El demonio, el cubil y el hormiguero.
Para este mediodía Emma la narradora de esta saga conoce a su padre, a quien compara con el demonio. También teje retratos de su hermano Juan Domingo, de su amigo Antonio y de su madre, con el hilo más fino y selecto [1].
La primera vez que le veía irse, venía. Estaba sentada sola, casi tranquila a la vera de la carretera y la polvareda, expuesta al paso de los camiones, carros que pasaban periódicamente cargados de cerdos, vacas y comezón, hortalizas, gentes y muertos. De los buses ruidosos de suspiros altaneros descendió mi padre un hombre de escasa estatura, de cabello negro y discretamente cano, ojos de parpados caídos, frente reclamante y con goteritas de polvo ordenadas en una dispersa barba. La nariz, que se frotaba constantemente por encontrarse dentro de la polvareda y la humareda del bus, exageradamente roja; gruesos brazos que hacían desvanecer las curvas de una botella de anís bajo el brazo; rostro labrado y dorado por el último sol creciente.
De vez en cuando me gustaba acercarme a los potreros de la finca de Antonio y vigilar la carretera, con él jugaba a desempatar la carrera de dos cuerpos en desarrollo, que para mi pena, él había abandonado y permanecido rezagado en su impúber cuerpo de niño mal cantor, mientras yo contaba mis primeros vellos y mis primeros besos en labios no tan infantiles. Aquel día Antoñito no estaba conmigo y al hartarme de estar sola, de haber visto demasiados carros, demasiadas ratas viajeras y de que el sol ya hubiera comenzado su embalaje tras llegar a su más frontal posición, corrí hacia mi casa que a kilómetro y medio lindaba con la gran quebrada, descendiente de un pico escarpado. Sombra verde que descansaba mis ojos cuando decidía embriagarlos con la luz de este sol grueso.
Deshice el camino que abreviaba la llegada al mejor sitio para observar la carretera y el valle, luego tomé la trocha y me topé con quien aun no me enteraba era mi padre. Le pase de largo y a toda marcha noté que caminaba con ningún ritmo y con una pronunciada inclinación hacia su costado izquierdo. Yo en cambio contaba con un par de piernas rollizas y ágiles que me llevaron cuesta abajo, hasta llegar al “Hocico de la Victoria” [2] , la casa de Antoñito, y mis ojos que no se atrevían a buscarle se lo encontraron de sopetón fustigando entretenido una yegua sin reparar siquiera en mi apresurado caminar. Yo estaba decepcionada casi indignada, mi orgullo ya no inocente… Emma, Emma.--gritó el bellaco--- ¿estás piedra no?-. --Perdóname, yo no quería…Emma, Emma, Ja ja ja.-- Se rió por último cual caballo. Antoñito, el que sería el guardián de mi próxima intimidad, se reía como un caballo.
Cien metros más adelante, saliendo de los linderos del “Pocillo de la Victoria”, sentí que un par de mangos rozaron mi hombro izquierdo y mi oreja izquierda. Seguí caminando desprevenida de lo que pasara atrás, donde seguramente Antoñito se habría encontrado con la faz del demonio que caminaba detrás de mí, chocarían miradas y Antoñito diría: ahí te mando al mismísimo demonio para que te saque más esa piedra. –Antoñito, desgraciado.— repetía para mí.
Dos veces corrigió mi madre mi vocabulario hasta aquel momento: cuando le dije desgraciado a un mulo de la casa teniendo como nueve años. Ella me reconvino poniendo su índice en sus labios. --a ninguna criatura que no pensara podía sabérsele desgraciada-- escribo ahora para mí.
Lo cierto es que el mulo, Ernesto, se la había pasado tirándole coces a Cesar, el perro que teníamos para entonces…
--desgraciado Antonio— Repetía yo a la par con mi recuerdo.
Finalmente, el desgraciado mulo Ernesto, termino desnucando a Cesar.
