En este pasaje la familia protagonista de este relato tiene un encuentro en la mesa donde una serie de gestos y de malabares silentes enteran a Emma de la sed de su padre y del amor de su madre.
Sentados a la mesa mi madre solía ponernos antes que nada una fruta fresca, antes de la sopa, la locomotora del tren de delicias de mediodía, que hacían soberanos cada uno de nuestros bostezos (¿de vacaciones de la escuela?). Un nuevo comensal hacía el almuerzo irregular, no a la cabecera, -- nuestra mesa era democráticamente cuadrada, equilátera—sino en el puesto que siempre quedaba desocupado, con la silla en uno de los rincones del comedor. El puesto que ocupara dieguito, ese día sostendría la humanidad del ausente, del moribundo.
Allí mismo solían sentarse mis tías: Martha y Séfora que venían dos o tres veces por año. No una encima de la otra, una venía para mi cumpleaños, otra para el de Juan Domingo y coincidían en diciembre. Dos señoras con voces de locutoras de radio, con acento especial y que pronunciaban la s con un silbido vida que escapaba a través del intersticio que dejaban sus dientes ya postizos. Voces parecidas a aquellas del radiecito de juando que contaban las espeluznantes historias de la ciudad, voces de dicción impecable. Recuerdo que cuando venían, al conversar de un tema censurable ante mí, mientras distribuían sus palabras hacia la mirada de mi madre y hacia el oído de juando, me ojeaban de sesgo para que ellos dos entendieran que yo no debía escuchar. Actitudes preparadas de ambas tías que besaban mi mejilla con ternura al llegar y que dejaban labiales a propósito tras su partida, para que yo los usara en mis juegos preparativos.
Ellas que llegaban cargadas con regalos para mí; que me habían vestido insistentemente a pesar de mi maltrato a los atuendos citadinos; que tomaban el café con un sorbido congénito; que atrapaban mis manos entre las suyas y con las uñas raspaban las yemas de mis dedos arrugadas por mis largos baños en la fuente, traían siempre noticias de mi padre (aunque yo sólo lo supiera tiempo después), conocían su pena y se convertirían en artífices de mi vida nueva, no renovada. Séfora y Martha serán parte de este relato que para este momento se traslada alrededor del hambre.
Ese retardado mediodía una naranja abrió el apetito, la que mi madre para sus hijos peló meticulosamente y trajo desnuda en su cáscara interior blancuzca y aterciopelada. Para mi padre, en cambio, la naranja permanecía intacta tal cual se había descolgado del naranjo, incluso con un pedazo de rama y una hojita ya seca sobre el polo del amarillo y relleno manjar.
El papá, de seño fruncido, pésimo para ocultar el dolor, delatado por sus cadenciosas exhalaciones, --profundas aunque exhalaciones era como si el vacío inhalara vehementemente-- nos miró a cada uno: a Juan Domingo, a mi madre y a mí en el momento justo en que recorto su ritmo respiratorio para sentarse, enseguida levanto su labio superior a guisa de sonrisa y me permitió ver un diente a la mitad, que por el color, el tamaño y la posición con respecto a los demás incisivos, no podía ser una muela sino parte resistente de una demolición. Horror que superaba el acento de su nariz exageradamente roja y de su desordenada barba. Volviendo a enternecer su seño, se distrajo en aquella naranja, puesta sobre un platico, que tomaría entre su mano izquierda, de muñeca cubierta con accesorios de hilo y una banda de cuero cuyos bordes parecían cortados por dientes de fiera.
Se irguió sobre la silla mi padre y pude reconocer al hombre bello que recordaba de fotos y comentarios de mis propias tías sólo que con señales de gasto, soledad y muerte, esta última empecinada en hundirle el dedo impío entre la dolorosa herida de su muslo. Su cuerpo no tenía pipa ninguna, tampoco era demasiado bajo y las canas no parecían señal de vejez sino más bien complementaban la madurez placentera con la que le había imaginado durmiendo en mi corto pasado: Radamel Iriarte. Don señor fácilmente podría ser hermano de juando pues hoy recuerdo su fuerza juvenil. Sin embargo, hijo de mi madre, con dificultad, las palabras no dichas parecían estorbarle aunque no le hubiera escuchado ninguna.
