Las peroratas desoídas de un borracho con medio litro de cerveza negra en la mano, la conversación impenetrable de tres estudiantes japoneses que no paran de reírse (¿de los alemanes?), la música solitaria de todos los ipods, uno que otro libro..., en fin, la grabación tartamudeante que anuncia la próxima parada: he ahí un típico viaje en tranvía desde un barrio cualquiera de Berlín. Tan típico como el viaje en que la indiferencia no se percata de nada y bajo su abrigo negro se aburre ante la estridencia de los graffitis o del chillido de los rieles.
¿Qué hacer en un tranvía? ¿Qué hacer en el metro? Ante todo, no perderse. Las guías abundan, es cierto, y la posibilidad de terminar en una de esas estaciones fantasma que proliferaron una vez el muro se irguió resulta bastante lejana. Pero tomar el tren en dirección contraria o distraerse en el segundo decisivo para la salida significa, literalmente, una hora perdida. De modo particular llama la atención la línea de tren cuyo trayecto describe un círculo alrededor del centro de Berlín. Es quizás la más inofensiva, pues el viajero nunca se verá a 200 km de la ciudad o en algo así como la frontera con Polonia. Pero el "anillo" (así se le llama al tren), junto con sus incansables 24 horas de combustible nocturno, no deja de inquietar a quien se imagine a sí mismo dando repetidas vueltas, esas sí fantasmales, sin encontrar el imposible destino que lo maldijo.
El movimiento en Berlín y la inmovilidad de la lengua alemana es lo que acapara por estos días mi interés. Trato de adiestrarme en lo primero lo más rápido posible después de que la despedida en Colombia me dejó en Obra Negra. Se me fue cayendo el estuco con el aire frío del vuelo. Ya el despegue había hecho lo suyo arrancándome las baldosas. Lo digo y tal vez me siento como el letrero callejero en el muro sin lamento de un edificio nunca terminado.
Saludos a los de El Caldero, única página colombiana que visito cada noche.
El movimiento en Berlín y la inmovilidad de la lengua alemana es lo que acapara por estos días mi interés. Trato de adiestrarme en lo primero lo más rápido posible después de que la despedida en Colombia me dejó en Obra Negra. Se me fue cayendo el estuco con el aire frío del vuelo. Ya el despegue había hecho lo suyo arrancándome las baldosas. Lo digo y tal vez me siento como el letrero callejero en el muro sin lamento de un edificio nunca terminado.
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