La segunda vez que mi madre corrigiera alguna de mis palabrotas, fue después de aquel cuadro deprimente, en que Cesar yacía tirado en el potrero, con el cráneo y la nuca hecha añicos, tras el golpe fatídico y los pisotones de Ernesto, el mulo, a quien le sangraba el anca a borbotones y a quien yo tenia que socorrer cuanto antes para que no le invadieran los parásitos, ellos no se apiadarían del útil músculo malherido
--Ves Cesar, te lo merecías—pues Ernesto nos había dado de comer siempre.
—no mami no digás eso—me reclamó mi madre después, ahora sí con voz--Cesar no se merecía morir—
--Él hubiera muerto encantado-- escribo ahora --el merecimiento tiene que ver con otro orden distinto al de la ganancia y no es letal, es apenas furioso-- le entendí a mi madre.
--Antoñito desgraciado--.
Seguí bajando la ladera por la trocha y pase tras la era desaliñada que cuidaba la espalda de la casa de los Rúa, a quienes el clima les había prometido mejores tierras para que pastaran sus vacas. Ahí estaba el arrume de calaveras de ganado en el potrero. Me acerqué un poco a la quebrada seca, lavé mis dedos mientras contemplaba los renacuajos varados en los estanques que quedaban al rededor del pequeño torrente. Mis dedos llenos de polvo entre las sandalias, sentían el correr del agua ya hasta dentro de poco cristalina. Luego sequé mis pies en la grama blanda, al otro lado de la quebrada. Detrás sentía los pasos de aquel hombre que trillaban el cascajo de la trocha. Mi velocidad y vigor eran suficientes para burlar sin esfuerzo el avance paquidérmico de aquella aparición.
Fue cuando vi a Juando atisbando desde arriba, en la colina de los Rúa, donde pastaban algunas reses. Juando siempre mantenía colgado un radiecito pesado como de un kilo, de onda corta, con el que decía coger emisoras de los países vecinos. Entretuve mis ojos con unos gallos que correteaban un gato, entonces volví a sentir los pasos arrítmicos de aquel demonio, que me erizaba la piel con la mirada escondida bajo el ala del sombrero, ese cojo que parecía caminar con tres patas. Un segundo después sentí la mula de Juando bajar por la ladera, rápido, acelerada por algo más que un hambre de esas voraces del mediodía, --como éste que me traía a mí ansiosa--.
Al llegar a la casa en que habíamos vivido mi madre, Juando, mi muerto y zarco hermano Diego, y yo, durante mi joven conciencia, encontré a Juando ceñido a la cintura de mi madre que decía a lo sumo doce o trece frases diarias con su voz sorda y reventada, que ahora, parecía, fuera a callar para siempre. Silenciosa y perpleja, perdida su sorpresa en la mejilla cercana de su hijo, quien le musitaba palabras tranquilizadoras al oído.
Vi a mi padre cojear tras de mi, con el sombrero torcido, ocultando con su sombra el pardo color de sus ojos y una seña de desasosiego cuando vio a su familia entre las paredes de aquella casa, la que su padre había elevado para que él (su benjamín) saboreara aquella tierra negra. Tres palabras, cuatro quizá, dejo escapar mi madre al oído sigiloso de mi padre, yo no supe que diría pero enseguida mi padre echó un vistazo hacia Juando y hacia mí. Percatada de que aquel muan que me perseguía era mi padre escondí mi cuerpo tras una de las delgadas columnas del corredor del frente de la casa y espié el recogimiento de aquella pareja. Ese amor del que hablaban las cortas y parcas historias de Juando y del que esperaba nacieran abrazos y besos en el reencuentro.
Juando se acerco al recién llegado, le miro fijo a los ojos y se agacho para tomar la botella y las dos cajas de cartón que había transportado el cojo desde los mismísimos infiernos, la una con pollitos y la otra con el misterioso tesoro de su ausencia. Juando le dio la espalda y el señor se quedó observándole atento, hasta que mi hermano pudo ponerlas en la mesa cincuentenaria recubierta con un mantel de plástico del corredor, al tiempo que callaba a Virgilio---Chssssto—que ladraba sin tregua al desconocido. Esa era su gracia.