Para ese almuerzo, retrasado por mi escape, se dispusieron los más elegantes cubiertos que guardara mi madre, solo se exhibían en los días en que Séfora y Martha nos visitaban. Cucharas, tenedores, trinchetes que mi padre fisgón reconoció, pertenecían a mis abuelos, a sus padres. Suerte de cubiertos que alguna vez limpiándolos, me había percatado, eran de diferentes tamaños, con diferentes grabados, sin patrón. Unos diminutos otros enormes y alargados, unos de plata manchada otros brillantemente plateados, con asas especiales de colores y curvas cerradas.
Malabar severo, nunca antes visto: mi padre empuñando una cuchara puso su dedo pulgar sobre la parte cóncava y enfrento uno de sus filos curvo contra la cáscara de naranja que empezó a retirar dejando una estela en espiral logarítmica perfecta. Aquellos dedos gruesos, magníficos, que podrían invertir la forja del elemental instrumento, empezaban al tiempo a embadurnarse del jugo poco viscoso que salía de la fecundidad amarilla. A contraluz, desde mi silla, pude observar la nube con el vaho característico de cuando pelan las naranjas alcanzando las vecindades de la nariz de mi madre, que inmediatamente guiñó como quien estornudaría. Estornudo que contuvo con su ánima, aparentemente para la visita, solidificada, mas todos presentíamos la sacudida inminente.
Mi padre terminó de pelar la naranja, mi hermano juando sonrió, yo sonreí entonces, mi madre estornudó con un notorio sacudón, de su caja torácica y de sus discretas cuerdas bucales. Luego con sus ojos chocolateados y con sus manos alcanzó uno de los cuchillos resplandecientes—con un repujado no convencional puntudo y con dientecitos a ambos lados de la hoja, una bella cacha de ámbar u otro material parecido, violeta y betas de amarillo, que ella misma había dispuesto frente al puesto de mi padre junto a un convite de cubiertos extraños para cualquiera de nuestros almuerzos regulares— lo envolvió tras su muñeca agarrándolo con sus dedos de la hoja, y luego desenvolviéndolo de su mano suavemente puso la cacha en frente de los ojos de mi padre, ella ya sonriendo, el sonriendo, tomo el cuchillo por el asa y con vitales movimientos propino golpes secos a la naranja para partirla en dos, luego en cuatro, rápidamente, sin ayudarse de su mano izquierda. Luego con la punta del cuchillo tomo uno de los cascos y lo llevo a su boca enorme, tapando el excedente de casco que se salía, con aquellos labios, los labios de mi madre, los míos y su, muy suyo, bigote mal cortado.
No salieron pepas, la naranja fue devorada íntegramente por aquel hombre de manazas increíbles. Tan solo tres goteritas de jugo pudieron escaparse de aquellos voraces dos minutos y medio: una quedo colgando como una perla de uno de los mechones más largos de su barba, otra la limpió con el lomo de la mano de su nariz de gnomo. Una tercera se confundió con el sudor de la camisa blanca, con rayas grises y pinticas circulares verdes, amarillas y rojas. Yo sin tapujos de susto y mejor lavada, al ver aquella simpatía en el rostro de mi madre y de Juando, no tuve otra que reírme, reírme fuertemente, a carcajadas. Juando sonrió, mi madre sonrió y él sonrió, debió sentir un poco de alivio en sus padecimientos. Estas risas se aplacarían un poco por un quejido de mi padre tras enviarse a la boca una caliente cucharada de caldo de menudencias de textura deliciosa, que flotaban en una laguna amarillosa con papitas alrededor y unas pinceladas de cilantro. Luego nuevamente se reanudo una cadena de sonrisas suscitada por la emotiva carcajada de mi madre.
