate comidos a la mitad y una hermosa camisa blanca con rayas delgadas, perfumada, dulce, el mismo aroma al que olía mi padre cuando le abrace y le bese en esa misma semana. Una cartera con muchos papeles y un cuaderno lleno de dibujos y manuscritos de caligrafía impecable. Cuando mis manos se adentraron profundamente se encontraron con una hermosa falda corta naranjada y con manchones rosados, que aunque suene impotable combinaban alegremente. Tome la falda por la cintura y empecé a probarla sobre mi delgadez, revisando de soslayo mi cuerpo en un espejo de tamaño y marco de ataúd conservabamos de la abuela, en la sala. Las piernas llenas de cicatrices, puntitos, rastros de zancudos y de otros bichos. La falda que combinaba a cabalidad con mi cabello desordenado. Regrese la falda a su lugar y volví a husmear en la cabeza de mi padre. Una muñequita salió con un par de motas de polvo, una muñequita vestida por mi madre que había dejado de ver en algún instante durante mi infancia. Muñeca que yo guarde junto a mí en muchas noches de invierno cuando el viento y la oscuridad no lograban esconder las ráfagas segadoras de vida, de juventudes dedicadas a la guerra.

Un vestido de baño era lo que seguía, mis ojos encontraban en la cabeza de mi padre huellas que se parecieran a mí. Mis labios dibujaron una sonrisa reflejada en el viejo espejo. Ahora mismo tenía un regalo de mi padre, al lado de una muñeca ya casi olvidada, la que busqué por todo el solar, por la era, por los potreros de la tuerta de victoria, en el solar de los Ruas y que había acompañado a mi padre en tantas noches. Estaba feliz con aquel nuevo vestido de baño. Mi padre tantas veces negado por las lágrimas de mi madre, había robado algo de mí para tenerme cerca y me lo había devuelto en un silencio que oportunamente explicaría todo.

1 comentario:

Pablo dijo...

Comencé a leer hace una semana el diario de Ana Frank. Por fortuna encontré la versión española del libro en la tienda del Jüdisches Museum Berlin. Sobre esta visita y sobre los judíos aspiro a publicar un párrafo en El Caldero. Como saben, este Diario fue escrito por una niña judía en un escondite holandés durante los últimos años del Holocausto. De junio del 42 a agosto del 44 Ana Frank llenó pacientemente casi 400 páginas. La niña tenía nada más 13 años. Muchas cosas habría para comentar al respecto, pero el propósito de la mención es recomendarle el libro a Guti, aunque no sé si él piense como aquel renombrado filósofo para quien los períodos creativos significaban la ausencia completa de cualquier libro en la habitación. Me atrevo a nombrar un título que bien puede interesar a quien se esté enfrentando a la realidad de una mujer con semejante edad.
Asimismo, creo que un libro muy emparentado es El amante, de Marguerite Duras. Se trata, claro, de otra cosa, pero estoy seguro de que para las inquietudes que inevitablemente le han surgido Guti con La Curva, ambos títulos resultan apropiados.
De otra lado, recuerdo haber elogiado la paciencia del texto de Guti. Pero por lo visto La Curva ha terminado por complacerse en el generoso ocio de las descripciones. Quedo a la espera de lo que siga pasando.