---Un nuevo silencio se sumo a la casa--- dije para mí: el de mi padre de corazón desgastado y desconocido, el de mi madre que entregaría un trozo de su vital inteligencia para admitir la llegada de aquel ausente que había estado con ella desde siempre. Ellos, que se tomaron su cuarto luego de almorzar, dejando la puerta entre abierta seguramente para que yo les espiara.
Yo mientras tanto con mi cuerpo semidesnudo, preparado para ir a tomar un baño a la fuente, calzada con mis sandalias de hebilla hacia el lado exterior de mi empeine, púrpuras y gastadas, que por grandes me gustaba arrastraran sobre el piso de barro de la casa, que aceleraron el paso para imitar el galope del mulo de Juando, quien salía a buscar a la partera Séfora, para que asistiera otro padecimiento parecido a un parto. Recordé el día del parto de mi hermano Diego en el que mi madre no paró de maldecir a dios.
Ya por fuera, a través de la ventana de cortina corrida, cómplice, alcanzaba a ver los brazos de mi madre que acariciaban tímidos la espalda encorvada de aquel hombre, de nariz redonda y roja, que posaba semidesnudo sobre la cama. Ella, de rodillas, sollozaba sobre la cama, tras él.
Yo suspendida, miraba una venda ensangrentada, que le cubría el muslo izquierdo, que nacía de un abdomen rociado por granos de sudor y por la luz artificial de la bombilla en el cuarto. Un pasado transcurrido, el seño fruncido, pecho con vellos entre canos y corazón endurecido; una barbita con los rastros rubios de mi familia paterna, uno y medio ojos claros que confesaban un dolor posesivo y, nuevamente, la sangre deficientemente estancada por la venda curtida.
Alcancé a escuchar el galope del mulo de Juando que regresaba apresurado y que al entrar a la casa, casi por encima de mí que estaba parada frente a la ventana del cuarto, me alejo con un manotazo rudo y abrió la puerta del cuarto y la cerró esta vez para que yo no alcanzara a espiar. Mi vista se distrajo para que mis oídos pudieran escuchar aquella avalancha de palabras gruesas, graves, suaves. Luego descubrí las sandalias de mi madre que prefería mil veces a las mías por su ligero tacón alto, me las cambié y una vez puestas, tomé las mías y las puse junto el cafeto de la sala. Convencida de que no sería capaz de entender nada de la discusión que se adelantaba a seria voz en el cuarto de mi madre, corrí por el corredor, abrí el portillo de la chambrana, pisé la delatora piedra menuda que rodeaba mi casa y patee un tiesto de olla que había camino a la quebrada.
--Emma, Emma, venite que mi papa te quiere hablar—grito Juando saliendo de prisa por el portillo. Yo aceleré mi paso al escuchar sus pisadas temperamentales
—Vení Emma que mi papa te quiere conocer—volvió a gritar.
Yo ensordecida por el susto y por los aplausos de las ramas de los arboles sacudidas por la brisa, continué mi marcha, en vestido de baño y con una pequeña toalla amarilla no muy limpia en mi mano izquierda, tres camisetas en la mano derecha y una barra de jabón en la mano del centro. Luego me pondría esta barra de jabón sobre mi cabeza plana para cruzar el primer bucle de la quebrada que se cruzaba camino a La fuente. Juando se canso de insistirme, para que regresara, sabía que iba hacia el único lugar mío, hecho para mi, el sitio que aliviaba mi crónico lagrimeo --por que vos sos una sola lágrima--, decía Juando para precipitar mi mal genio (Casi todos los días lloraba). Él sabia donde encontrarme, todos sabían a donde iría, hasta mi inoportuno papá, todos sabían dónde y qué lavaría de mí.
Dos mangos, otra vez, uno rozó mi hombro izquierdo y otro exageradamente grande, cual meteorito, rozó mi oreja izquierda –como un mal augurio--. Los había arrojado Juando, acumuladas en su brazo la fuerza de mi padre, la de san antoñito, la de mi hermano muerto y la del demonio.