Sentados a la mesa mi madre solía ponernos antes que nada una fruta fresca, antes de la sopa, la locomotora del tren de delicias de mediodía, que hacían soberanos cada uno de nuestros bostezos (¿de vacaciones de la escuela?). Un nuevo comensal hacía el almuerzo irregular, no a la cabecera, -- nuestra mesa era democráticamente cuadrada, equilátera—sino en el puesto que siempre quedaba desocupado, con la silla en uno de los rincones del comedor. El puesto que ocupara dieguito, ese día sostendría la humanidad del ausente, del moribundo.
Allí mismo solían sentarse mis tías: Martha y Séfora que venían dos o tres veces por año. No una encima de la otra, una venía para mi cumpleaños, otra para el de Juan Domingo y coincidían en diciembre. Dos señoras con voces de locutoras de radio, con acento especial y que pronunciaban la s con un silbido vida que escapaba a través del intersticio que dejaban sus dientes ya postizos. Voces parecidas a aquellas del radiecito de juando que contaban las espeluznantes historias de la ciudad, voces de dicción impecable. Recuerdo que cuando venían, al conversar de un tema censurable ante mí, mientras distribuían sus palabras hacia la mirada de mi madre y hacia el oído de juando, me ojeaban de sesgo para que ellos dos entendieran que yo no debía escuchar. Actitudes preparadas de ambas tías que besaban mi mejilla con ternura al llegar y que dejaban labiales a propósito tras su partida, para que yo los usara en mis juegos preparativos.
Ellas que llegaban cargadas con regalos para mí; que me habían vestido insistentemente a pesar de mi maltrato a los atuendos citadinos; que tomaban el café con un sorbido congénito; que atrapaban mis manos entre las suyas y con las uñas raspaban las yemas de mis dedos arrugadas por mis largos baños en la fuente, traían siempre noticias de mi padre (aunque yo sólo lo supiera tiempo después), conocían su pena y se convertirían en artífices de mi vida nueva, no renovada. Séfora y Martha serán parte de este relato que para este momento se traslada alrededor del hambre.
Ese retardado mediodía una naranja abrió el apetito, la que mi madre para sus hijos peló meticulosamente y trajo desnuda en su cáscara interior blancuzca y aterciopelada. Para mi padre, en cambio, la naranja permanecía intacta tal cual se había descolgado del naranjo, incluso con un pedazo de rama y una hojita ya seca sobre el polo del amarillo y relleno manjar.
El papá, de seño fruncido, pésimo para ocultar el dolor, delatado por sus cadenciosas exhalaciones, --profundas aunque exhalaciones era como si el vacío inhalara vehementemente-- nos miró a cada uno: a Juan Domingo, a mi madre y a mí en el momento justo en que recorto su ritmo respiratorio para sentarse, enseguida levanto su labio superior a guisa de sonrisa y me permitió ver un diente a la mitad, que por el color, el tamaño y la posición con respecto a los demás incisivos, no podía ser una muela sino parte resistente de una demolición. Horror que superaba el acento de su nariz exageradamente roja y de su desordenada barba. Volviendo a enternecer su seño, se distrajo en aquella naranja, puesta sobre un platico, que tomaría entre su mano izquierda, de muñeca cubierta con accesorios de hilo y una banda de cuero cuyos bordes parecían cortados por dientes de fiera.
Se irguió sobre la silla mi padre y pude reconocer al hombre bello que recordaba de fotos y comentarios de mis propias tías sólo que con señales de gasto, soledad y muerte, esta última empecinada en hundirle el dedo impío entre la dolorosa herida de su muslo. Su cuerpo no tenía pipa ninguna, tampoco era demasiado bajo y las canas no parecían señal de vejez sino más bien complementaban la madurez placentera con la que le había imaginado durmiendo en mi corto pasado: Radamel Iriarte. Don señor fácilmente podría ser hermano de juando pues hoy recuerdo su fuerza juvenil. Sin embargo, hijo de mi madre, con dificultad, las palabras no dichas parecían estorbarle aunque no le hubiera escuchado ninguna.