Los mangotes duros rodaron y se clavaron entre el matorral que continuo moviéndose como cuando los recorre un reptil desprevenido, de donde para mi sorpresa salió Virgilio (el perro), chillando y escupiendo hormigas. Días antes lo había visto en las mismas, había entrado a saquear un cubil con un gatito muerto medio devorado por las hormigas cachonas, hoy volvía a salir escupiendo hormigas. En ese entonces había querido exhibir el cadáver de un enemigo natural muerto, pero el enemigo más fiero, el que realmente se beneficiaba de aquella muerte, le propinó una lección ante su impertinencia.
Esta imagen se grabaría en mí para siempre, aprendí más de ella que de mis clases de ética y biología en el colegio de las monjas, cuando me llegara la hora de estudiar.
Luego de este matorral se volvía a entrometer el río. Esta vez con un bucle caudaloso y turbulento, tanto, que los abuelos erigieron un puente hecho con tablas de algarrobo, debajo de uno de sus anclajes de acero y concreto, se hundían el cubil y el hormiguero.
Para este mediodía Emma la narradora de esta saga conoce a su padre, a quien compara con el demonio. También teje retratos de su hermano Juan Domingo, de su amigo Antonio y de su madre, con el hilo más fino y selecto [1].
La primera vez que le veía irse, venía. Estaba sentada sola, casi tranquila a la vera de la carretera y la polvareda, expuesta al paso de los camiones, carros que pasaban periódicamente cargados de cerdos, vacas y comezón, hortalizas, gentes y muertos. De los buses ruidosos de suspiros altaneros descendió mi padre un hombre de escasa estatura, de cabello negro y discretamente cano, ojos de parpados caídos, frente reclamante y con goteritas de polvo ordenadas en una dispersa barba. La nariz, que se frotaba constantemente por encontrarse dentro de la polvareda y la humareda del bus, exageradamente roja; gruesos brazos que hacían desvanecer las curvas de una botella de anís bajo el brazo; rostro labrado y dorado por el último sol creciente.
De vez en cuando me gustaba acercarme a los potreros de la finca de Antonio y vigilar la carretera, con él jugaba a desempatar la carrera de dos cuerpos en desarrollo, que para mi pena, él había abandonado y permanecido rezagado en su impúber cuerpo de niño mal cantor, mientras yo contaba mis primeros vellos y mis primeros besos en labios no tan infantiles. Aquel día Antoñito no estaba conmigo y al hartarme de estar sola, de haber visto demasiados carros, demasiadas ratas viajeras y de que el sol ya hubiera comenzado su embalaje tras llegar a su más frontal posición, corrí hacia mi casa que a kilómetro y medio lindaba con la gran quebrada, descendiente de un pico escarpado. Sombra verde que descansaba mis ojos cuando decidía embriagarlos con la luz de este sol grueso.
Deshice el camino que abreviaba la llegada al mejor sitio para observar la carretera y el valle, luego tomé la trocha y me topé con quien aun no me enteraba era mi padre. Le pase de largo y a toda marcha noté que caminaba con ningún ritmo y con una pronunciada inclinación hacia su costado izquierdo. Yo en cambio contaba con un par de piernas rollizas y ágiles que me llevaron cuesta abajo, hasta llegar al “Hocico de la Victoria” [2] , la casa de Antoñito, y mis ojos que no se atrevían a buscarle se lo encontraron de sopetón fustigando entretenido una yegua sin reparar siquiera en mi apresurado caminar. Yo estaba decepcionada casi indignada, mi orgullo ya no inocente… Emma, Emma.--gritó el bellaco--- ¿estás piedra no?-. --Perdóname, yo no quería…Emma, Emma, Ja ja ja.-- Se rió por último cual caballo. Antoñito, el que sería el guardián de mi próxima intimidad, se reía como un caballo.
Cien metros más adelante, saliendo de los linderos del “Pocillo de la Victoria”, sentí que un par de mangos rozaron mi hombro izquierdo y mi oreja izquierda. Seguí caminando desprevenida de lo que pasara atrás, donde seguramente Antoñito se habría encontrado con la faz del demonio que caminaba detrás de mí, chocarían miradas y Antoñito diría: ahí te mando al mismísimo demonio para que te saque más esa piedra. –Antoñito, desgraciado.— repetía para mí.
Dos veces corrigió mi madre mi vocabulario hasta aquel momento: cuando le dije desgraciado a un mulo de la casa teniendo como nueve años. Ella me reconvino poniendo su índice en sus labios. --a ninguna criatura que no pensara podía sabérsele desgraciada-- escribo ahora para mí.
Lo cierto es que el mulo, Ernesto, se la había pasado tirándole coces a Cesar, el perro que teníamos para entonces…
--desgraciado Antonio— Repetía yo a la par con mi recuerdo.
Finalmente, el desgraciado mulo Ernesto, termino desnucando a Cesar.
La segunda vez que mi madre corrigiera alguna de mis palabrotas, fue después de aquel cuadro deprimente, en que Cesar yacía tirado en el potrero, con el cráneo y la nuca hecha añicos, tras el golpe fatídico y los pisotones de Ernesto, el mulo, a quien le sangraba el anca a borbotones y a quien yo tenia que socorrer cuanto antes para que no le invadieran los parásitos, ellos no se apiadarían del útil músculo malherido
--Ves Cesar, te lo merecías—pues Ernesto nos había dado de comer siempre.
—no mami no digás eso—me reclamó mi madre después, ahora sí con voz--Cesar no se merecía morir—
--Él hubiera muerto encantado-- escribo ahora --el merecimiento tiene que ver con otro orden distinto al de la ganancia y no es letal, es apenas furioso-- le entendí a mi madre.
--Antoñito desgraciado--.
Seguí bajando la ladera por la trocha y pase tras la era desaliñada que cuidaba la espalda de la casa de los Rúa, a quienes el clima les había prometido mejores tierras para que pastaran sus vacas. Ahí estaba el arrume de calaveras de ganado en el potrero. Me acerqué un poco a la quebrada seca, lavé mis dedos mientras contemplaba los renacuajos varados en los estanques que quedaban al rededor del pequeño torrente. Mis dedos llenos de polvo entre las sandalias, sentían el correr del agua ya hasta dentro de poco cristalina. Luego sequé mis pies en la grama blanda, al otro lado de la quebrada. Detrás sentía los pasos de aquel hombre que trillaban el cascajo de la trocha. Mi velocidad y vigor eran suficientes para burlar sin esfuerzo el avance paquidérmico de aquella aparición.
Fue cuando vi a Juando atisbando desde arriba, en la colina de los Rúa, donde pastaban algunas reses. Juando siempre mantenía colgado un radiecito pesado como de un kilo, de onda corta, con el que decía coger emisoras de los países vecinos. Entretuve mis ojos con unos gallos que correteaban un gato, entonces volví a sentir los pasos arrítmicos de aquel demonio, que me erizaba la piel con la mirada escondida bajo el ala del sombrero, ese cojo que parecía caminar con tres patas. Un segundo después sentí la mula de Juando bajar por la ladera, rápido, acelerada por algo más que un hambre de esas voraces del mediodía, --como éste que me traía a mí ansiosa--.
Al llegar a la casa en que habíamos vivido mi madre, Juando, mi muerto y zarco hermano Diego, y yo, durante mi joven conciencia, encontré a Juando ceñido a la cintura de mi madre que decía a lo sumo doce o trece frases diarias con su voz sorda y reventada, que ahora, parecía, fuera a callar para siempre. Silenciosa y perpleja, perdida su sorpresa en la mejilla cercana de su hijo, quien le musitaba palabras tranquilizadoras al oído.
Vi a mi padre cojear tras de mi, con el sombrero torcido, ocultando con su sombra el pardo color de sus ojos y una seña de desasosiego cuando vio a su familia entre las paredes de aquella casa, la que su padre había elevado para que él (su benjamín) saboreara aquella tierra negra. Tres palabras, cuatro quizá, dejo escapar mi madre al oído sigiloso de mi padre, yo no supe que diría pero enseguida mi padre echó un vistazo hacia Juando y hacia mí. Percatada de que aquel muan que me perseguía era mi padre escondí mi cuerpo tras una de las delgadas columnas del corredor del frente de la casa y espié el recogimiento de aquella pareja. Ese amor del que hablaban las cortas y parcas historias de Juando y del que esperaba nacieran abrazos y besos en el reencuentro.