Para ese almuerzo, retrasado por mi escape, se dispusieron los más elegantes cubiertos que guardara mi madre, solo se exhibían en los días en que Séfora y Martha nos visitaban. Cucharas, tenedores, trinchetes que mi padre fisgón reconoció, pertenecían a mis abuelos, a sus padres. Suerte de cubiertos que alguna vez limpiándolos, me había percatado, eran de diferentes tamaños, con diferentes grabados, sin patrón. Unos diminutos otros enormes y alargados, unos de plata manchada otros brillantemente plateados, con asas especiales de colores y curvas cerradas.
Malabar severo, nunca antes visto: mi padre empuñando una cuchara puso su dedo pulgar sobre la parte cóncava y enfrento uno de sus filos curvo contra la cáscara de naranja que empezó a retirar dejando una estela en espiral logarítmica perfecta. Aquellos dedos gruesos, magníficos, que podrían invertir la forja del elemental instrumento, empezaban al tiempo a embadurnarse del jugo poco viscoso que salía de la fecundidad amarilla. A contraluz, desde mi silla, pude observar la nube con el vaho característico de cuando pelan las naranjas alcanzando las vecindades de la nariz de mi madre, que inmediatamente guiñó como quien estornudaría. Estornudo que contuvo con su ánima, aparentemente para la visita, solidificada, mas todos presentíamos la sacudida inminente.
Mi padre terminó de pelar la naranja, mi hermano juando sonrió, yo sonreí entonces, mi madre estornudó con un notorio sacudón, de su caja torácica y de sus discretas cuerdas bucales. Luego con sus ojos chocolateados y con sus manos alcanzó uno de los cuchillos resplandecientes—con un repujado no convencional puntudo y con dientecitos a ambos lados de la hoja, una bella cacha de ámbar u otro material parecido, violeta y betas de amarillo, que ella misma había dispuesto frente al puesto de mi padre junto a un convite de cubiertos extraños para cualquiera de nuestros almuerzos regulares— lo envolvió tras su muñeca agarrándolo con sus dedos de la hoja, y luego desenvolviéndolo de su mano suavemente puso la cacha en frente de los ojos de mi padre, ella ya sonriendo, el sonriendo, tomo el cuchillo por el asa y con vitales movimientos propino golpes secos a la naranja para partirla en dos, luego en cuatro, rápidamente, sin ayudarse de su mano izquierda. Luego con la punta del cuchillo tomo uno de los cascos y lo llevo a su boca enorme, tapando el excedente de casco que se salía, con aquellos labios, los labios de mi madre, los míos y su, muy suyo, bigote mal cortado.
No salieron pepas, la naranja fue devorada íntegramente por aquel hombre de manazas increíbles. Tan solo tres goteritas de jugo pudieron escaparse de aquellos voraces dos minutos y medio: una quedo colgando como una perla de uno de los mechones más largos de su barba, otra la limpió con el lomo de la mano de su nariz de gnomo. Una tercera se confundió con el sudor de la camisa blanca, con rayas grises y pinticas circulares verdes, amarillas y rojas. Yo sin tapujos de susto y mejor lavada, al ver aquella simpatía en el rostro de mi madre y de Juando, no tuve otra que reírme, reírme fuertemente, a carcajadas. Juando sonrió, mi madre sonrió y él sonrió, debió sentir un poco de alivio en sus padecimientos. Estas risas se aplacarían un poco por un quejido de mi padre tras enviarse a la boca una caliente cucharada de caldo de menudencias de textura deliciosa, que flotaban en una laguna amarillosa con papitas alrededor y unas pinceladas de cilantro. Luego nuevamente se reanudo una cadena de sonrisas suscitada por la emotiva carcajada de mi madre.
2 comentarios:
¿Vieron la foto que escontré para describirles a la curva?, en la fuente, que recurso tan ameno estas fotos de sturges. Les pondré otra para que ingresen al perfil.
Como si toda la minuciosidad de la escena condujera a la risa de los comensales, sobre todo de ella. Un breve relato con fluidez de silogismo. Toca imaginarse el desenfado de la carcajada final bajo los ojos ésos que sacrifican al sapo mitológico.
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