Juando se acerco al recién llegado, le miro fijo a los ojos y se agacho para tomar la botella y las dos cajas de cartón que había transportado el cojo desde los mismísimos infiernos, la una con pollitos y la otra con el misterioso tesoro de su ausencia. Juando le dio la espalda y el señor se quedó observándole atento, hasta que mi hermano pudo ponerlas en la mesa cincuentenaria recubierta con un mantel de plástico del corredor, al tiempo que callaba a Virgilio---Chssssto—que ladraba sin tregua al desconocido. Esa era su gracia.
---Un nuevo silencio se sumo a la casa--- dije para mí: el de mi padre de corazón desgastado y desconocido, el de mi madre que entregaría un trozo de su vital inteligencia para admitir la llegada de aquel ausente que había estado con ella desde siempre. Ellos, que se tomaron su cuarto luego de almorzar, dejando la puerta entre abierta seguramente para que yo les espiara.
Yo mientras tanto con mi cuerpo semidesnudo, preparado para ir a tomar un baño a la fuente, calzada con mis sandalias de hebilla hacia el lado exterior de mi empeine, púrpuras y gastadas, que por grandes me gustaba arrastraran sobre el piso de barro de la casa, que aceleraron el paso para imitar el galope del mulo de Juando, quien salía a buscar a la partera Séfora, para que asistiera otro padecimiento parecido a un parto. Recordé el día del parto de mi hermano Diego en el que mi madre no paró de maldecir a dios.
Ya por fuera, a través de la ventana de cortina corrida, cómplice, alcanzaba a ver los brazos de mi madre que acariciaban tímidos la espalda encorvada de aquel hombre, de nariz redonda y roja, que posaba semidesnudo sobre la cama. Ella, de rodillas, sollozaba sobre la cama, tras él.
Yo suspendida, miraba una venda ensangrentada, que le cubría el muslo izquierdo, que nacía de un abdomen rociado por granos de sudor y por la luz artificial de la bombilla en el cuarto. Un pasado transcurrido, el seño fruncido, pecho con vellos entre canos y corazón endurecido; una barbita con los rastros rubios de mi familia paterna, uno y medio ojos claros que confesaban un dolor posesivo y, nuevamente, la sangre deficientemente estancada por la venda curtida.
Alcancé a escuchar el galope del mulo de Juando que regresaba apresurado y que al entrar a la casa, casi por encima de mí que estaba parada frente a la ventana del cuarto, me alejo con un manotazo rudo y abrió la puerta del cuarto y la cerró esta vez para que yo no alcanzara a espiar. Mi vista se distrajo para que mis oídos pudieran escuchar aquella avalancha de palabras gruesas, graves, suaves. Luego descubrí las sandalias de mi madre que prefería mil veces a las mías por su ligero tacón alto, me las cambié y una vez puestas, tomé las mías y las puse junto el cafeto de la sala. Convencida de que no sería capaz de entender nada de la discusión que se adelantaba a seria voz en el cuarto de mi madre, corrí por el corredor, abrí el portillo de la chambrana, pisé la delatora piedra menuda que rodeaba mi casa y patee un tiesto de olla que había camino a la quebrada.
--Emma, Emma, venite que mi papa te quiere hablar—grito Juando saliendo de prisa por el portillo. Yo aceleré mi paso al escuchar sus pisadas temperamentales
—Vení Emma que mi papa te quiere conocer—volvió a gritar.
Yo ensordecida por el susto y por los aplausos de las ramas de los arboles sacudidas por la brisa, continué mi marcha, en vestido de baño y con una pequeña toalla amarilla no muy limpia en mi mano izquierda, tres camisetas en la mano derecha y una barra de jabón en la mano del centro. Luego me pondría esta barra de jabón sobre mi cabeza plana para cruzar el primer bucle de la quebrada que se cruzaba camino a La fuente. Juando se canso de insistirme, para que regresara, sabía que iba hacia el único lugar mío, hecho para mi, el sitio que aliviaba mi crónico lagrimeo --por que vos sos una sola lágrima--, decía Juando para precipitar mi mal genio (Casi todos los días lloraba). Él sabia donde encontrarme, todos sabían a donde iría, hasta mi inoportuno papá, todos sabían dónde y qué lavaría de mí.
Dos mangos, otra vez, uno rozó mi hombro izquierdo y otro exageradamente grande, cual meteorito, rozó mi oreja izquierda –como un mal augurio--. Los había arrojado Juando, acumuladas en su brazo la fuerza de mi padre, la de san antoñito, la de mi hermano muerto y la del demonio.
Los mangotes duros rodaron y se clavaron entre el matorral que continuo moviéndose como cuando los recorre un reptil desprevenido, de donde para mi sorpresa salió Virgilio (el perro), chillando y escupiendo hormigas. Días antes lo había visto en las mismas, había entrado a saquear un cubil con un gatito muerto medio devorado por las hormigas cachonas, hoy volvía a salir escupiendo hormigas. En ese entonces había querido exhibir el cadáver de un enemigo natural muerto, pero el enemigo más fiero, el que realmente se beneficiaba de aquella muerte, le propinó una lección ante su impertinencia.
Esta imagen se grabaría en mí para siempre, aprendí más de ella que de mis clases de ética y biología en el colegio de las monjas, cuando me llegara la hora de estudiar.
Luego de este matorral se volvía a entrometer el río. Esta vez con un bucle caudaloso y turbulento, tanto, que los abuelos erigieron un puente hecho con tablas de algarrobo, debajo de uno de sus anclajes de acero y concreto, se hundían el cubil y el hormiguero.
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[1] Estos epítomes no están redactados en primera persona, lo cual no tiene consistencia con el relato. ZDW pretendía alejarse un poco de episodios autobiográficos, no creo que fuera vergüenza, más bien evitando situaciones estrechas, confinadas, claustrofóbicas y permitió que estas pistas orientaran al transcriptor.
[2] Nota del transcriptor: El lector se podría sentir confundido por la dinámica aleatoria de la curva trazada por los nombres sin recato, con irreverencia. El rancho de victoria es la casa de Antonio Sánchez hijo de doña Victoria. La fosa, el hocico, el pocillo, la curva, etc. Son sobrenombres empleados que ojalá no obedezcan a algún mensaje cifrado acerca de un sitio de poca relevancia dentro del relato.
3 comentarios:
Hola guti, creo que la obra de Zara D. White, se esta escapando de tus manos y mente de una manera hermosa, pausada, casi confidencial.
EL campo aparece ante mi como un verdad, un recuerdo que siempre llevo en mi, que siento en la planta de mis pies, en mi nariz, en mi lastimada piel gracias a las picaduras de los mosquitos.
El campo abundante, presente, siempre ahí, en cada vuelo fugaz del pensamiento, cómo hago para no pensar en esa sensación infantil de llegar a la finca, de ver a mi abuelo, montada en una mula pasando entre cafetales,tan distante del barrio pedregoso, del Pedregal.
Me veo con mis botas machitas doradas o verdes pasando por el maizal o entre las bestias, ese campo tuyo, ese campo de ella, de Zara, tan cercano a mí, me conmueve.
Eres el ánima que mantiene vivo este experimento creativo.
Este palimsesto se aparta de las vías empinadas de la ciudad. Su olor bucólico, como menciona Urbanita, lo ha forjado curvo. Hay que ir lento: el autor da pequeñas bocanadas y quien lee debe desenmarañar las entregas caprichosas. Confundida estoy, confieso. Atenta a las señales, pero sin dirección, sin frenos.
Alcancé a agacharme al saber que esos mangos venían disparados de manos, primero de Antoñito y luego de Juando, y aunque sólo zumbaron el oído izquierdo de la protagonista, se quedaron incrustados en mi memoria. Gracias Curva.
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